PARTE 2: EL ÚLTIMO NÚMERO

Gabriel cerró los dedos alrededor de mi mano.

No la apretó.

No tiró de mí.

Solo esperó a que fuera yo quien diera el primer paso.

Y lo di.

La funcionaria levantó la vista al vernos acercarnos.

—¿Número A039?

Asentí.

—Sí.

—Documentos, por favor.

Mientras entregábamos nuestras identificaciones, una voz estalló detrás de nosotros.

—¡Julia!

Adrián.

Giré lentamente.

Seguía sujetando el hilo rojo roto entre los dedos.

Clara estaba a su lado, respirando con dificultad.

Adrián miró a Gabriel y luego los documentos sobre el mostrador.

Su expresión pasó de la confusión a la incredulidad.

—¿Qué estás haciendo?

—Registrando mi matrimonio.

Él soltó una risa nerviosa.

—Deja de bromear.

Miró a la funcionaria.

—Ella es mi prometida.

La mujer respondió con absoluta calma.

—Caballero, la señora no ha firmado ningún documento con usted hoy.

Su cita fue cancelada hace diez minutos.

Adrián volvió a mirarme.

—¿Cancelaste la cita?

—Sí.

—¿Por unas cuentas?

Negué con la cabeza.

—No.

—Por ocho veces.

El vestíbulo quedó en silencio.

Clara dio un pequeño paso adelante.

—Julia…

—No fue mi intención.

La observé unos segundos.

—Lo sé.

Ella pareció aliviada.

Entonces añadí:

—Nunca fue tu intención.

Siempre fue la decisión de Adrián.

Las palabras hicieron que el alivio desapareciera de su rostro.

Adrián frunció el ceño.

—¿Qué significa eso?

Respiré profundamente.

—La primera vez fue un dolor de estómago.

La segunda, un gato perdido.

La tercera, una tubería.

La cuarta, insomnio.

La quinta, un problema en el trabajo.

La sexta, una pelea familiar.

La séptima, un corte en un dedo.

Hoy…

Levanté el hilo rojo roto.

—Un brazalete.

Lo dejé sobre el mostrador.

—Siempre había una razón para aplazar nuestra boda.

Nunca una razón para elegirla.

Él abrió la boca.

—Julia, esto no es justo.

Sonreí con tranquilidad.

—No.

Lo injusto fue esperar siete años creyendo que algún día dejaría de ser la segunda opción.

Gabriel permanecía completamente en silencio.

No intervino.

No discutió.

No provocó a nadie.

Simplemente seguía a mi lado.

Adrián finalmente lo miró.

—¿Desde cuándo estás con ella?

Gabriel respondió con sinceridad.

—Nunca estuve con Julia mientras ella seguía comprometida contigo.

Y jamás habría dado un paso si ella no hubiera terminado esa relación primero.

Aquellas palabras pesaron mucho más que cualquier acusación.

Porque eran verdad.

Clara bajó lentamente la cabeza.

Por primera vez parecía incapaz de sostener la mirada de nadie.

La funcionaria habló otra vez.

—Señores, quedan tres minutos para el cierre.

Si van a continuar con el trámite, necesitamos pasar a la sala.

Miré a Adrián.

Esperaba que dijera algo.

Una explicación.

Una promesa.

Cualquier cosa.

Pero él volvió a hacer lo mismo de siempre.

Giró la cabeza hacia Clara.

—¿Estás bien?

Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.

No con dolor.

Con alivio.

Porque acababa de recibir la respuesta que llevaba siete años esperando.

Nunca había sido una elección difícil para él.

Simplemente…

Yo nunca era la elegida.

Retiré definitivamente mi mano de su alcance.

—Gracias.

Adrián levantó la vista.

—¿Gracias?

—Sí.

Si hoy hubieras venido detrás de mí en lugar de quedarte buscando esas cuentas…

Quizá habría seguido engañándome unos años más.

Sus labios temblaron.

—Julia…

Pero ya era demasiado tarde.

La funcionaria abrió la puerta de la sala de registro.

Gabriel me miró.

—¿Entramos?

Esta vez fui yo quien tomó su mano primero.

—Sí.

Caminamos hacia la puerta sin volver la vista atrás.

Justo cuando iba a cruzar el umbral, escuché por primera vez en siete años la voz desesperada de Adrián.

—¡Julia!

—¡Si entras ahí… te perderé para siempre!

Me detuve apenas un segundo.

Sin girarme.

Y respondí con una calma que jamás había sentido.

—No, Adrián.

—Me perdiste hace mucho tiempo.

Solo que hoy…

…fue el primer día en que tú también te diste cuenta.

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