PARTE 2: EL ULTRASONIDO QUE LO CAMBIÓ TODO

Alonso llegó a la clínica privada de Santa Fe quince minutos después, todavía con la euforia de quien creía haber empezado una vida perfecta.

Melissa lo esperaba en la recepción con un vestido blanco ajustado que apenas disimulaba el embarazo.

Al verlo entrar, corrió a abrazarlo.

—Ya somos una familia de verdad.

Doña Graciela la besó en la frente.

—Ahora sí tendrás el hijo que mereces.

Renata sonrió mientras grababa discretamente un video.

—Qué diferencia con la otra.

Alonso respondió con una carcajada.

—Eso ya quedó en el pasado.

La enfermera apareció en la puerta.

—Familia Cárdenas.

Todos entraron al consultorio.

El doctor Serrano saludó con cortesía y revisó el expediente electrónico.

—¿Primera revisión con nosotros?

Melissa asintió.

—Sí, doctor.

—Perfecto. Hagamos el ultrasonido.

La habitación quedó en silencio cuando el gel frío tocó el abdomen de Melissa.

Todos miraban la pantalla.

Alonso ya imaginaba nombres, fotografías y la habitación del bebé.

El médico movió lentamente el transductor.

Frunció ligeramente el ceño.

Volvió a moverlo.

Después revisó nuevamente la fecha registrada en el expediente.

Melissa tragó saliva.

—¿Todo bien, doctor?

Él no respondió de inmediato.

Solo hizo unas mediciones más.

El silencio comenzó a volverse incómodo.

Renata intentó romper la tensión.

—Seguro está buscando si es niño o niña.

Pero el doctor seguía concentrado.

Finalmente retiró el aparato.

—Señora Melissa… necesito hacerle unas preguntas.

Ella sonrió con nerviosismo.

—Claro.

—¿Está completamente segura de la fecha de su última menstruación?

Melissa dudó apenas un segundo.

—Sí… más o menos.

—¿Más o menos?

—Bueno… hace varios meses.

El médico abrió nuevamente el expediente.

—Según la información que usted proporcionó, tendría doce semanas de embarazo.

Melissa asintió demasiado rápido.

—Así es.

El doctor giró lentamente el monitor hacia ellos.

—Las mediciones no corresponden a doce semanas.

Alonso dejó de sonreír.

—¿Qué quiere decir?

—El desarrollo fetal indica aproximadamente veinte semanas de gestación.

Nadie habló.

El aire pareció desaparecer del consultorio.

Alonso miró a Melissa.

—Eso… eso no puede ser.

Ella palideció.

—Debe ser un error de la máquina.

El doctor negó con tranquilidad.

—Repetí las mediciones tres veces.

Volvió a observar la pantalla.

—El margen de error es mínimo.

Doña Graciela abrió mucho los ojos.

—¿Veinte semanas?

Renata hizo un cálculo mental.

Su expresión cambió de golpe.

Veinte semanas significaban que Melissa ya estaba embarazada mucho antes de que Alonso iniciara oficialmente la relación con ella.

Mucho antes incluso de que comenzaran los trámites del divorcio.

Alonso sintió un vacío en el estómago.

Recordó todas las veces que Melissa le había jurado entre lágrimas:

—Este bebé solo puede ser tuyo.

Miró al doctor.

—¿Está completamente seguro?

—Sí.

El médico habló con absoluta serenidad.

—Hay otra cuestión.

Todos volvieron a mirarlo.

—En el formulario de ingreso aparece marcada la casilla de “presunto padre presente”.

Para continuar con el expediente, por protocolo debo preguntar algo.

El doctor fijó la vista en Melissa.

—¿Desea mantener como presunto padre al señor Alonso Cárdenas… o necesita corregir esa información?

Melissa abrió la boca.

Pero ninguna palabra salió.

Alonso sintió que el corazón comenzaba a golpearle con fuerza.

Era la primera vez en toda la mañana que veía auténtico miedo en los ojos de la mujer por la que había destruido a su familia.

Y entonces, la puerta del consultorio se abrió de repente.

La recepcionista asomó la cabeza.

—Disculpen la interrupción, doctor.

—¿Sí?

—Hay un hombre afuera preguntando por la señora Melissa. Dice que viene porque… también cree ser el padre del bebé.

El rostro de Melissa perdió todo el color.

Alonso dio un paso atrás.

Y comprendió, demasiado tarde, que quizá había firmado su divorcio por una mentira que estaba a punto de derrumbarse frente a todos.

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