Ethan giró lentamente hacia mí.
—¿Dijiste algo?
Mi corazón dio un salto.
—No.
Sus ojos se entrecerraron.
«Entonces no lo imaginé.»
Lo escuché perfectamente.
Pero antes de poder reaccionar, otra frase apareció en mi cabeza.
«Camila puede escucharme.»
Me quedé helada.
Ethan sonrió apenas.
«Y por esa cara, acabo de confirmarlo.»
—Tú…
—Silencio —murmuró.
Miró por el espejo hacia Valeria, que seguía observándonos desde el estacionamiento.
Luego arrancó.
—Tu hermanastra lleva meses bajo investigación.
Lo miré sorprendida.
—¿Entonces sabes que ella…?
—Sé que alguien está filtrando contratos, manipulando grabaciones y pagando para provocar escándalos alrededor de ti. Todavía necesitaba demostrar quién.
Comprendí inmediatamente la verdad.
Valeria creía que había colocado a Ethan cerca de mí.
En realidad, Ethan había permitido que lo hiciera.
—¿Y yo soy sospechosa?
—Lo eras.
«Hasta hace aproximadamente cinco minutos.»
Casi sonreí.
Entonces su teléfono recibió un mensaje.
Era Valeria.
“Esta noche Camila irá al Hotel Imperial. Habitación 1708. Ahí tendrás la prueba que buscas.”
Ethan me mostró la pantalla.
—Parece que tu hermana quiere terminar esto hoy.
Esa noche fuimos al hotel.
Pero yo no entré en la habitación 1708.
Ethan sí.
Valeria apareció veinte minutos después acompañada de un fotógrafo y dos ejecutivos del estudio.
—¡Sabía que Camila estaba aquí entregando información confidencial! —gritó mientras abría la puerta.
Entonces se quedó inmóvil.
Dentro no estaba yo.
Estaban Ethan y dos investigadores.
Sobre la mesa había copias de transferencias realizadas por Valeria, mensajes con paparazzi y registros que demostraban que ella había saboteado mi seguridad.
Su rostro perdió todo color.
—Esto es un malentendido.
Ethan cruzó los brazos.
—Curioso. Eso mismo pensabas decir después de destruir la carrera de Camila.
Valeria me vio aparecer detrás de los investigadores.
«¿Cómo lo supo?»
Sonreí.
—Porque nunca fuiste tan inteligente como creías.
Días después, el estudio suspendió sus contratos mientras investigaba el fraude y el sabotaje.
Mi padre intentó obligarme a perdonarla.
Esta vez simplemente puse las pruebas frente a él.
No pudo decir una palabra.
Cuando todo terminó, Ethan me acompañó hasta mi camioneta.
—Supongo que ya no necesitas guardaespaldas.
—Probablemente no.
Me alejé dos pasos.
Entonces escuché su pensamiento.
«Qué lástima. Estaba empezando a gustarme este trabajo.»
Me giré.
—Mañana. Ocho de la mañana.
Ethan parpadeó.
—¿Para qué?
Sonreí.
—Todavía necesito protección.
Por fuera mantuvo aquella expresión fría.
Por dentro escuché:
«Estoy perdido.»
Subí al vehículo riéndome.

Quizá escuchar pensamientos no siempre era una maldición.