La mañana del día 184, Gabriel encontró una maleta junto a la puerta.
Era negra.
Pequeña.
La misma que habíamos utilizado durante nuestra luna de miel.
Se quedó mirándola durante varios segundos.
Después levantó la cabeza.
—Clara, ¿vas a viajar?
Yo estaba preparando café.
—Sí.
—¿Por trabajo?
—También.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Cuándo vuelves?
Dejé la taza sobre la mesa.
—No voy a volver, Gabriel.
El silencio fue absoluto.
Mi esposo me observó como si acabara de escuchar una frase en un idioma desconocido.
—¿Qué significa eso?
Respiré profundamente.
—He aceptado el traslado a la sede central. Me marcho esta tarde.
Su rostro perdió el color.
—¿Y nuestro matrimonio?
Lo miré.
—Nuestro matrimonio terminó hace ciento ochenta y tres días.
Gabriel dio un paso hacia mí.
—¡No puedes decidir algo así sin hablar conmigo!
Solté una risa triste.
—Llevo medio año esperando que seas tú quien decida hablar con sinceridad.
—¡He intentado hablar contigo todos los días!
—Me has preguntado por qué duermo separada. Nunca me has preguntado qué hiciste para que dejara de confiar en ti.
Se quedó inmóvil.
Por primera vez vi miedo en sus ojos.
—Clara…
Abrí mi bolso.
Saqué un sobre blanco.
Lo coloqué sobre la mesa.
Gabriel lo abrió.
Dentro estaban las copias de las conversaciones que había encontrado en su computadora.
Tres meses de mensajes.
Fotografías.
Promesas.
Y aquella frase que nunca pude olvidar.
«Recuerda ponerte el uniforme de entrenamiento que te llevé».
Sus manos comenzaron a temblar.
—¿Desde cuándo tienes esto?
—Desde el siete de noviembre.
Gabriel levantó la mirada.
—¿Lo sabías todo este tiempo?
Asentí.
—Sí.
Se dejó caer en una silla.
—Dios mío…
Lo observé sin moverme.
—Ahora entiendes por qué dejé de dormir contigo.
Gabriel comenzó a llorar.
—Clara, te juro que no pasó nada físico.
No respondí.
—Elena y yo nos acercamos demasiado. Lo reconozco. Pero nunca…
Levanté una mano.
—No necesito escuchar los detalles.
—¡Pero tienes que creerme!
—Ese es el problema, Gabriel. Ya no puedo.
Se cubrió el rostro.
—Te amo.
Aquellas dos palabras me hicieron recordar a la mujer que había sido.
La que lo esperaba frente a la base.
La que preparaba su comida favorita.
La que celebraba cada ascenso como si fuera suyo.
La que creía que siete años de matrimonio significaban siete años de lealtad.
—Yo también te amé —respondí.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Amabas?
Asentí lentamente.
—En pasado.
A las diez de la mañana, Gabriel llamó a Elena.
Lo hizo delante de mí.
Activó el altavoz.
—Tenemos que hablar —dijo.
La voz de Elena sonó inmediatamente.
—Gabriel, ¿ocurrió algo?
—Clara descubrió nuestros mensajes.
Hubo un silencio.
Después Elena preguntó:
—¿Cuánto sabe?
Sentí que el corazón se me endurecía.
No preguntó si yo estaba bien.
No preguntó si había destruido una familia.
Solo quiso saber cuánto sabía.
Gabriel cerró los ojos.
—Todo.
Elena respiró profundamente.
—Entonces ya no tenemos que escondernos.
Gabriel se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Gabriel, llevamos meses viviendo así. Quizá sea mejor que finalmente tomes una decisión.
Lo miré.
Su expresión cambió.
—Elena, estoy intentando salvar mi matrimonio.
La voz de ella se volvió fría.
—¿Salvarlo? Me dijiste que Clara ya no te quería.
Sentí un escalofrío.
Gabriel palideció.
—No es el momento.
—También dijiste que solo seguías con ella porque te daba lástima.
Aquellas palabras cayeron sobre la mesa como piedras.
Lo observé.
—¿Eso dijiste de mí?
Gabriel no pudo mirarme.
Tomé mi maleta.
—Clara, espera.
No me detuve.
—Por favor, déjame explicarte.
Me volví hacia él.
—Durante ciento ochenta y tres noches dormí en una cama plegable mientras tú tenías una habitación entera para ti.
Su rostro se contrajo.
—Lo sé.
—Durante ciento ochenta y tres días esperé una sola cosa.
—¿Qué?
—Que me dijeras la verdad sin que tuviera que arrancártela.
Gabriel comenzó a llorar nuevamente.
—Cometí un error.
Negué.
—Un error ocurre una vez. Tú elegiste mentir durante meses.
Abrí la puerta.
Y salí.
Mi nueva vida comenzó en una ciudad donde nadie conocía a Gabriel Zhou.
La sede central de mi empresa ocupaba los últimos doce pisos de un edificio moderno.
Tenía mi propia oficina.
Un equipo de veinticinco personas.
Y responsabilidades que había deseado durante años.
Por primera vez podía regresar a casa sin preguntarme quién estaba escribiéndole a mi esposo.
Alquilé un apartamento pequeño.
Compré plantas.
Cambié las cortinas.
Y dormí en una cama grande.
Sola.
Pero en paz.
Durante las primeras semanas, Gabriel llamó todos los días.
No contesté.
Después comenzó a enviar mensajes.
«Clara, Elena pidió el traslado».
«Terminé cualquier relación personal con ella».
«Estoy buscando ayuda profesional».
«Por favor, dame una oportunidad».
Leí cada mensaje.
Pero ninguno consiguió devolverme la confianza.
Un mes después recibí una llamada inesperada.
Era el general retirado Daniel Wu.
Había sido superior de Gabriel durante años.
—Clara, disculpa que te moleste.
—Buenos días, general.
Su voz sonaba preocupada.
—Necesito preguntarte algo delicado.
Me incorporé.
—Dígame.
—¿Sabías que Gabriel está siendo investigado?
Sentí un escalofrío.
—¿Investigado?
—Se abrió una revisión administrativa sobre su conducta profesional.
Fruncí el ceño.
—¿Por su relación con Elena?
—Eso forma parte del asunto. Pero hay algo más.
Mi corazón comenzó a acelerarse.
—¿Qué?
Daniel guardó silencio.
—Alguien utilizó las credenciales de Gabriel para acceder a documentos restringidos.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué documentos?
—Planes de entrenamiento y evaluaciones operativas.
Respiré profundamente.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
El general respondió:
—Encontraron copias de esos archivos en un dispositivo que pertenecía a Elena Liu.
Aquella noche Gabriel me llamó.
Esta vez contesté.
—Clara…
Su voz sonaba agotada.
—El general Wu me llamó —dije.
Hubo un silencio.
—Entonces ya sabes.
—Sé que estás siendo investigado.
Gabriel respiró profundamente.
—Elena utilizó mi computadora mientras yo estaba fuera de la oficina.
Fruncí el ceño.
—¿Le diste acceso?
—En algunas ocasiones. Confiaba en ella.
Sentí una tristeza amarga.
Había confiado en Elena.
Pero no en mí.
—¿Qué necesitas de mí, Gabriel?
Su respuesta me sorprendió.
—Nada.
Guardé silencio.
—Solo quería decirte que tenías razón.
Miré hacia la ventana.
—¿Sobre qué?
—Sobre la confianza. Pensé que podía controlar todo. Mi trabajo. Mi matrimonio. Lo que sentía por Elena.
Su voz se quebró.
—Y terminé perdiéndolo todo.
No respondí.
Entonces añadió:
—Clara, hay algo que nunca te conté.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—Elena no llegó a nuestra unidad por casualidad.
Gabriel respiró profundamente.
—Fue transferida seis meses antes de que comenzáramos a acercarnos.
—¿Y?
—Ahora descubrimos que alguien recomendó personalmente su traslado.
Fruncí el ceño.
—¿Quién?
Hubo un silencio.
—Un antiguo compañero mío.
—¿Cómo se llama?
—Victor Han.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
Conocía ese nombre.
Victor Han había sido amigo de Gabriel durante la academia militar.
Había asistido a nuestra boda.
Incluso había pronunciado un brindis.
—¿Qué tiene que ver Victor con Elena?
Gabriel respondió:
—Creemos que la estaba utilizando para obtener información de mi unidad.
Me quedé inmóvil.
—¿Estás diciendo que tu relación con ella pudo haber sido parte de un plan?
—Todavía no sabemos hasta dónde llegó.
Cerré los ojos.
—Gabriel, eso es algo que deben investigar las autoridades competentes.
—Lo sé.
Después dijo algo que me dejó helada.
—Pero encontraron tu nombre en uno de los documentos.
A la mañana siguiente, dos investigadores se presentaron en mi oficina.
Mostraron sus identificaciones.
Me explicaron que necesitaban hacerme algunas preguntas relacionadas con el acceso a ciertos archivos.
Acepté colaborar.
Uno de ellos colocó una fotografía sobre la mesa.
Mostraba una carpeta digital.
En la pantalla podía leerse:
CLARA ZHOU — PERFIL PERSONAL.
Sentí que el estómago se me hundía.
—¿Qué es eso?
El investigador respondió:
—Un archivo encontrado durante la revisión de los dispositivos utilizados por Elena Liu.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué alguien tendría información sobre mí?
—Eso estamos intentando determinar.
Abrió una segunda imagen.
Había fotografías de mi antiguo apartamento.
Mis horarios laborales.
Mis desplazamientos.
Incluso el nombre de mi nueva empresa.
Me quedé inmóvil.
—¿Me estaban vigilando?
El investigador mantuvo la calma.
—Hay indicios de que recopilaron información sobre usted. Todavía estamos verificando cómo y con qué propósito.
Sentí un escalofrío.
—¿Desde cuándo?
Me mostró una fecha.
12 de agosto.
Tres meses antes de que descubriera las conversaciones de Gabriel.
Aquella noche recibí un mensaje de un número desconocido.
«Clara, necesito hablar contigo. No confíes en Gabriel».
Lo miré durante varios segundos.
Después llegó otro.
«Soy Elena».
Sentí que el corazón se me aceleraba.
No respondí.
El teléfono vibró nuevamente.
«Sé que me odias. Pero lo que está ocurriendo es mucho más grave que una infidelidad».
Bloqueé la pantalla.
Sin embargo, un minuto después recibí una fotografía.
Era una imagen antigua.
Gabriel y Victor Han estaban juntos frente a un edificio militar.
Detrás de ellos aparecía una tercera persona.
Una mujer.
La reconocí inmediatamente.
Mi antigua directora.
Marina Chen.
Me quedé completamente inmóvil.
Marina había sido mi superior durante cinco años.
La misma mujer que me recomendó para el ascenso.
La misma que me animó a trasladarme a la sede central.
Y la misma que, semanas antes de mi partida, me había dicho:
«Clara, algunas oportunidades solo aparecen cuando una mujer aprende a dejar atrás lo que la está frenando».
Llamé inmediatamente al investigador que me había entrevistado.
Le expliqué lo ocurrido.
Me pidió que conservara los mensajes y evitara reunirme a solas con cualquier persona involucrada.
Después contacté a mi abogado.
Por primera vez desde que abandoné a Gabriel, sentí miedo.
No por mi matrimonio.
Sino porque alguien parecía haber seguido mis movimientos durante meses.
A la mañana siguiente, Marina apareció en mi oficina.
Sonreía.
—Clara, tenemos que hablar sobre el nuevo proyecto.
Me levanté lentamente.
—Por supuesto.
Marina cerró la puerta.
Después dejó una carpeta sobre mi escritorio.
—Antes de empezar, quiero felicitarte nuevamente por tu ascenso.
Su sonrisa parecía perfectamente normal.
Pero yo ya no podía verla de la misma manera.
—Gracias —respondí.
Marina se sentó.
—Has demostrado que sabes tomar decisiones difíciles.
La observé.
—¿Como abandonar mi matrimonio?
Su sonrisa desapareció apenas un instante.
—No sabía que querías hablar de eso.
—Tú mencionaste varias veces que debía empezar de nuevo.
Marina cruzó las piernas.
—Porque veía que no eras feliz.
Entonces hizo una pregunta que me heló la sangre.
—¿Gabriel todavía te llama por las noches?
Me quedé inmóvil.
Nunca le había contado que Gabriel me llamaba por las noches.
Antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
Era un mensaje del investigador.
«Clara, no firme ningún documento nuevo relacionado con el proyecto de Marina Chen. Necesitamos hablar urgentemente».
Levanté la mirada.
Marina seguía sonriendo.
—¿Todo bien?
Asentí.
—Sí.
Pero mis manos temblaban debajo del escritorio.
Marina abrió la carpeta.
—Necesito tu firma para autorizar el acceso a los archivos del proyecto.
Miré el documento.
Era una autorización de transferencia de información empresarial.
Mi firma permitiría que ciertos archivos confidenciales salieran del sistema interno.
—Necesito revisarlo con el departamento jurídico —respondí.
Marina dejó de sonreír.
—Clara, confío en ti.
Aquella frase me golpeó como una bofetada.
La misma palabra.
Confianza.
La misma que Gabriel había utilizado para justificar tantas cosas.
Cerré la carpeta.
—Entonces entenderás que quiera hacer las cosas correctamente.
Marina se levantó.
Durante unos segundos me observó sin hablar.
Después dijo:
—Gabriel siempre fue demasiado sentimental.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Qué?
Ella pareció darse cuenta de su error.
—Quiero decir que los militares suelen tener dificultades para separar su vida personal del trabajo.
Pero ya era demasiado tarde.
La miré directamente.
—¿Desde cuándo conoces a Gabriel?
Marina guardó silencio.
Después sonrió.
—Clara, creo que deberíamos continuar esta conversación otro día.
Tomó su bolso.
Y salió.
Esa noche recibí una llamada de Elena.
Esta vez contesté.
—Habla.
Su voz temblaba.
—Clara, necesito que me escuches.
—Tienes un minuto.
—Victor Han me prometió un ascenso si conseguía acercarme a Gabriel.
Sentí un escalofrío.
—¿Y aceptaste?
—Sí.
Su respuesta fue inmediata.
—Al principio solo debía conseguir información sobre sus horarios y sus reuniones.
Apreté el teléfono.
—¿Y después?
Elena comenzó a llorar.
—Después me pidió que lo mantuviera emocionalmente distraído.
Me quedé inmóvil.
—¿Para qué?
—Para que no descubriera lo que estaban haciendo con los contratos de entrenamiento.
Respiré profundamente.
—¿Quiénes?
Elena guardó silencio.
Después susurró:
—Victor y Marina.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Marina Chen?
—Sí.
Miré hacia la ventana.
Las luces de la ciudad brillaban a lo lejos.
—¿Y qué querían de mí?
Elena respiró profundamente.
—Tu ascenso.
Fruncí el ceño.
—¿Mi ascenso?
—Necesitaban que llegaras a la sede central.
El corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Por qué?
Elena respondió:
—Porque eres la única persona con autorización para aprobar el último contrato.
Durante varios segundos no pude hablar.
Mi ascenso.
Mi traslado.
Mi nueva vida.
Todo aquello que había considerado el comienzo de mi libertad.
¿Había sido cuidadosamente preparado por otras personas?
—¿Qué contrato? —pregunté.
Elena bajó la voz.
—Un acuerdo de suministro tecnológico vinculado a instalaciones militares.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué tiene de especial?
—Los documentos contienen especificaciones alteradas. Si firmas, el contrato podría aprobar pagos por equipos que no cumplen los requisitos.
Cerré los ojos.
—Entonces no firmaré.
Elena guardó silencio.
—Clara, hay algo más.
—¿Qué?
—Marina no necesita que firmes voluntariamente.
Mi respiración se aceleró.
—¿Qué significa eso?
—Ya prepararon una autorización con tu firma digital.
Sentí que la sangre se me helaba.
—Eso sería una falsificación.
—Lo sé.
—¿Cómo lo sabes?
Elena comenzó a llorar.
—Porque yo vi el archivo.
A la mañana siguiente, los investigadores revisaron los registros de acceso de mi empresa junto con el equipo jurídico y de seguridad.
Encontraron intentos de utilizar mis credenciales.
También localizaron un documento que yo nunca había aprobado.
Una autorización electrónica.
Con mi nombre.
Y una firma digital aparentemente asociada a mi cuenta.
Pero había algo extraño.
La fecha de creación era anterior a mi traslado.
Alguien había preparado aquella autorización antes de que yo aceptara el ascenso.
Dos días después, Gabriel apareció en la recepción de mi edificio.
No esperaba verlo.
Llevaba ropa civil.
Parecía agotado.
Había perdido peso.
Sus ojos estaban hundidos.
—Clara…
Me quedé a varios pasos de distancia.
—¿Qué haces aquí?
Gabriel tragó saliva.
—Necesito decirte algo.
—Puedes hablar con los investigadores.
Negó lentamente.
—Esto no tiene que ver solamente con la investigación.
Sentí un escalofrío.
—Entonces, ¿con qué?
Gabriel bajó la mirada.
—Con nuestro matrimonio.
Suspiré.
—Gabriel, ya no hay nada que discutir.
—Lo sé.
Su voz se quebró.
—Pero descubrí algo sobre Elena.
Lo observé.
—¿Qué?
Gabriel sacó una fotografía de su bolsillo.
La colocó sobre el mostrador.
Era una imagen tomada durante nuestra boda.
Yo llevaba un vestido blanco.
Gabriel sonreía a mi lado.
Victor Han estaba detrás de nosotros.
Y junto a él aparecía Marina Chen.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Marina estuvo en nuestra boda.
Gabriel asintió.
—Sí.
—¿Por qué nunca me dijiste que la conocías?
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Porque me pidió que no lo hiciera.
Me quedé completamente inmóvil.
—¿Qué?
Gabriel respiró profundamente.
—Clara, Marina no empezó a trabajar contigo por casualidad.
Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.
—¿Qué estás diciendo?
Él cerró los ojos.
—Victor la presentó a tu empresa hace siete años.
Sentí un escalofrío.
Siete años.
Exactamente el tiempo que llevaba casada con Gabriel.
—¿Por qué?
Gabriel levantó la mirada.
Y entonces pronunció una frase que hizo que todo mi mundo se detuviera.
—Porque tu matrimonio conmigo formaba parte del plan desde el principio.
Me quedé sin respiración.
—¿Qué plan?
Gabriel comenzó a llorar.
—Clara, antes de conocerte, Victor me pidió que me acercara a ti.
El silencio fue absoluto.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Qué acabas de decir?
Gabriel bajó la cabeza.
—Al principio pensé que solo quería que conociera a una mujer brillante. Después comprendí que necesitaban a alguien dentro de tu vida.
Mi voz salió apenas como un susurro.
—¿Y aun así te casaste conmigo?
Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.
—Me enamoré de ti de verdad.
Lo observé.
Durante siete años había creído que nuestra historia comenzó por casualidad.
Una reunión.
Un café.
Una sonrisa.
Una promesa.
Ahora descubría que alguien había organizado incluso nuestro primer encuentro.
Gabriel extendió una mano.
—Clara, por favor…
Retrocedí.
—No me toques.
Entonces mi teléfono vibró.
Era un mensaje del investigador.
Contenía una sola frase:
«Clara, encontramos el contrato original. La persona que autorizó el plan de acercamiento hace siete años no fue Victor Han».
Sentí que el corazón se me detenía.
Llegó un segundo mensaje.
«Fue Gabriel Zhou».
Levanté lentamente la mirada hacia mi esposo.
Él seguía llorando.
Pero ahora sus lágrimas tenían un significado completamente diferente.
Porque durante ciento ochenta y tres días había creído que Gabriel me había traicionado con otra mujer.
Y acababa de descubrir que la primera traición había ocurrido incluso antes de nuestra boda.
CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…
