Los tres golpes volvieron a retumbar.
Más fuertes.
Más desesperados.
Don Roque no se movió.
Seguía mirando la pepita de oro como si le quemara las manos.
—¿Quién es? —preguntó con la voz apenas audible.
—¡Soy Matiana! ¡Ábranme antes de que sea demasiado tarde!
Eulalia reconoció inmediatamente la voz de su vecina.
Don Roque descorrió el cerrojo con cuidado.
En cuanto la puerta se abrió, Matiana entró jadeando, con el rebozo empapado de sudor y la respiración descompuesta.
—¿Trajiste la caja?
Eulalia la abrazó contra el pecho por instinto.
—Sí… pero ¿cómo sabes de ella?
Matiana miró primero a Don Roque.
Después cerró la puerta otra vez.
Solo entonces habló.
—Porque mi abuela fue una de las últimas personas que vio a uno de esos hombrecitos.
El silencio llenó el pequeño taller.
—Ella decía que los duendes nunca regalaban oro por casualidad.
Solo devolvían lo que alguna vez alguien les había confiado.
Eulalia sintió un escalofrío.
—Yo nunca les confié nada.
Matiana negó lentamente.
—Tú no.
Pero Anselmo… quizá sí.
El nombre de su esposo cayó sobre la habitación como una piedra.
Eulalia tardó varios segundos en reaccionar.
—¿Qué tiene que ver Anselmo con todo esto?
Matiana respiró hondo.
—Hace más de treinta años, cuando todavía trabajaban cortando leña en el cerro del Encino, desapareció durante dos días completos.
¿Lo recuerdas?
Claro que lo recordaba.
Anselmo regresó flaco, con la ropa rota y una historia absurda.
Había dicho que se perdió entre la niebla.
Ella nunca terminó de creerle.
Pero tampoco insistió.
—Después de aquello —continuó Matiana—, mi abuela decía que él ya no era el mismo.
Cada primer viernes de mes subía solo al cerro antes del amanecer.
Siempre llevaba una botella de café recién hecho.
Y nunca permitía que nadie lo acompañara.
Eulalia sintió que las manos empezaban a temblarle.
Era verdad.
Durante años creyó que aquellas caminatas eran una forma de recordar a los padres de Anselmo.
Jamás imaginó otra explicación.
Don Roque abrió lentamente un viejo cajón.
Sacó un cuaderno amarillento, cubierto de polvo.
—Esto pertenecía a mi padre.
Lo dejó sobre la mesa.
En una de las páginas aparecía un dibujo muy antiguo.
Representaba exactamente al hombrecillo que Eulalia había visto aquella mañana.
El mismo sombrero.
La misma barba puntiaguda.
Los mismos ojos brillantes.
Debajo del dibujo había una frase escrita a mano.
“Nunca aceptes su oro sin conocer la deuda.”
Eulalia tragó saliva.
—¿Qué deuda?
Don Roque cerró el cuaderno.
—Eso es precisamente lo que nadie logró descubrir.
Porque quienes recibían el oro…
Nunca contaban toda la historia.
Matiana abrió entonces un pequeño costal de manta que llevaba colgado al hombro.
Sacó una fotografía antigua.
Estaba descolorida por los años.
En ella aparecían cuatro hombres jóvenes sosteniendo hachas frente al bosque.
Uno era Anselmo.
Otro era el padre de Don Roque.
Los otros dos habían muerto hacía décadas.
Pero había algo más.
En el fondo de la imagen, casi escondido entre los árboles, aparecía una silueta diminuta.
Con sombrero.
Mirándolos.
Eulalia sintió que la respiración se le detenía.
—Eso… eso no estaba cuando revelaron la foto.
Don Roque asintió lentamente.
—Lo sé.
La imagen apareció muchos años después.
Como si alguien hubiera esperado el momento adecuado para dejarse ver.
Un nuevo golpe estremeció la puerta.
Esta vez no fueron tres.
Fueron muchos.
Como si varias personas hubieran llegado al mismo tiempo.
Los tres intercambiaron una mirada.
Don Roque apagó inmediatamente las luces del local.
Desde la rendija de la cortina alcanzaron a ver dos camionetas negras detenerse frente a la plaza.
Descendieron cinco hombres.
Todos vestían ropa de campo.
El que parecía dirigirlos mostró una fotografía.
Era una imagen reciente de Eulalia.
Uno de ellos preguntó a un comerciante señalando el taller del joyero.
El comerciante levantó discretamente el brazo.
Apuntó directamente hacia donde ellos estaban.
Matiana palideció.
—Ya nos encontraron.
Eulalia abrazó la pequeña caja de madera con fuerza.
—¿Quiénes son?
Don Roque respondió con un hilo de voz.
—Los mismos que llevan años buscando el tesoro del cerro.
Y si descubren que el duende volvió a elegir a alguien…
No vendrán solo por las pepitas de oro.
Vendrán por el mapa que Anselmo escondió antes de morir.
Eulalia lo miró confundida.

—¿Qué mapa?
Don Roque abrió lentamente la última página del viejo cuaderno.
Pegada entre dos hojas había una carta escrita con la inconfundible letra de Anselmo.
Solo contenía una frase:
“Eulalia, si algún día un hombre pequeño acepta tu café, busca debajo de la piedra donde me pediste matrimonio. Allí enterré la única cosa que los duendes jamás pudieron recuperar.”