PARTE 2: ÉL TAMBIÉN ME MIRABA

Me quedé completamente inmóvil.

—¿Te acuerdas de mí?

Daniel bajó la vista hacia mi libreta.

—Claro que me acuerdo.

Aquella respuesta me pareció todavía más imposible.

Durante tres años habíamos estudiado en aulas separadas por un pasillo.

Yo sabía qué bebida compraba en la máquina.

Qué días tenía entrenamiento.

Qué profesor conseguía mantenerlo despierto.

Pero no recordaba haber mantenido con él una conversación de más de treinta segundos.

—Pensaba que nunca habías reparado en mí.

Daniel levantó una ceja.

—Entonces pensabas demasiado poco de mi memoria.

Su asistente recibió una llamada y se alejó.

Nos quedamos solos junto a la ventana.

Daniel pasó lentamente las páginas de mi libreta.

De repente se detuvo.

—Sigues haciendo esto.

—¿Qué cosa?

Señaló una pequeña nube que yo había dibujado junto a una fecha.

Sentí que se me helaba la espalda.

Era una costumbre absurda que tenía desde adolescente.

Dibujaba una nube cuando estaba nerviosa.

—¿Cómo sabes eso?

Daniel cerró la libreta.

—Porque las dibujabas en las hojas de ejercicios de inglés.

Lo miré sin entender.

—Tú nunca estuviste en mi clase.

—No.

Entonces sonrió.

—Pero yo corregía los exámenes de práctica para el profesor Harris.

Lo había olvidado.

Nuestro profesor enviaba algunas pruebas avanzadas a estudiantes destacados de otras clases para revisar respuestas.

Daniel había visto mis hojas.

Mis nubes.

Mi nombre.

Todo.

—¿Por eso recuerdas quién soy?

Su expresión cambió apenas.

—No solo por eso.

Antes de que pudiera preguntar, el director lo llamó para preparar la siguiente escena.

Daniel finalmente escribió algo en mi libreta.

La cerró antes de devolvérmela.

—Nos vemos, Lily Reyes.

Se marchó.

Esperé hasta estar sola para abrirla.

No había una firma.

Había una frase.

“Esta vez no te sientes dos filas detrás.”

Tuve que leerla cuatro veces.

Aquella línea aparecía en mi novela.

Pero no en la versión publicada.

Estaba en el primer manuscrito.

Un archivo que solo habían leído mi editora y yo.

Esa noche la llamé.

—¿Le enviaste a Daniel mi borrador original?

—¿El de hace seis años? Claro que no.

—¿La productora lo recibió?

—Tampoco.

Entonces ¿cómo conocía aquella frase?

La respuesta llegó dos días después.

Estábamos rodando una escena ambientada en la biblioteca del instituto.

Daniel pidió hablar conmigo.

—Hay algo que deberías ver.

Sacó de su mochila un libro viejo.

Era una antología literaria de nuestra preparatoria.

La reconocí inmediatamente.

En último curso, cada clase había enviado textos anónimos para un concurso.

Yo había escrito un cuento.

Una chica enamorada de un chico que siempre se sentaba dos filas delante.

Nunca gané.

Ni siquiera supe quién lo había leído.

Daniel abrió el libro.

Mi cuento estaba marcado con un pequeño papel azul.

En el margen había una frase escrita a mano:

“¿Por qué nunca se lo dice?”

Reconocí aquella letra.

Era suya.

Levanté lentamente la cabeza.

—¿Tú leíste esto?

—Fui uno de los alumnos del jurado.

Mi corazón empezó a latir demasiado rápido.

—Pero era anónimo.

—Al principio.

Daniel pasó la página.

Había una nube dibujada junto al número.

Mi nube.

—Te reconocí.

Todo lo que había creído durante años empezó a reorganizarse dentro de mi cabeza.

—Entonces sabías…

—Que alguien de 10A3 había escrito sobre un chico de la clase vecina.

—Eso no significa que supieras que eras tú.

Daniel me sostuvo la mirada.

—El protagonista se dormía en química, giraba el bolígrafo cuatro veces antes de responder y odiaba las pasas del pan del comedor.

Me tapé la cara.

—Dios mío.

Él soltó una risa.

—No eras precisamente sutil escribiendo.

—¿Por qué nunca dijiste nada?

Su sonrisa desapareció.

—Porque tenía diecisiete años y era mucho menos valiente de lo que todos creían.

Aquello me hizo bajar las manos.

Daniel Stone.

El chico que parecía no necesitar a nadie.

El hombre que ahora podía llenar una alfombra roja con solo aparecer.

Había tenido miedo de hablarme.

—¿Y Clara? —pregunté antes de poder detenerme.

Daniel frunció el ceño.

—¿Qué pasa con Clara?

—Todo el mundo dice que es tu primer amor.

Por primera vez pareció comprender.

—Clara vivía en el mismo edificio que mi representante. Los fotógrafos nos vieron allí.

—Compartió tu entrevista.

—Y la borró porque sabía perfectamente cómo iba a interpretarse.

—Pero cantará el tema principal.

—Porque tiene una voz extraordinaria.

Sentí que acababa de hacer el ridículo.

Daniel cruzó los brazos.

—Nunca dije que Clara fuera mi primer amor.

—Dijiste que tu primer amor tenía relación con esta película.

—La tiene.

Miró hacia el ejemplar de Hoy llueve en Savannah que descansaba sobre la mesa.

Después me miró a mí.

No necesité preguntar.

Pero lo hice.

—¿Aceptaste esta película por mi novela?

Daniel negó lentamente.

—Acepté esta película porque, cuando leí el guion, reconocí algo que llevaba años intentando olvidar.

Se acercó al libro antiguo.

—Una chica que dibujaba nubes cuando estaba nerviosa.

Mi respiración se detuvo.

—Daniel…

—No sabía que Lily Reyes era la autora hasta que pregunté quién había vendido los derechos.

—¿Y entonces?

—Acepté el papel.

—¿Sin cobrar?

Una sonrisa apareció en su rostro.

—Eso fue una estupidez de mi agente. Yo dije que el dinero no era la razón principal. Internet hizo el resto.

Me reí.

Por primera vez desde que había comenzado el rodaje, pude respirar normalmente.

Pero Daniel todavía tenía algo que decir.

—Hay una parte que tú tampoco sabes.

Sacó el teléfono.

Buscó una fotografía antigua.

Era nuestra ceremonia de graduación.

Yo aparecía al fondo hablando con unas amigas.

Daniel estaba varios metros detrás.

Mirándome.

Había otra.

Una competencia escolar.

Yo sostenía unos papeles.

Él volvía a aparecer al fondo.

Mirándome.

Otra en la biblioteca.

Otra durante un festival.

—¿Por qué tienes estas fotos?

—Porque después de graduarnos pensé que tendría tiempo para encontrarte.

Su voz se volvió más baja.

—Pero desapareciste.

Era verdad.

Mi madre enfermó aquel verano y nos mudamos de ciudad. Cambié de número, dejé las redes durante años y empecé a escribir mientras cuidaba de ella.

—Intenté preguntarle por ti a varios compañeros —continuó—. Nadie sabía dónde estabas.

Daniel tomó mi novela.

—Cinco años después compré esto en un aeropuerto.

Abrió la primera página.

Mi biografía de autora aparecía impresa debajo de una fotografía pequeña.

Lily Reyes.

—Leí tu nombre y pensé que podía ser una coincidencia.

Luego encontró las nubes.

Los gestos.

La lluvia de Savannah que yo había inventado porque Daniel una vez dijo en clase que quería visitar Georgia.

—En la página ciento ochenta y siete lo supe.

—¿Qué había ahí?

Daniel sonrió.

—El protagonista gira el bolígrafo cuatro veces antes de mentir.

Me reí, avergonzada.

Entonces comprendí algo.

—Así que cuando hoy me pediste la libreta…

—Quería confirmar que todavía dibujabas nubes.

Miré la portada entre mis manos.

Durante tres años había construido mi recuerdo más importante alrededor de una certeza:

Daniel Stone nunca supo que yo existía.

Pero aquella certeza acababa de desaparecer.

—¿Entonces qué hacemos ahora? —pregunté.

Daniel tomó un bolígrafo.

Dibujó una pequeña nube junto a la mía.

—Podríamos empezar por algo que ninguno de los dos fue capaz de hacer a los diecisiete.

—¿Qué?

Extendió la mano.

—Hola. Soy Daniel Stone.

Me reí y estreché su mano.

—Lily Reyes.

Daniel sonrió.

—Lo sé.

Y por primera vez comprendí que Hoy llueve en Savannah nunca había sido la historia de una chica que amó sola durante tres años.

Era la historia de dos adolescentes sentados en aulas vecinas, convencidos exactamente del mismo error:

que el otro nunca los estaba mirando.

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