PARTE 2: EL SECUESTRADOR QUERÍA ESCAPAR

A la mañana siguiente desperté a las diez.

Había desayuno sobre la mesa.

Adrian estaba enfrente, agotado.

—Claire, tenemos que hablar.

Tomé una tostada.

—¿Sobre las reglas del secuestro?

—Sobre que esto no te está afectando como debería.

—¿Quieres que llore?

—Quiero que entiendas que no puedes quedarte aquí voluntariamente.

Dejé la tostada.

Por primera vez, hablé en serio.

—Entonces abre la puerta.

Adrian se quedó inmóvil.

Cinco segundos después, tomó el teléfono y desactivó las cerraduras.

Clic.

—Puedes irte.

Aquello me sorprendió.

—¿Así de fácil?

—Lo que hice estuvo mal.

Miró hacia otro lado.

—Creí que encerrarte impediría perderte. Solo conseguí convertirme en alguien del que deberías alejarte.

Recogí mi abrigo.

Adrian palideció.

Claramente no esperaba que aceptara tan rápido.

Caminé hasta la puerta.

La abrí.

Y entonces sonó mi teléfono.

Era mi casero.

—Señorita Claire, alguien acaba de pagar toda su deuda y seis meses de alquiler.

Giré lentamente.

Adrian estudiaba el techo con muchísimo interés.

—¿Fuiste tú?

—No sé de qué hablas.

—Adrian.

Suspiró.

—Tal vez hice algunas llamadas.

Regresé hasta él.

—Primero me secuestras. Después pagas mis deudas. ¿Cuál es exactamente tu plan?

—No tengo ninguno.

—Perfecto.

Le entregué mi maleta.

—Entonces llévame a casa.

Parpadeó.

—¿Te vas?

—Claro. Tengo apartamento pagado durante seis meses.

Su rostro fue impagable.

Antes de salir, señalé la bolsa del desayuno.

—Pero me llevo los croissants.

Adrian se quedó en aquella enorme mansión completamente solo.

Había intentado encerrarme porque temía que desapareciera.

Al final comprendió algo mucho más importante:

si alguna vez quería que volviera…

tendría que conseguir que yo eligiera hacerlo.

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