PARTE 2: EL TRAIDOR ESTABA EN CASA

—No vamos a Tuxpan —dijo Santiago.

Daniela lo miró.

—Es mi hermana.

—Precisamente por eso. Es una trampa.

Daniela abrió su computadora.

—Entonces hagamos que Verónica crea que caímos en ella.

Durante la siguiente hora, Daniela rastreó las transferencias que llevaba meses investigando.

Los 3,800 millones no habían desaparecido.

Habían sido distribuidos entre empresas fantasma controladas por Verónica.

Pero había algo peor.

Rogelio había autorizado cada movimiento.

Santiago observó al hombre que había protegido a su familia durante veinte años.

—¿Por qué?

Rogelio sonrió con amargura.

—Porque pasé media vida construyendo tu imperio mientras tú recibías el apellido.

Santiago no respondió.

Daniela sí.

—Entonces el divorcio también fue idea tuya.

Rogelio guardó silencio.

Y ella comprendió.

—Nunca intentabas protegerme.

—Necesitábamos separarte de Santiago —admitió—. Estabas demasiado cerca de descubrir las cuentas.

Daniela sintió que se le helaba la sangre.

Todo había sido manipulado.

Los supuestos enemigos.

La vigilancia.

Incluso el miedo que llevó a Santiago a divorciarse.

—¿Y la bala de esta tarde?

Rogelio sonrió.

—Una advertencia.

Santiago avanzó hacia él, pero Daniela lo detuvo.

—No.

Levantó su teléfono.

—Ya confesó suficiente.

Había grabado toda la conversación.

A las 11:47 de la noche, varios vehículos llegaron a Tuxpan.

Verónica creyó que Santiago iba dentro.

No era así.

Daniela había enviado a las autoridades la ubicación, las grabaciones y meses de documentación financiera.

Cuando Verónica comprendió que estaba rodeada, intentó escapar.

No llegó lejos.

Fernanda fue encontrada dentro de una oficina cerrada y salió protegida por los agentes.

Cuando Daniela recibió su videollamada, comenzó a llorar.

—¿Estás bien?

—Estoy bien —respondió Fernanda—. ¿Y mi sobrina?

Daniela puso una mano sobre su vientre.

—También.

Detrás de ella, Santiago cerró los ojos, aliviado.

Rogelio y Verónica fueron detenidos.

La investigación posterior reveló que llevaban años desviando dinero y fabricando amenazas para mantener a Santiago concentrado en enemigos externos.

Pero el golpe final llegó días después.

Daniela estaba preparando su regreso a Guadalajara cuando Santiago apareció con la carpeta del divorcio.

La dejó frente a ella.

Estaba rota por la mitad.

—No voy a firmar.

Daniela lo miró fríamente.

—Eso no significa que sigamos casados.

—Lo sé.

Santiago bajó la mirada hacia su vientre.

—También sé que descubrir que tengo una hija no borra lo que te hice.

Aquella respuesta la sorprendió.

Por primera vez no estaba ordenando.

No estaba amenazando.

No estaba decidiendo por ella.

—Te abandoné creyendo que podía protegerte sin confiar en ti —continuó—. Casi las puse en más peligro.

Daniela guardó silencio.

Santiago dejó unas llaves sobre la mesa.

—La casa de seguridad, los vehículos y el equipo que te acompañará hasta que termine la investigación están bajo tu control. Puedes despedirlos cuando quieras.

—¿Y tú?

—Yo no voy a seguirte si no quieres.

Daniela lo observó durante varios segundos.

—Nuestra hija nacerá pronto.

Santiago tragó saliva.

—¿Me permitirás estar allí?

Daniela no respondió inmediatamente.

Finalmente dijo:

—Como su padre.

Los ojos de Santiago se humedecieron.

—Por ahora, eso es suficiente.

Tres semanas después, Daniela entró en trabajo de parto.

Santiago llegó al hospital, pero se quedó fuera hasta que ella pidió verlo.

Horas después, una enfermera puso a la pequeña Valentina entre sus brazos.

El hombre que había enfrentado amenazas sin pestañear comenzó a llorar.

Daniela lo observó desde la cama.

No lo había perdonado.

Quizá algún día lo haría.

Quizá no.

Pero Santiago finalmente había entendido algo que ningún enemigo consiguió enseñarle:

proteger a alguien no significa decidir por esa persona.

Significa permanecer a su lado cuando ella decide por sí misma.

Y aquella noche, mientras sostenía a su hija por primera vez, el hombre más temido de Ciudad de México no parecía poderoso.

Parecía simplemente un padre aterrorizado de volver a perder a las dos personas que más le importaban.

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