Nadie habló durante varios segundos.
La pantalla iluminaba el rostro de todos con una luz fría.
Mi padre fue el primero en reaccionar.
—Eso… eso debe ser un error.
El abogado de Esteban amplió el documento.
La firma aparecía al pie de cada página.
Mi nombre.
Mi supuesta rúbrica.
Y, justo debajo, otra firma.
Testigo: Ernesto Robles.
Sentí un vacío en el estómago.
Miré a mi padre.
—¿Sabías de esto?
Él evitó mis ojos.
—Yo… Sebastián dijo que era un trámite interno.
—¿Qué trámite?
Su respiración se volvió pesada.
—Me pidió firmar unos documentos para agilizar un proyecto.
No respondió a mi pregunta.
Y eso ya era una respuesta.
El abogado tomó otra hoja.
—Señor Robles, este no era un simple trámite.
Pasó varias páginas.
—Aquí se establece que cualquier metodología, libro, artículo, conferencia o sistema de comunicación desarrollado por la señora Valeria Robles, presente o futuro, pasaría automáticamente a una empresa propiedad exclusiva del señor Sebastián Robles.
El silencio volvió a caer.
Mi madre llevó una mano a la boca.
—Eso es imposible…
El abogado negó lentamente.
—No solo es posible.
Hizo una pausa.
—Durante seis años esta cláusula fue utilizada como respaldo en varias negociaciones con inversionistas.
Sebastián dio un paso adelante.
—No tienen contexto.
Esteban lo miró con absoluta serenidad.
—Perfecto.
Se cruzó de brazos.
—Entonces danos el contexto.
Mi hermano tragó saliva.
—Valeria nunca aprovechó su talento. Yo solo intenté convertir su trabajo en un negocio.
Me quedé inmóvil.
—¿Convertirlo?
Él levantó la voz.
—¡Todo lo que escribías terminaba olvidado en una computadora! ¡Yo sabía venderlo!
Sentí que algo dentro de mí terminaba de romperse.
—¿También vendiste mis investigaciones?
No respondió.
El abogado abrió otra carpeta.
—Tenemos registros de doce licencias.
Otra.
—Cinco consultorías.
Otra más.
—Tres contratos internacionales.
Cada documento llevaba la misma firma falsificada.
Mi firma.
Y todos habían generado ingresos para Prisma Humano.
Esteban permanecía completamente serio.
—¿Cuánto dinero obtuvo gracias a ese material?
El abogado consultó una hoja.
—Hasta el momento…
Todos esperaron.
—…aproximadamente ciento ochenta y cuatro millones de pesos.
Un murmullo recorrió el salón.
La novia dio dos pasos hacia atrás.
—Sebastián…
Él intentó acercarse.
—Camila, déjame explicarte.
Ella negó con la cabeza.
—Mi padre invirtió treinta millones creyendo que tu empresa tenía propiedad intelectual propia.
Él guardó silencio.
—¿También era robada?
Nadie necesitó escuchar la respuesta.
Camila se quitó lentamente el anillo de bodas.
Acababan de casarse hacía menos de una hora.
Lo dejó sobre una mesa cercana.
—No pienso empezar un matrimonio con un hombre que construyó su éxito robándole a su propia hermana.
Mi madre rompió a llorar.
Mi padre seguía inmóvil.
Nunca lo había visto tan derrotado.
Pensé que aquello era lo peor.
Me equivoqué.
Porque el abogado abrió el último archivo de la memoria USB.
Frunció el ceño.
—¿Qué ocurre? —preguntó Esteban.
El abogado leyó en silencio durante unos segundos.
Después levantó la vista hacia mí.
—Señora Robles…
Su voz había cambiado por completo.
—Este documento no solo afecta a Prisma Humano.
—¿Qué significa eso?
Giró lentamente la pantalla para que todos pudieran verla.
—Aquí aparece una transferencia de derechos realizada hace apenas tres semanas.
Busqué mi nombre.
Estaba otra vez.
Otra firma falsa.
Pero esta vez no cedía un método de trabajo.

Cedía el control total del nuevo programa internacional que yo llevaba casi dos años desarrollando para Nébula Tecnología.
Un proyecto valorado en miles de millones.
Esteban dejó de respirar por un instante.
Porque acababa de comprender que Sebastián no solo había estafado a su propia familia.
También había intentado apropiarse del proyecto más importante de toda la historia de Nébula.