Daniel sostuvo el sobre entre los dedos con una calma que me heló la sangre.
—Escúchame bien —dijo sin apartar la vista de Monica—. Si alguien encuentra esto, todo habrá terminado.
Mi hermana tragó saliva.
Ya no fingía llorar.
Solo miraba aquel sobre como si dentro llevara una bomba a punto de estallar.
—¿Estás seguro de que nadie más lo vio? —preguntó.
—Elena era demasiado meticulosa. Siempre imprimía copias de todo. Estados de cuenta, correos, contratos… Si dejó algo, tiene que estar en su despacho.
Sentí un golpe dentro del pecho.
Había dejado algo.
Tres días antes había impreso cada movimiento bancario después de descubrir la transferencia de los cuarenta y dos mil dólares.
Incluso había escrito a mano una nota en la primera hoja:
“Si alguna vez me pasa algo, empiecen por Daniel.”
Mi respiración se volvió desesperada.
Necesitaba moverme.
Necesitaba gritar.
Pero mi cuerpo seguía atrapado entre aquella seda blanca que ya habían preparado para una muerta.
Monica tomó el sobre con manos temblorosas.
—¿Y Margaret?
Daniel miró hacia mi madre.
Ella seguía rezando, completamente ajena a la conversación.
—Nunca soportaría la verdad. Cree que Elena sufrió un infarto. Dejemos que siga creyéndolo.
—¿Y el médico?
—Ya recibió lo que necesitaba.
El silencio que siguió fue mucho más aterrador que cualquier confesión.
No hablaban como dos personas asustadas.
Hablaban como quienes habían ensayado aquella conversación muchas veces.
Monica respiró hondo.
—Cuando todo termine… ¿de verdad podremos estar juntos?
Daniel levantó una mano y acarició su mejilla.
El mismo gesto con el que tantas noches había secado mis lágrimas.
—Solo faltan unas horas.
Mi estómago se revolvió.
No era una aventura.
No era un error.
Era un plan.
Mi muerte era el último paso.
En ese instante escuché otra voz.
—Disculpen…
Era el director de la funeraria.
—Antes de cerrar definitivamente el ataúd, necesitamos colocar el certificado original de defunción.
Daniel giró inmediatamente.
—Yo lo haré.
Se acercó lentamente hacia mí.
Cada uno de sus pasos resonaba como un martillo.
Sentí cómo sus manos tocaban la tapa.
El pequeño espacio por donde podía respirar empezó a desaparecer.
La oscuridad volvió a envolverme.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Un espasmo atravesó todo mi cuerpo.
Mi dedo índice golpeó con fuerza la madera desde dentro.

Toc.
Daniel se quedó inmóvil.
Monica abrió los ojos de par en par.
Y, por primera vez desde que desperté dentro de mi propio ataúd, comprendí que no era la única que había escuchado aquel golpe.