PARTE 2: EL TESTAMENTO YA ESTABA FIRMADO

Dormí esa noche en la habitación de invitados.

No porque creyera que la casa ya no era mía.

Sino porque me negaba a marcharme siguiendo el horario que Owen había decidido para mi vida.

A las siete de la mañana sonó el timbre.

Era Martin Wells.

Traía un maletín de cuero y una carpeta con el sello del despacho de Beatrice.

Entró, observó las maletas junto a la puerta y suspiró.

—Llegué justo a tiempo.

Le entregué los papeles del divorcio.

Los leyó en silencio.

Después sonrió por primera vez.

—Tenía mucha prisa.

—¿Quién?

—Owen.

Señaló una cláusula.

—Quiere que firmes antes de la lectura oficial del testamento.

Sentí un escalofrío.

—¿Por qué importa el momento?

Martin cerró lentamente la carpeta.

—Porque legalmente no es lo mismo ser esposa que exesposa cuando un testamento ya fue otorgado.

Antes de que pudiera preguntar nada más, escuchamos un automóvil detenerse frente a la casa.

Owen entró acompañado de Lindsay.

Ella llevaba una mano sobre el vientre y una sonrisa discreta.

Como si ya fuera la nueva dueña.

Owen apenas me miró.

—¿Firmaste?

Martin dio un paso adelante.

—Soy el abogado Martin Wells.

Represento los intereses de la señora Clara Merritt.

Owen frunció el ceño.

—Solo es un divorcio.

No hace falta montar un espectáculo.

Martin respondió con absoluta tranquilidad.

—Precisamente porque solo es un divorcio…

…¿por qué tenía tanta urgencia en que ocurriera antes de las diez de la mañana?

La expresión de Owen cambió apenas un segundo.

Fue suficiente.

Martin continuó.

—La lectura del testamento de la señora Beatrice Merritt comienza dentro de una hora.

Lindsay levantó la vista sorprendida.

—¿Qué tiene que ver eso?

Nadie respondió.


A las diez en punto estábamos sentados en la antigua biblioteca de Beatrice.

Toda la familia Merritt había acudido.

Los hermanos de Owen.

Sus tíos.

Sus primos.

Todos daban por hecho que la fortuna familiar se repartiría entre ellos.

El notario rompió el sello del sobre.

Comenzó a leer.

Las primeras páginas repartían donaciones a fundaciones, empleados antiguos y varios familiares.

Después llegó al último apartado.

—”Respecto a mi residencia principal…”

Owen sonrió.

Yo lo vi.

Ya estaba celebrando.

El notario continuó.

—”…la dejo íntegramente a la persona que durante ocho años convirtió una casa en un hogar.”

La sonrisa de Owen se hizo más amplia.

Pensó que hablaban de él.

Entonces el notario terminó la frase.

—”…mi nuera, Clara Merritt.”

El silencio fue absoluto.

Owen se incorporó de golpe.

—¿Qué?

El notario siguió leyendo.

—”Asimismo, le lego el sesenta por ciento de mi cartera de inversiones, mi colección de joyas familiares y el derecho preferente sobre cualquier participación empresarial que aún permanezca en mi patrimonio.”

Lindsay dejó de sonreír.

Uno de los tíos de Owen comenzó a protestar.

—¡Eso es imposible!

El notario levantó otra hoja.

—La señora Beatrice añadió un anexo manuscrito seis meses antes de fallecer.

Abrió el documento.

La letra era inconfundible.

“Si mi nieto Owen intenta divorciarse de Clara antes de la lectura de este testamento, deberá entender que no la está perdiendo a ella.”

“Se está alejando voluntariamente del único miembro de esta familia que jamás confundió el amor con el interés.”

Nadie respiraba.

El notario leyó la última línea.

“Y para evitar cualquier discusión futura, declaro expresamente que mi decisión es irrevocable.”

Owen giró lentamente hacia mí.

Tenía el rostro completamente blanco.

—Clara…

Yo no respondí.

Martin fue quien habló.

—Ahora comprende por qué quería que usted firmara ayer.

Owen abrió la boca.

—Podemos hablar.

Negué con calma.

—Ayer me diste dos horas para salir de tu vida.

Hoy…

Miré el testamento que seguía abierto sobre la mesa.

—Parece que fue tu abuela quien decidió quién debía quedarse en esta familia.

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