PARTE 2 — EL SOBRE QUE DESMONTÓ A TODA LA FAMILIA

Santiago sostuvo el sobre unos segundos.

No reconocía aquella letra.

Pero sí reconocía el sello del despacho jurídico que durante años había representado a la familia Herrera.

Sacó el primer documento.

Era una supuesta denuncia firmada por Mariana.

Según el texto, ella reconocía haber intentado vender acciones de la empresa familiar utilizando documentos falsificados.

Frunció el ceño.

Aquella firma no pertenecía a su esposa.

Había visto a Mariana firmar miles de veces.

La inclinación de la “M”, la forma de cerrar la “a”, el trazo final…

Era una imitación.

Buena.

Pero seguía siendo falsa.

Santiago levantó la vista.

Arturo seguía de pie al otro lado del despacho.

—¿Qué estás leyendo?

No respondió.

Sacó la segunda hoja.

Era una solicitud de incapacidad mental para Mariana, acompañada por un supuesto informe psicológico.

La fecha lo dejó helado.

Había sido elaborado tres meses antes del nacimiento de Valentina.

Mucho antes de cualquier discusión familiar.

Todo estaba preparado.

Rebeca apareció en la puerta.

—No leas esas cosas delante de cualquiera.

Santiago cerró lentamente la carpeta.

—¿Quién hizo esto?

Arturo dio un sorbo a su whisky.

—Esa mujer no era buena para ti.

Había que proteger lo que construimos.

—¿Proteger?

La voz de Santiago sonó más baja que nunca.

—¿Abandonando a una bebé de cuatro meses bajo una tormenta?

Ninguno respondió.

El teléfono de Santiago vibró.

Era el médico del hospital.

—Señor Herrera, su esposa está estable.

La niña también respondió bien al tratamiento.

Pero necesitamos hablar con usted.

Llegó al hospital veinte minutos después.

Mariana dormía profundamente.

Valentina permanecía en incubadora para recuperar temperatura.

El pediatra fue directo.

—Cinco o diez minutos más afuera…

Y hoy estaríamos hablando de otra cosa.

Santiago cerró los ojos.

Respiró despacio.

Luego llamó a una sola persona.

—Coronel Salinas.

Necesito un favor.

No es personal.

Es legal.

Dos horas más tarde, tres vehículos se detuvieron frente a la residencia Herrera.

No eran patrullas.

Eran peritos judiciales acompañados por un actuario.

El abogado de Santiago ya los esperaba.

Arturo abrió la puerta furioso.

—¿Qué significa esto?

El actuario mostró la orden.

—Venimos a asegurar documentación relacionada con una posible falsificación de firmas, administración indebida de bienes y ocultamiento de patrimonio.

Rebeca perdió el color.

—Eso es ridículo.

El abogado habló con calma.

—También solicitaremos el resguardo de los equipos informáticos utilizados para elaborar estos documentos.

Mientras los peritos comenzaban a trabajar, Santiago observaba desde el hospital la transmisión de las cámaras de seguridad que aún seguían conectadas a su teléfono.

Entonces recordó algo.

Retrocedió las grabaciones del portón principal.

Buscó la hora en que Mariana había sido expulsada.

Las imágenes aparecieron nítidas.

Se veía a Rebeca lanzando dos maletas al jardín.

Después a Arturo cambiando personalmente la cerradura.

Y finalmente a Mariana golpeando la puerta con Valentina en brazos mientras la nieve comenzaba a caer.

La cámara también captó una frase.

La voz de Rebeca.

—Déjala afuera.

Con el frío aprenderá quién manda en esta casa.

Santiago guardó el video.

Ya no necesitaba discutir.

Ni convencer a nadie.

La verdad había quedado grabada.

Entró nuevamente a la habitación del hospital.

Tomó la mano de Mariana.

Ella abrió lentamente los ojos.

—¿Ya terminó?

Santiago acarició la frente de su hija.

Luego la miró a ella.

—No.

Apenas está empezando.

Pero esta vez…

Nadie volverá a echarlas de su hogar.

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