Ernesto no condujo hacia Las Lomas.
Giró el volante en dirección al centro financiero de Paseo de la Reforma mientras la lluvia seguía golpeando el parabrisas. Cada semáforo en rojo le daba unos segundos más para ordenar el caos que tenía dentro.
No podía permitirse reaccionar como un padre.
Tenía que pensar como el empresario que había sobrevivido a fraudes, extorsiones y traiciones durante cuatro décadas.
Sacó otro teléfono, uno que casi nadie conocía.
Solo tenía cinco contactos.
El primero respondió antes del segundo tono.
—¿Ingeniero?
—Mauricio, necesito que abras la oficina. Ahora.
—¿Ocurrió algo?
—Sí. Mi hijo acaba de intentar asesinarme.
Del otro lado se hizo un silencio absoluto.
—¿Quiere que llame a la policía?
—Todavía no. Primero necesito asegurarme de que no puedan tocar un solo peso de mi patrimonio.
Cuarenta minutos después, Ernesto entró en el despacho privado de su corporativo.
Allí ya lo esperaban Mauricio, su abogado desde hacía veintisiete años; la notaria Teresa Aguirre y el jefe de seguridad de todas sus empresas.
Ernesto colocó el teléfono sobre la mesa.
—Vean esto.
Nadie habló mientras observaban las imágenes de Diego y Fernanda riéndose, hablando del té envenenado y de la herencia.
Cuando terminó el video, la notaria tenía el rostro completamente pálido.
—Esto… esto es tentativa de homicidio.
Mauricio respiró profundamente.
—Y conspiración para obtener una herencia mediante asesinato.
Ernesto negó con la cabeza.
—Todavía no.
Los tres lo miraron confundidos.
—Quiero saber hasta dónde están dispuestos a llegar.
El jefe de seguridad frunció el ceño.
—Es muy peligroso, ingeniero.
—Más peligroso sería actuar sin pruebas suficientes.
Abrió una carpeta azul.
Dentro estaba el testamento que había firmado apenas seis meses antes.
Diego heredaba prácticamente todo.
Casas.
Hoteles.
Acciones.
Terrenos.
Colecciones de arte.
Más de cuatrocientos millones de pesos.
Ernesto tomó una pluma.
Sin temblarle la mano, tachó la última página.
—Teresa.
—¿Sí?
—Quiero hacer un nuevo testamento inmediatamente.
—¿A nombre de quién?
Ernesto permaneció unos segundos en silencio.
Después respondió con una calma que heló la sala.
—De alguien que jamás esperarán.
Mientras tanto, en la mansión de Las Lomas, Fernanda cerró la caja fuerte con una sonrisa.
—Nada mal.
Habían fotografiado contratos, escrituras y claves bancarias.
Diego levantó una botella de whisky.
—Dentro de unos días todo será nuestro.
En ese momento sonó el teléfono de Fernanda.
Era Consuelo.
La empleada doméstica.
Fernanda respondió con fastidio.
—¿Qué quieres?
La voz de Consuelo sonó tranquila.
—Solo quería preguntar si ya preparó el té del señor Ernesto.
Fernanda sonrió con arrogancia.
—Claro. Como todas las noches.
—Qué bueno.
Consuelo colgó.
Diego soltó una carcajada.
—Esa mujer lleva diez años aquí y sigue creyendo que eres una nuera ejemplar.
Ninguno de los dos sabía que Consuelo acababa de subir a un taxi rumbo a la oficina de Ernesto.
Llevaba en su bolso una pequeña libreta.
Durante meses había anotado fechas, conversaciones y comportamientos extraños de Fernanda.
Siempre había sospechado que algo no estaba bien.
Pero nunca imaginó que la verdad sería mucho peor.
Cuando llegó al edificio corporativo, Ernesto la recibió personalmente.
La mujer rompió en llanto apenas lo vio.
—Perdóneme, patrón… debí hablar antes.
—¿Qué sabe, Consuelo?
Ella abrió la libreta.
—Hace cuatro meses la señora empezó a cambiar las bolsas del té. Decía que eran vitaminas naturales. Luego comenzó a llamar a un doctor que nunca entraba por la puerta principal. Siempre por el jardín.
Ernesto sintió un escalofrío.
—¿Tiene fechas?
Consuelo asintió.
—Todo está escrito.
Mauricio tomó inmediatamente la libreta.
Cada página coincidía exactamente con las fechas de los desmayos, mareos y dolores de pecho que Ernesto había sufrido en los últimos meses.
No era una enfermedad.
Lo estaban debilitando poco a poco.
Entonces el teléfono del jefe de seguridad vibró.
Era uno de los agentes que vigilaban discretamente la mansión.
—Señor…
—¿Qué ocurre?
—Diego y Fernanda acaban de salir de la casa.
—¿A dónde van?
El agente respondió con una frase que hizo que todos se pusieran de pie.
—Van rumbo al consultorio del doctor Valdivia… y llevan una maleta llena de dinero.
Ernesto levantó lentamente la mirada.
Por primera vez desde que descubrió la traición, una expresión fría apareció en su rostro.
—Perfecto.
Mauricio lo observó sorprendido.

—¿Perfecto?
Ernesto tomó las llaves de su Mercedes.
—Porque si ese médico acepta el dinero… dejará de ser una sospecha.
Se convertirá en un cómplice.
Y esta noche… todos caerán juntos.
Continúa en la Parte 3.