PARTE 2: EL TRAIDOR ESTABA EN CASA

Genevieve desbloqueó el teléfono con dedos temblorosos.

—Hay una grabación.

Alessandro no se movió.

—¿De Vincenzo?

Ella asintió.

—Hace tres semanas apareció en el apartamento donde me escondía. Creía que yo dormía.

Genevieve había dejado el teléfono grabando porque llevaba días sospechando que alguien entraba mientras ella estaba fuera.

En el audio, Vincenzo hablaba con otra persona.

No necesitaban escuchar demasiado.

—Cuando nazca el niño, tendremos lo que necesitamos para controlar a Romano.

Alessandro sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

La grabación continuaba.

Vincenzo no había ayudado a Genevieve por compasión.

Había falsificado mensajes.

Había filtrado información privada.

Había manipulado a ambos durante meses para separarlos.

Y planeaba utilizar al bebé como instrumento para debilitar a Alessandro desde dentro.

Mateo palideció.

—Jefe…

Alessandro levantó una mano.

—No aquí.

Genevieve lo miró, sorprendida.

El Alessandro que ella recordaba habría explotado.

Pero había una mujer en labor de parto frente a él.

Su esposa.

Aterrorizada.

Y por primera vez comprendió que demostrar poder era lo último que ella necesitaba.

—Mateo, llama a seguridad del hospital. Que nadie entre sin autorización del personal.

—¿Y Vincenzo?

Alessandro sostuvo la mirada de Genevieve.

—Entregaremos las pruebas a quien corresponda.

Mateo pareció desconcertado.

—¿Eso es todo?

—Mi hijo no va a nacer en medio de una guerra.

Genevieve cerró los ojos.

Una lágrima descendió por su mejilla.


Minutos después, el parto entró en su fase final.

Helen señaló la puerta.

—Señor Romano, tiene que salir.

Alessandro obedeció.

—¡Espera!

La voz de Genevieve lo detuvo.

Él se giró.

Ella estaba llorando.

—No quiero estar sola.

Alessandro dio un paso.

Se detuvo.

—¿Quieres que me quede?

Genevieve tardó varios segundos.

—Sí.

Solo entonces regresó.

No tomó su mano hasta que ella se la ofreció.


Cuando el llanto del bebé llenó la habitación, Alessandro dejó de respirar.

Era un niño.

Pequeño.

Fuerte.

Genevieve lloró cuando lo colocaron junto a ella.

Alessandro permaneció a varios pasos.

No reclamó cargarlo.

No dijo “mi heredero”.

No pronunció su apellido.

Solo preguntó:

—¿Está bien?

Helen sonrió.

—Está bien.

Genevieve observó a Alessandro.

—Se llama Gabriel.

Él tragó saliva.

—Es hermoso.

—Tiene tus ojos.

Alessandro tuvo que apartar la mirada.

Después de siete meses buscándolos como si fueran algo que debía recuperar, finalmente comprendía que no podía entrar allí y reclamar una esposa y un hijo como propiedades perdidas.

Tenía que ganarse nuevamente un lugar junto a ellos.


Vincenzo fue detenido días después.

La investigación reveló hasta dónde había llegado su traición.

Durante años había interceptado comunicaciones y alimentado conflictos dentro de la organización de Alessandro, convenciendo a cada lado de que el otro preparaba una traición.

Pero su error había sido Genevieve.

La creyó demasiado asustada para guardar pruebas.

La creyó demasiado aislada para escapar.

Y creyó que Alessandro reaccionaría con violencia en cuanto descubriera la verdad, destruyendo las pruebas y confirmando todos los temores que había sembrado en ella.

No ocurrió.

Alessandro entregó el teléfono.

Los mensajes.

Los registros.

Todo.

Vincenzo había preparado una guerra.

En cambio recibió una investigación.


Tres semanas después, Genevieve salió del hospital.

Alessandro esperaba afuera.

Solo.

Sin hombres.

Sin automóviles blindados rodeando la entrada.

Genevieve llevaba a Gabriel en brazos.

—¿Vienes a llevarnos a casa? —preguntó.

Alessandro negó.

—Vine a preguntarte dónde quieres ir.

Ella lo estudió.

—¿Y si digo que no quiero volver contigo?

La respuesta le dolió.

Se notó.

—Entonces no vuelves.

—¿Y Gabriel?

—Es nuestro hijo. Pero ser su padre no me da derecho a controlar a su madre.

Genevieve permaneció callada.

Finalmente dijo:

—He alquilado una casa.

—Bien.

—No voy a decirte dónde hasta que esté preparada.

Alessandro asintió.

—Bien.

Ella pareció sorprendida.

—¿Eso es todo?

—No.

La miró.

—Quiero recuperar tu confianza. Pero entiendo que querer algo no significa merecerlo.

Por primera vez desde que él había derribado aquella puerta del hospital, Genevieve sonrió.

Muy poco.

Pero sonrió.


Pasaron meses.

Alessandro empezó terapia.

Se alejó progresivamente de las actividades que habían convertido su vida en un lugar donde una mentira de Vincenzo resultaba demasiado fácil de creer.

Visitaba a Gabriel según los acuerdos de Genevieve.

Llegaba puntual.

Nunca aparecía sin avisar.

Nunca llevaba hombres armados hasta su puerta.

Y nunca preguntaba cuándo volvería ella.

Una tarde, Genevieve encontró sobre la mesa el viejo anillo de plata.

El mismo que había dejado siete meses atrás.

Alessandro lo había conservado.

—¿Quieres que vuelva a ponérmelo? —preguntó.

—No.

Él cerró la pequeña caja.

—Si algún día vuelves a usar un anillo mío, quiero que sea porque elegiste hacerlo.

Genevieve lo miró durante largo rato.

—Estás cambiando.

—Estoy intentándolo.

—No es lo mismo.

—Lo sé.

Aquella respuesta fue suficiente.

Por ahora.


Un año después, Gabriel dio sus primeros pasos entre ambos.

Genevieve rio.

Alessandro terminó sentado en el suelo mientras el niño se aferraba a su camisa.

Durante un instante parecían una familia común.

Quizá algún día volverían a ser marido y mujer de verdad.

Quizá no.

La historia ya no dependía de eso.

Porque Alessandro había pasado siete meses creyendo que su mayor enemigo le había robado a su esposa.

La verdad era más difícil.

Vincenzo únicamente había conseguido manipularlos porque Genevieve ya tenía motivos para temer el mundo de Alessandro.

Derrotar al traidor fue sencillo comparado con aceptar aquello.

Así que Alessandro tomó la única decisión que ningún enemigo esperaba del hombre más temido de la ciudad.

No inició una guerra.

Terminó una.

Y por primera vez dejó de luchar para recuperar lo que consideraba suyo.

Empezó a convertirse en alguien a quien Genevieve pudiera elegir libremente.

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