PARTE 2: EL TÚNEL

Las palabras de doña Ofelia retumbaron en toda la casa.

—¡Ciérralo! ¡Ese túnel no debe volver a abrirse!

Emiliano se quedó inmóvil.

Miró el hueco oculto detrás del viejo ropero.

Nunca había visto aquel pasadizo.

Vivía en esa casona desde niño.

Había jugado cientos de veces en aquella bodega.

Y, sin embargo, jamás supo que existía una abertura en el muro.

Se volvió lentamente hacia su madre.

—¿Qué túnel?

Doña Ofelia comprendió demasiado tarde que había hablado de más.

Durante apenas un segundo, el miedo sustituyó la seguridad de su rostro.

—No es nada.

—Acabas de decir que lo cierre.

—Porque es peligroso.

Emiliano dio un paso hacia el muro.

—¿Desde cuándo existe?

—Desde siempre.

—¿Y por qué nunca me hablaste de él?

Ella desvió la mirada.

—No tiene importancia.

Por primera vez en muchos años, Emiliano sintió que no reconocía a la mujer que tenía enfrente.

Sin responder, tomó la linterna que colgaba junto a la puerta.

Iluminó el interior.

El túnel era estrecho.

Las paredes estaban hechas de piedra antigua.

El aire olía a humedad.

Y sobre el piso había huellas recientes.

No eran de polvo acumulado.

Alguien había pasado por allí hacía muy poco.

El corazón comenzó a golpearle con fuerza.

—Lucía…

Entró sin esperar respuesta.

—¡Emiliano!

Su madre corrió tras él.

—¡No sigas!

Él no obedeció.

Después de unos quince metros encontró algo que hizo que se detuviera.

Un zapato.

Era de Lucía.

Lo reconoció inmediatamente.

Lo levantó con manos temblorosas.

Seguía tibio.

Ella había pasado por allí pocas horas antes.

Continuó avanzando.

El túnel desembocó finalmente en una vieja puerta de hierro.

Estaba abierta.

Del otro lado aparecía un pequeño patio abandonado que daba a una calle trasera del barrio.

Lucía ya no estaba.

Solo quedaban marcas de neumáticos recientes.

Y una cámara de vigilancia instalada en la esquina de una tienda.

Emiliano sintió una mezcla de alivio y desesperación.

Al menos sabía que ella había salido con vida.


Cuando regresó a la casa, encontró a doña Ofelia sentada en la cocina.

Había recuperado por completo la calma.

Como si nada hubiera ocurrido.

Él dejó el zapato sobre la mesa.

—¿Qué escondes?

—No sé de qué hablas.

—Conoces ese túnel.

Silencio.

—Y también sabías que Lucía podía escapar por ahí.

La mujer tomó lentamente su taza de café.

—Esa muchacha siempre fue manipuladora.

Emiliano golpeó la mesa.

—¡Basta!

El golpe hizo vibrar la prueba de embarazo.

La tomó entre sus manos.

Dos líneas perfectamente marcadas.

Positiva.

Sintió que el pecho se le cerraba.

Lucía estaba embarazada.

Y él la había encerrado.

Volvió a leer la frase escrita detrás.

“También quisieron borrar a tu hijo, Emiliano.”

Alzó la vista.

—¿Qué significa esto?

Doña Ofelia permaneció en silencio.

Él mostró la fotografía rota.

Era una imagen suya con apenas dos años.

En el reverso alguien había escrito una fecha.

14 de septiembre de 1996.

—¿Por qué Lucía tenía esta foto?

La expresión de su madre comenzó a cambiar.

Ya no era enojo.

Era miedo.

—¿Quién intentó borrar a mi hijo?

Ella no respondió.

Emiliano respiró hondo.

—¿Y quién quiso borrarme a mí hace treinta años?

La taza cayó de las manos de doña Ofelia y se hizo añicos contra el piso.

Las lágrimas comenzaron a correr por su rostro.

—Porque…

Su voz apenas era un susurro.

—Porque tú tampoco debías haber sobrevivido.

El silencio fue absoluto.

Emiliano sintió que el mundo se detenía.

Doña Ofelia cerró los ojos.

—Ese túnel no era una salida.

Era el lugar por donde, hace treinta años, alguien entró a esta casa buscando al verdadero heredero de la familia…

Y esa misma persona acaba de volver por el hijo que Lucía llevaba en su vientre.

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