A la mañana siguiente desperté oliendo a café y mantequilla.
Durante unos segundos olvidé que estaba secuestrada.
Luego vi la cámara sobre la puerta.
Ah.
Cierto.
Mi exnovio psicópata.
Me puse una bata y bajé.
Adrian estaba en la cocina preparando huevos.
—Buenos días, secuestrador.
Casi rompió el huevo que sostenía.
—No me llames así.
—¿Prefieres “anfitrión”?
Me lanzó una mirada oscura.
—Siéntate.
Obedecí encantada.
Frente a mí había tostadas, fruta, huevos, café y yogur.
Miré el desayuno.
Después a él.
—Adrian.
—¿Qué?
—Si esto continúa, desarrollaré síndrome de Estocolmo antes del viernes.
Su mandíbula se tensó.
—No bromees con eso.
Aquello me hizo callar.
Había algo distinto en su expresión.
Culpa.
Se sentó frente a mí.
—Come.
No necesité que lo repitiera.
Durante los siguientes cinco días descubrí que Adrian era pésimo secuestrador.
Me prohibía salir de la propiedad, pero preguntaba qué quería cenar.
Había bloqueado las ventanas, pero compró una manta eléctrica porque dije que tenía frío.
Instaló cámaras, pero apagó las de mi habitación y baño sin que yo tuviera que pedírselo.
Cuando descubrió que mis zapatos tenían la suela rota, desaparecieron.
A la mañana siguiente había seis pares nuevos.
—Esto es demasiado —dije.
—Necesitabas zapatos.
—Necesitaba uno.
—No sabía cuál elegir.
Lo miré.
—¿Compraste seis porque sufriste ansiedad en una zapatería?
—Cállate.
Casi me reí.
Pero al sexto día encontré algo que dejó de hacer gracia.
Estaba buscando azúcar en su despacho cuando vi una carpeta con mi nombre.
Dentro había fotografías.
Mi antiguo apartamento.
Mi trabajo anterior.
El supermercado donde compraba.
Mi casero.
Fechas.
Horarios.
Movimientos.
Adrian llevaba meses vigilándome.
Cuando apareció en la puerta, levanté la carpeta.
—Explícame esto.
Su rostro se endureció.
—No deberías estar aquí.
—¿Desde cuándo me seguías?
Silencio.
—Adrian.
—Desde que desapareciste.
—Terminamos hace ocho meses.
—Lo sé.
—¿Me vigilaste ocho meses?
—Me aseguraba de que estuvieras viva.
Solté la carpeta.
—Eso no es normal.
—Nunca dije que lo fuera.
Aquella respuesta me quitó cualquier broma.
Me acerqué.
—Entonces dime la verdad. ¿Por qué me trajiste aquí?
Sus ojos se clavaron en los míos.
—Porque hace dos semanas descubrí que estabas vendiendo tus cosas.
Me quedé quieta.
—Después dejaste tu trabajo.
—Me despidieron.
—Lo sé.
Claro que lo sabía.
—Luego vendiste el collar de tu madre.
Eso dolió.
Aparté la mirada.
—Necesitaba pagar el alquiler.
—Y hace tres noches dormiste en una lavandería abierta veinticuatro horas.
Mi respiración se detuvo.
Adrian apretó los puños.
—Te vi.
Ahora entendía sus ojos rojos cuando apareció.
No llevaba días preparando un secuestro.
Llevaba días siguiéndome mientras mi vida se desmoronaba.
—Podías haberme ofrecido ayuda.
Su risa fue amarga.
—¿La habrías aceptado?
No respondí.
Ambos conocíamos la respuesta.
—Por eso decidiste encerrarme.
—Decidí impedir que desaparecieras otra vez.
—Eso sigue siendo secuestro.
—Sí.
Por primera vez lo admitió.
Sin excusas.
—Y estuvo mal.
Lo miré sorprendida.
Adrian sacó algo del bolsillo.
Un pequeño control.
Presionó un botón.
Escuché varios clics por toda la casa.
Las cerraduras.
Después dejó las llaves de su coche sobre el escritorio.
—La puerta principal está abierta.
No me moví.
—¿Qué?
—Puedes irte.
—¿Así de fácil?
—No.
Su voz se quebró ligeramente.
—No hay nada fácil en verte marcharte.
Se apartó.
—Pero si tengo que encerrarte para conseguir que te quedes, entonces nunca te tuve realmente.
Miré hacia el pasillo.
Podía marcharme.
Por primera vez desde que había llegado, ninguna puerta me detenía.
Subí.
Adrian no me siguió.
Metí mi ropa vieja dentro de una bolsa.
Tomé mis documentos.
Bajé.
Él estaba junto a la ventana, de espaldas.
Cuando escuchó mis pasos, cerró los ojos.
—Te transferí suficiente dinero para varios meses —dijo—. No tienes que devolverlo.
Dejé la bolsa en el suelo.
—No quiero tu dinero.
Asintió lentamente.
—Entiendo.
—Quiero un contrato.
Se giró.
—¿Qué?
Saqué una libreta.
—Regla uno: ninguna cerradura.
Adrian parpadeó.
—Claire…
—Regla dos: ninguna cámara siguiéndome.
—¿Qué estás haciendo?
—Negociando mi cautiverio voluntario.
Su expresión fue extraordinaria.
—Eso no existe.
—Ahora sí.
Me acerqué.
—Me quedaré un mes mientras encuentro trabajo y reconstruyo mis ahorros.
—Puedes quedarte cuanto quieras.
—Un mes.
—Seis.
—Dos.
—Doce.
—Adrian.
—Dos.
Sonreí.
—Y terapia.
Su rostro cambió.
—¿Para quién?
—Para ti.
—Claire…
—Intentaste resolver una ruptura secuestrándome.
Pausa.
—Necesitas terapia.
No pudo discutir eso.
—Y tú —añadió.
—¿Yo qué?
—También vienes.
—¿Por qué?
—Porque preguntaste si podías tocarme los abdominales durante un secuestro.
Consideré aquello.
—Punto razonable.
Por primera vez, Adrian se rio.
No aquella sonrisa oscura que utilizaba para intimidar.
Una risa verdadera.
Entonces llamaron a la puerta.
Tres golpes.
Adrian quedó inmediatamente alerta.
Nadie debía conocer aquella propiedad.
Abrió la pantalla de seguridad.
Un automóvil negro esperaba afuera.
Junto a él había dos hombres.
Y una mujer que reconocí inmediatamente.
Mi antigua casera.
No.
Su abogada.
La mujer levantó una carpeta hacia la cámara.
—Señor Vale, venimos por Claire Bennett.
Adrian se volvió hacia mí.
—¿Qué hiciste?
Sonreí lentamente.
Porque había una parte de mi desastre financiero que nunca le había contado.
—¿Recuerdas cuando dijiste que llevabas ocho meses investigándome?
—Sí.
—Pues investigaste bastante mal.
La puerta se abrió.
La abogada entró y me entregó la carpeta.
—Señorita Bennett, finalmente localizamos al albacea de su tío. La sucesión ha sido desbloqueada.
Adrian frunció el ceño.
—¿Sucesión?
Abrí la primera página.
Mi tío había muerto nueve meses atrás sin hijos.
Y después de una disputa judicial que yo ni siquiera sabía que había terminado, su patrimonio acababa de pasar a su única heredera.
Yo.
Adrian miró la cifra.
Luego volvió a mirarla.
—Claire…
—¿Sí?
—Tienes veintitrés millones de dólares.
—Parece que sí.
Señaló mi bolsa.
—¿Entonces ya no necesitas quedarte?
Miré la puerta abierta.
Luego la mansión.
Después al hombre que había comenzado aquella semana creyendo que podía obligarme a permanecer a su lado.
Tomé las llaves de su coche.
Y se las devolví.
—Ahora puedo irme cuando quiera.
Adrian tragó saliva.
—Exactamente.
Sonreí.
—Perfecto.

Dejé nuevamente mi bolsa en el suelo.
—Entonces ahora sí podemos descubrir si quiero quedarme.
Y aquella fue la primera vez que Adrian entendió la diferencia entre retener a alguien…
y conseguir que esa persona, teniendo todas las puertas abiertas, eligiera no cruzarlas.