PARTE 2 – EL SILENCIO TENÍA UN NOMBRE

Clara sintió que le temblaban las manos. Dio otro paso, casi sin darse cuenta. De repente, le resultó difícil respirar.

Entonces lo vio.

Su marido, Daniel, estaba tendido sobre un costado de la cama. Tenía el rostro completamente pálido y los labios entreabiertos, como si intentara tomar aire sin conseguirlo.

A su lado había una mujer.

No estaban abrazados.

No había besos.

Ni caricias.

La mujer permanecía sentada en el borde del colchón con una mano apoyada sobre el pecho de Daniel, mientras sostenía un teléfono móvil con la otra.

Al escuchar la puerta, levantó la cabeza de golpe.

Tenía los ojos llenos de lágrimas.

—¡Gracias a Dios! —exclamó—. ¿Usted es Clara?

Clara no respondió.

Su mente seguía atrapada en la imagen de aquellos zapatos junto a la entrada.

La desconocida se puso de pie inmediatamente.

—¡Necesito que me ayude! La ambulancia viene en camino. Su esposo se desplomó hace unos minutos.

El mundo dejó de girar.

—¿Qué… qué dices?

Clara corrió hacia la cama.

—¡Daniel!

Le tomó la cara entre las manos.

Estaba fría.

Muy fría.

—¿Daniel? ¡Mírame!

No obtuvo respuesta.

La mujer respiraba con dificultad.

—Soy Laura. Vivo en el apartamento de enfrente. Su hijo salió hace media hora a la universidad. Yo estaba regando mis plantas cuando escuché un golpe muy fuerte.

Señaló el suelo.

—Lo encontré inconsciente aquí. Alcancé a entrar porque la puerta estaba entreabierta.

Clara apenas podía escucharla.

Solo veía a Daniel inmóvil.

—Le practiqué reanimación mientras llamaba al servicio de emergencias —continuó Laura con la voz quebrada—. No podía moverlo sola hasta el sofá. Pensé que era mejor dejarlo aquí.

En ese instante sonó el timbre.

Dos paramédicos irrumpieron en la habitación con el equipo de primeros auxilios.

—¡Apártense, por favor!

Todo ocurrió en cuestión de segundos.

Electrodos.

Oxígeno.

Compresiones.

Un monitor comenzó a emitir un pitido irregular.

Clara permanecía inmóvil junto a la pared, incapaz de apartar la vista.

Uno de los médicos preguntó sin dejar de trabajar:

—¿Hace cuánto perdió el conocimiento?

Laura respondió enseguida.

—Aproximadamente doce minutos.

—¿Antecedentes cardíacos?

Clara tardó unos segundos en reaccionar.

—Hace tres años… una arritmia leve… pero dijo que ya estaba controlada.

El médico la miró con seriedad.

—Necesitamos trasladarlo ahora mismo.

Mientras colocaban a Daniel en la camilla, algo cayó de debajo de la almohada.

Era un pequeño sobre blanco.

Llevaba escrito un nombre con la letra inconfundible de su marido.

“Para Clara.”

Ella lo recogió con las manos temblorosas.

No tuvo valor para abrirlo.

Subió a la ambulancia sosteniendo el sobre contra el pecho durante todo el trayecto al hospital.

Nadie habló.

Solo se escuchaba el sonido constante del monitor cardíaco.

Cuando por fin llegaron a urgencias, los médicos empujaron la camilla hacia el quirófano y una enfermera detuvo a Clara antes de cruzar las puertas.

—Señora, tendrá que esperar aquí.

Las puertas se cerraron.

El pasillo quedó en silencio.

Entonces recordó el sobre.

Con el corazón desbocado rompió el sello.

Dentro solo había una hoja doblada y una fotografía.

La fotografía mostraba a Daniel, a su hijo y a la misma mujer que acababa de conocer.

Los tres sonreían frente a una pequeña cafetería.

Clara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

Con manos temblorosas desplegó la carta.

La primera línea hizo que dejara de respirar.

“Si estás leyendo esto, significa que no llegué a tiempo para contarte toda la verdad sobre Laura… y sobre la promesa que hice hace veinte años.”

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