PARTE 2: EL SECRETO DETRÁS DEL HOMBRE MÁS TEMIDO

Durante los siguientes minutos, el restaurante quedó en un silencio extraño.

No era el silencio incómodo de antes.

Era un silencio lleno de sorpresa.

Los hombres que habían entrado con James Moretti como si fueran dueños de toda la ciudad ahora estaban sentados en las mesas, mirando hacia la cocina como si estuvieran viendo algo imposible.

Porque James Moretti no cocinaba.

Eso era lo que todos parecían pensar.

James Moretti daba órdenes.

James Moretti firmaba contratos.

James Moretti hacía que las personas importantes esperaran su llamada.

Pero aquella noche estaba frente a una estufa, con las mangas de su camisa arremangadas, preparando una cena para una niña de seis años que ni siquiera conocía.

Yo seguía sentada junto a Chloe, todavía sin entender qué estaba pasando.

Mi hija observaba todo con sus enormes ojos curiosos.

—Mami, ¿él es un chef?

La pregunta casi me hizo sonreír.

—No, cariño.

Miré hacia la cocina.

—Creo que normalmente hace cosas muy diferentes.

Chloe inclinó la cabeza.

—Pero parece bueno.

Esa frase hizo que uno de los hombres de James bajara la mirada.

Como si esas dos palabras simples hubieran golpeado algo dentro de él.

Después de veinte minutos, James salió con un plato en las manos.

No era una cena elegante de restaurante.

Era pasta caliente, pan recién tostado y una pequeña taza de chocolate.

Pero para Chloe parecía un banquete.

—Ten cuidado, está caliente —dijo James mientras dejaba el plato frente a ella.

Chloe tomó el tenedor.

Probó un poco.

Y entonces sonrió.

Una sonrisa pequeña.

Pero sincera.

—Está rico.

James se quedó mirándola.

Por un instante, el hombre que todos temían desapareció.

Solo quedó alguien viendo a una niña disfrutar una comida caliente.

—Mi hija tenía esa misma sonrisa —dijo de repente.

La frase salió tan baja que casi pensé que la había imaginado.

James se sentó en la mesa de enfrente.

—¿Tiene una hija? —pregunté sin pensar.

El ambiente cambió.

Sus hombres dejaron de moverse.

James miró la taza de café frente a él.

—Tenía.

No hice más preguntas.

Había algo en su voz que cerraba cualquier puerta.

Chloe, sin entender la tensión, levantó la mirada.

—¿Dónde está?

Uno de los hombres dio un paso adelante.

—Chloe…

Pero James levantó la mano.

No estaba molesto.

Solo triste.

—Está en el cielo.

Mi hija bajó lentamente el tenedor.

—Mi papá también está en el cielo.

James la miró.

—¿Sí?

Ella asintió.

—Murió cuando era bebé. Mamá dice que me cuida desde arriba.

Durante varios segundos nadie habló.

Luego James apartó la mirada.

Como si necesitara ocultar algo.

A las once de la noche, cuando terminamos la cena, pensé que todo había acabado.

Que él dejaría una propina enorme.

Que tal vez nunca volveríamos a verlo.

Me equivoqué.

James sacó su teléfono.

Hizo una llamada.

—Traigan un vehículo.

Lo miré confundida.

—Señor Moretti, no necesito que me lleve a casa.

Él me observó.

—¿Dónde vive?

Dudé.

No quería decirlo.

Pero Chloe estaba cansada.

Finalmente respondí.

James escuchó la dirección.

Su expresión cambió.

No fue sorpresa.

Fue enojo.

—¿Vives ahí con una niña?

—Es temporal.

Mentí.

Él lo supo.

No dijo nada.

Solo tomó el abrigo de Chloe y se lo acomodó mejor.

Cuando salimos, una camioneta negra esperaba frente al restaurante.

Uno de sus hombres abrió la puerta.

Chloe subió primero.

Yo me quedé parada.

—No puedo aceptar esto.

James cerró la puerta del vehículo.

—Grace.

Lo miré.

—Esta noche no estás aceptando un favor.

Hizo una pausa.

—Me estás dando la oportunidad de hacer algo que no pude hacer hace muchos años.

No entendí.

Pero antes de poder preguntar, su teléfono vibró.

Miró la pantalla.

Su rostro cambió completamente.

El hombre amable de unos segundos atrás desapareció.

Volvió el James Moretti que todos conocían.

Frío.

Calculador.

Peligroso.

—¿Qué pasó? —preguntó uno de sus hombres.

James leyó el mensaje.

Luego levantó la mirada hacia mí.

Y por primera vez vi preocupación real en sus ojos.

—Grace…

Se quedó callado.

—¿Quién es el padre de Chloe?

Mi corazón se detuvo.

Porque esa pregunta no tenía sentido.

Yo sabía exactamente quién era el padre de mi hija.

Pero la forma en que James me miraba me hizo sentir que él sabía algo que yo nunca había descubierto.

Entonces uno de sus hombres se acercó y le susurró:

—Jefe, confirmamos la información.

James apretó el teléfono.

—La niña no puede quedarse en esa casa ni una noche más.

Lo miré confundida.

—¿Por qué?

James sostuvo mi mirada.

Y dijo algo que cambió todo:

—Porque el hombre que creías que era el padre de Chloe…

—No murió.

—Y acaba de regresar a Boston.

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