Rodrigo permaneció inmóvil.
—¿Qué quiere decir con eso?
La abogada Laura Benítez cerró lentamente la carpeta que tenía frente a ella.
—La señora Teresa dejó un video.
El corazón de Rodrigo dio un vuelco.
—¿Un video?
—Lo grabó desde la habitación del hospital unas horas antes de fallecer.
Laura sostuvo su mirada.
—Mariana fue la única persona que estuvo con ella hasta el último momento.
Rodrigo tragó saliva.
—Quiero verlo.
—No.
La respuesta fue inmediata.
—Ese video pertenece a mi clienta.
Rodrigo apretó los puños.
—Es mi madre.
—Y fue ella quien decidió quién debía recibir su último mensaje.
Esa misma tarde condujo hasta la antigua casa de sus padres.
La puerta estaba abierta.
Don Ernesto permanecía sentado en el jardín con una taza de café ya frío entre las manos.
Había envejecido diez años en una semana.
Rodrigo se acercó despacio.
—Papá…
El anciano no levantó la vista.
—¿A qué viniste?
—Quiero saber qué le dijo mamá a Mariana.
Don Ernesto soltó una risa amarga.
—Ahora sí te interesa escuchar.
Rodrigo permaneció en silencio.
Después de varios segundos, su padre habló.
—La noche antes del infarto, tu madre me pidió que saliera unos minutos de la habitación.
Respiró profundamente.
—Quería quedarse sola con Mariana.
Por primera vez desde el funeral, Rodrigo sintió verdadero miedo.
—¿Y qué pasó?
Don Ernesto cerró los ojos.
—Le pidió perdón.
Rodrigo frunció el ceño.
—¿Perdón?
—Por no haberla defendido siempre de ti.
Aquellas palabras cayeron como una piedra.
—También le dijo que llevaba meses viendo cómo destruías tu matrimonio.
El anciano lo miró por fin.
—Y que si algún día ella decidía irse… no volviera jamás.
Rodrigo sintió un vacío en el pecho.
—Mi madre nunca diría eso.
—Sí lo dijo.
Don Ernesto sacó un pequeño sobre del bolsillo de su chamarra.
—Y dejó esto para ti.
Rodrigo abrió el sobre con manos temblorosas.
Dentro solo había una llave.
Nada más.
—¿Qué es?
—La bodega de la vieja casa de Valle de Bravo.
—¿Por qué?
Don Ernesto desvió la mirada.
—Porque allí está todo lo que tu madre guardó durante los últimos ocho años.
Dos horas después, Rodrigo empujó la vieja puerta de madera.
El lugar olía a humedad y recuerdos.
Había cajas perfectamente etiquetadas.
“Navidad 2018.”
“Aniversario.”
“Cumpleaños de Rodrigo.”
Abrió la primera.
Dentro encontró un reloj.
Todavía envuelto.
Con una tarjeta.
“Para mi esposo. Feliz aniversario.”
Nunca lo había recibido.
Abrió otra caja.
Un álbum de fotografías.
Vacío.
Solo la primera página tenía una nota escrita por Mariana.
“Pensé que este año volveríamos a viajar juntos.”
La fecha era de tres años atrás.
Otra caja.
Una botella de vino francés.
Otra nota.
“La guardo para cuando volvamos a celebrar algo.”
Seguía sellada.
Caja tras caja.
Regalos.
Cartas.
Planes.
Viajes cancelados.
Reservaciones nunca utilizadas.
Todo aquello que Mariana había preparado durante años… mientras él siempre encontraba una reunión más importante.
O una excusa.
O, al final, a Camila.
Rodrigo terminó sentado en el suelo.
Rodeado por ocho años de ilusiones que jamás se había detenido a mirar.
Entonces vio una última caja.
No tenía etiqueta.
Solo decía:
“Abrir cuando ya sea demasiado tarde.”
Sintió un escalofrío.
Dentro había una memoria USB.
Y una carta.
“Rodrigo:
Si estás leyendo esto, significa que elegiste buscar respuestas cuando ya no quedaba nadie esperándote.
No guardé estos recuerdos para hacerte sentir culpable.
Los guardé porque necesitaba convencerme de que, al menos una vez, lo intenté todo.
Ya no te debo explicaciones.
Cuida de tu padre.
Yo, por fin, voy a empezar a cuidar de mí.”
Debajo de la carta había una fotografía.
Era del último cumpleaños de su madre.
Doña Teresa aparecía abrazando a Mariana.
En el reverso, con la letra temblorosa de la anciana, podía leerse una sola frase:
“La mejor hija que tuve nunca llevó mi apellido.”

Rodrigo sintió que las lágrimas comenzaban a caer por primera vez desde la muerte de su madre.
Pero aún ignoraba lo más importante.
Porque, al conectar aquella memoria USB al computador, descubriría que el último video de Doña Teresa no estaba dirigido únicamente a Mariana…
También contenía una confesión sobre Camila Rivas que podía destruir definitivamente la carrera, la reputación y el futuro de Rodrigo Salcedo.