PARTE 2: EL SECRETO DE GENEVIEVE

Durante veinte años había ordenado la muerte de hombres que me habían traicionado.

Había sobrevivido a emboscadas, guerras entre organizaciones y atentados que habrían destruido a cualquier otro.

Pero aquella tarde, frente a una mujer empapada por la lluvia, descubrí algo que nunca había sentido.

Miedo verdadero.

No por mí.

Por mis hijos.

Elena Ward permanecía frente a mi escritorio, sosteniendo aquel informe médico con las manos temblorosas.

—Repítelo —ordené.

Ella tragó saliva.

—El tratamiento de Jonah y Blythe no está funcionando porque los médicos no conocen toda su historia clínica.

Miré el documento.

Los nombres de mis gemelos aparecían claramente.

Debajo había una fecha imposible.

Siete años atrás.

Un año antes de que nacieran.

—Explícate.

Elena miró hacia Prescott Hale, mi jefe de seguridad.

—Necesito hablar con usted a solas.

Prescott cruzó los brazos.

—Eso no va a suceder.

La mujer palideció.

—Entonces no puedo continuar.

La observé durante varios segundos.

Había algo extraño en su expresión.

No parecía temerme a mí.

Temía a alguien que estaba detrás de mí.

—Prescott —dije finalmente—, espera afuera.

Mi jefe de seguridad no se movió.

—Señor Mercer, no es recomendable.

Levanté lentamente la mirada.

—No te lo he preguntado.

Prescott apretó la mandíbula.

Después salió.

Cuando la puerta se cerró, Elena soltó el aire.

—Señor Mercer, ¿cuánto tiempo lleva trabajando para usted?

Fruncí el ceño.

—Doce años.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Entonces lleva doce años confiando en el hombre equivocado.

Me levanté tan bruscamente que la silla golpeó la pared.

—Ten mucho cuidado con lo que vas a decir.

Elena retrocedió.

—Genevieve descubrió algo sobre él antes de morir.

Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.

—¿Qué cosa?

—Que Prescott estaba recibiendo dinero de alguien relacionado con la clínica donde nacieron sus hijos.

La miré fijamente.

—¿Qué clínica?

—Westbridge Fertility Center.

El nombre me atravesó como una descarga eléctrica.

Conocía aquella clínica.

Genevieve y yo habíamos pasado tres años intentando tener hijos.

Tres años de tratamientos.

De esperanzas rotas.

De habitaciones vacías.

Hasta que finalmente llegó la noticia.

Gemelos.

Un niño y una niña.

Jonah y Blythe.

Recordé cómo Genevieve lloró cuando escuchó sus latidos por primera vez.

Recordé cómo me abrazó y susurró:

—Lawson, por fin vamos a ser una familia.

Y ahora aquella desconocida estaba diciendo que la clínica tenía relación con la muerte de mi esposa.

—Continúa —ordené.

Elena colocó otro documento sobre la mesa.

—Sus hijos fueron concebidos mediante un tratamiento de fertilidad. Pero antes de la implantación, los embriones fueron sometidos a pruebas genéticas.

Fruncí el ceño.

—Eso lo sabía.

—Lo que usted no sabía es que los resultados originales fueron sustituidos.

Me quedé inmóvil.

—¿Sustituidos?

Elena asintió.

—El informe que recibieron usted y Genevieve no era el mismo que había emitido el laboratorio.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué decía el original?

Elena bajó la mirada.

—Que ambos embriones presentaban una alteración genética que requería una evaluación especializada antes de continuar con el tratamiento.

Apreté los puños.

—¿Y nadie nos informó?

—Alguien decidió ocultarlo.

Me acerqué lentamente.

—¿Quién?

Elena comenzó a llorar.

—Eso fue lo que Genevieve intentó descubrir.

Miré nuevamente el informe.

Había términos médicos que no comprendía.

Pero reconocí una palabra.

MÉDULA ÓSEA.

—¿Qué significa esto?

Elena respiró profundamente.

—Que sus hijos podrían tener una predisposición hereditaria que cambia la forma en que debe estudiarse su enfermedad.

—¿Puede salvarlos?

La pregunta salió de mi boca antes de que pudiera contenerla.

Elena me miró.

—No puedo prometerle eso. No soy oncóloga. Pero existe información que sus médicos necesitan revisar urgentemente.

Me apoyé contra el escritorio.

—Entonces vamos al hospital.

Elena negó.

—Antes debe saber algo más.

—Habla.

Su voz se convirtió en un susurro.

—Genevieve no murió cuando le dijeron.

Durante varios segundos, el mundo dejó de existir.

—¿Qué acabas de decir?

Elena apretó el collar de plata.

—Su esposa sobrevivió al accidente.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

—Imposible.

—La llevaron a una clínica privada.

—Yo vi su cuerpo.

Elena bajó la cabeza.

—Vio un cuerpo preparado para el funeral. No le permitieron realizar una identificación independiente.

Recordé aquel día.

La carretera mojada.

El automóvil destrozado.

Prescott entrando en mi oficina con la noticia.

La funeraria.

El ataúd.

El rostro de Genevieve, pálido e inmóvil.

Había querido tocarla.

Pero el director funerario me dijo que no era recomendable.

Prescott permaneció a mi lado durante todo el funeral.

Fue él quien organizó cada detalle.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Estás diciendo que mi esposa seguía viva?

Elena asintió.

—Durante varias semanas.

Me llevé una mano al rostro.

—¿Dónde?

—En una clínica cerca del lago Michigan.

Mi voz salió quebrada.

—¿Por qué nadie me llamó?

Elena comenzó a llorar.

—Porque alguien había dado instrucciones de mantenerla aislada.

Saqué mi teléfono.

Llamé directamente al doctor Franklin Yates.

Contestó al segundo tono.

—Lawson, ¿ocurre algo?

—Necesito que revises un informe médico.

—¿De Jonah y Blythe?

—Sí.

Le expliqué lo que Elena había encontrado.

Hubo un silencio prolongado.

—Lawson —dijo finalmente—, envíame los documentos por un canal seguro. Necesitamos comprobar su autenticidad y revisar si contienen información relevante para el tratamiento.

—¿Podría cambiar algo?

—Podría. Pero no quiero darte falsas esperanzas.

Apreté los ojos.

—Franklin, me dijiste que tenían diez días.

Su voz se suavizó.

—Te dije que era nuestra estimación con la información que teníamos.

—Entonces consigue toda la información que falte.

—Lo haré.

Colgué.

Después miré a Elena.

—Ahora vas a contarme absolutamente todo.

Elena se sentó frente a mí.

Sus manos seguían temblando.

—Hace dos años trabajaba como auxiliar administrativa en una clínica privada.

—¿Cuál?

—Saint Catherine Medical Center.

Nunca había oído aquel nombre.

—Una noche ingresaron a una mujer gravemente herida.

Elena tragó saliva.

—No estaba consciente. Tenía múltiples lesiones. Pero estaba viva.

Mi corazón comenzó a latir violentamente.

—Genevieve.

Ella asintió.

—No sabía quién era al principio. Su expediente estaba registrado bajo otro nombre.

—¿Cuál?

Elena dudó.

—Grace Miller.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién la llevó allí?

Elena bajó la voz.

—Dos hombres.

—¿Los viste?

—A uno.

Me incliné hacia ella.

—Descríbelo.

Elena cerró los ojos.

—Alto. Cabello oscuro. Una cicatriz pequeña junto a la oreja derecha.

Sentí que la sangre se me helaba.

Prescott tenía una cicatriz junto a la oreja derecha.

La había recibido durante una operación de seguridad años atrás.

—¿Estás segura?

Elena asintió.

—Nunca olvidé su rostro.

Mi primer impulso fue llamar a Prescott.

Ordenarle que entrara.

Exigirle respuestas.

Pero entonces recordé algo.

Elena había dicho que si la persona responsable descubría que estaba allí, ninguno sobreviviría aquella noche.

Miré hacia las cámaras de seguridad.

Prescott controlaba todas.

Las entradas.

Los pasillos.

Los ascensores.

Los teléfonos internos.

Mi fortaleza estaba construida sobre la confianza que había depositado en él.

Y si Elena decía la verdad, esa fortaleza se había convertido en una prisión.

Tomé mi teléfono personal.

Escribí un mensaje a un hombre al que no veía desde hacía ocho años.

Marcus Bell.

Antiguo investigador federal.

El único hombre que había rechazado trabajar para mí.

Precisamente por eso confiaba en él más que en muchos de mis empleados.

«Necesito ayuda. Mis hijos están en peligro. No contactes a Prescott».

La respuesta llegó treinta segundos después.

«Dime dónde estás».

Elena continuó.

—Genevieve despertó cuatro días después de ingresar.

Mi corazón se contrajo.

—¿Preguntó por mí?

Elena comenzó a llorar.

—Todos los días.

Sentí que algo se rompía dentro de mi pecho.

—¿Qué le dijeron?

—Que usted había muerto.

Me quedé inmóvil.

—¿Qué?

—Le mostraron un informe falso. Dijeron que usted había fallecido durante un ataque.

Retrocedí.

—Dios mío…

—También le dijeron que Jonah y Blythe estaban bajo protección y que no podía comunicarse con ellos.

Me cubrí el rostro.

Mi esposa había despertado herida, aislada y convencida de que su esposo estaba muerto.

Mientras yo lloraba frente a su tumba.

—¿Por qué hicieron eso?

Elena negó.

—No lo sé todo. Pero Genevieve descubrió que alguien estaba utilizando a sus hijos como parte de un acuerdo financiero.

Levanté la mirada.

—¿Qué acuerdo?

Elena sacó una memoria USB.

—Ella me pidió que guardara esto.

La coloqué sobre mi escritorio.

—¿Qué contiene?

—Documentos de la clínica de fertilidad. Transferencias bancarias. Y una grabación.

Antes de abrirla, llamé a un especialista informático independiente que trabajaba fuera de mi organización.

Le pedí que revisara los archivos sin conectarlos a mis sistemas internos.

No iba a cometer el error de entregar las únicas pruebas que tenía a una red administrada por Prescott.

Una hora después, el especialista me envió un resumen preliminar.

Los archivos incluían registros médicos y comunicaciones cuya autenticidad todavía debía comprobarse.

También había un video.

Lo abrí.

La pantalla mostró una habitación blanca.

Una mujer estaba sentada sobre una cama.

Tenía el rostro delgado.

El cabello recogido.

Y una venda sobre la frente.

Mi corazón dejó de latir.

Genevieve.

Mi esposa.

Viva.

En la grabación.

—Lawson —dijo mirando directamente a la cámara—, si estás viendo esto, significa que Elena consiguió encontrarte.

Me llevé una mano a la boca.

Su voz.

Dios mío.

Su voz.

—No sé cuánto tiempo me queda aquí. Pero necesito que sepas que nunca quise abandonarte.

Las lágrimas comenzaron a correr por mi rostro.

—Los niños están en peligro. No por lo que tú haces. No por tus enemigos.

Genevieve respiró profundamente.

—Por algo que ocurrió antes de que nacieran.

La imagen tembló.

—Confía en Franklin Yates. Él no conoce toda la verdad, pero puede ayudarlos si recibe los documentos originales.

Después bajó la voz.

—Y Lawson…

Se acercó a la cámara.

—No confíes en Prescott. Él sabe quién ordenó mi desaparición.

El video terminó.

Permanecí sentado durante varios minutos.

Había visto a hombres morir frente a mí.

Había presenciado cosas que todavía aparecían en mis pesadillas.

Pero nada me había destruido como escuchar a Genevieve pronunciar mi nombre después de dos años creyéndola muerta.

Elena permaneció en silencio.

Finalmente pregunté:

—¿Qué pasó después de grabar eso?

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Intentaron trasladarla.

Sentí un escalofrío.

—¿Adónde?

—No lo sé.

—¿La viste salir?

Elena negó.

—Cuando llegué a mi turno, su habitación estaba vacía.

Apreté los puños.

—¿Y nadie investigó?

—Su expediente había desaparecido.

—¿Qué hiciste?

—Guardé las copias que Genevieve me había entregado. Después renuncié.

—¿Por qué esperaste dos años para venir?

Elena bajó la mirada.

—Porque me amenazaron.

Se arremangó.

En su antebrazo había una cicatriz antigua.

—Me encontraron cuando intenté contactar con usted por primera vez.

Sentí una furia helada.

—¿Quiénes?

Elena negó.

—Nunca vi sus rostros.

A las seis de la tarde, Marcus Bell llegó a mi propiedad.

No entró por la puerta principal.

Habíamos acordado encontrarnos en una construcción de mantenimiento situada fuera del perímetro vigilado.

Llevé a Elena conmigo.

Cuando Marcus vio el collar de Genevieve, su expresión cambió.

—Lawson, ¿de dónde salió eso?

—Mi esposa se lo entregó.

Marcus me miró fijamente.

—¿Cuándo?

—Tres semanas antes de que supuestamente muriera.

Su rostro perdió el color.

—Entonces tenemos un problema mucho mayor de lo que imaginaba.

Fruncí el ceño.

—¿Qué sabes?

Marcus respiró profundamente.

—Hace dos años investigué una serie de pagos relacionados con clínicas privadas de Chicago.

Sentí un escalofrío.

—¿Qué pagos?

—Transferencias vinculadas a tratamientos experimentales y datos médicos obtenidos sin autorización.

Elena levantó la cabeza.

—¿Westbridge?

Marcus se quedó inmóvil.

—¿Cómo conoces ese nombre?

Ella comenzó a temblar.

—Trabajé en una clínica relacionada con ellos.

Marcus cerró los ojos.

—Dios mío.

Marcus abrió una carpeta.

—Lawson, tu esposa no fue la única persona que desapareció después de descubrir irregularidades.

Me mostró fotografías.

Tres médicos.

Dos investigadores.

Una administradora.

Todos habían denunciado problemas relacionados con registros clínicos y contratos.

Todos habían desaparecido de sus empleos o abandonado la ciudad en circunstancias extrañas.

—¿Están muertos? —pregunté.

—No lo sabemos.

Miré las fotografías.

—¿Qué relación tienen con mis hijos?

Marcus señaló un documento.

—Westbridge participó en un programa privado de investigación genética financiado por varias empresas.

—¿Cuáles?

Marcus respiró profundamente.

—Una de ellas pertenece a tu organización.

Me quedé inmóvil.

—Imposible.

—Lawson, tu grupo empresarial tiene cientos de filiales.

—Yo jamás autoricé experimentos con niños.

Marcus me miró.

—No estoy diciendo que lo hicieras.

Después colocó una transferencia sobre la mesa.

La firma autorizada era de Prescott Hale.

Sentí que una furia indescriptible me recorría el cuerpo.

Prescott.

El hombre que había protegido mi casa.

El hombre que conocía los cumpleaños de mis hijos.

El hombre que había sostenido mi hombro durante el funeral de Genevieve.

El hombre al que había confiado mi vida.

—Voy a matarlo —susurré.

Marcus me sujetó del brazo.

—No.

Lo miré.

—Aparta la mano.

—Si quieres salvar a tus hijos, necesitas pruebas y médicos, no una guerra.

Aquellas palabras me detuvieron.

Jonah.

Blythe.

Diez días.

Respiré profundamente.

—Entonces dime qué hacemos.

Marcus señaló el teléfono.

—Primero, protegemos a los niños. Después entregamos los documentos a las autoridades correspondientes y buscamos a Genevieve.

A las siete y veinte, Franklin Yates me llamó.

Su voz sonaba diferente.

—Lawson, he revisado parte de la documentación con nuestro equipo de hematología.

Me incorporé.

—¿Y?

—Hay información que no coincide con los antecedentes que recibimos originalmente.

Sentí que el corazón se me aceleraba.

—¿Qué significa?

—Que necesitamos repetir ciertas pruebas y consultar urgentemente con especialistas en trasplante y genética clínica.

—¿Existe una posibilidad?

Franklin guardó silencio.

—Existe una posibilidad de encontrar opciones que no habíamos considerado. No puedo decirte todavía si serán adecuadas.

Cerré los ojos.

Por primera vez en semanas, sentí algo parecido a la esperanza.

—Haz lo que sea necesario.

—Ya estamos trabajando.

Entonces Franklin añadió:

—Lawson, necesito preguntarte algo.

—Dime.

—¿Quién autorizó la destrucción de las muestras originales de los gemelos?

Me quedé inmóvil.

—¿Qué muestras?

—Las conservadas por la clínica de fertilidad.

Sentí un escalofrío.

—No sabía que las habían destruido.

Franklin respiró profundamente.

—Según el registro, alguien solicitó su eliminación hace dieciocho meses.

—¿Quién?

Hubo un silencio.

—La autorización lleva tu firma.

Me quedé sin aliento.

—Yo nunca firmé eso.

—Entonces debemos tratarlo como una posible falsificación.

Miré a Marcus.

Él había escuchado toda la conversación.

Su expresión se endureció.

—Lawson, necesito que regreses al hospital.

—Voy ahora.

Pero antes de que pudiera colgar, escuché una alarma al otro lado.

Después voces.

Pasos.

Franklin dejó de hablar.

—Doctor —dije—, ¿qué ocurre?

Escuché una enfermera gritar:

—¡Doctor Yates, venga inmediatamente!

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¡Franklin!

Su voz regresó segundos después.

—Lawson, Blythe está empeorando. Tenemos que intervenir de inmediato.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿Y Jonah?

Hubo un silencio terrible.

—También presenta complicaciones.

Me apoyé contra la pared.

—Voy para allá.

Cuando llegué al hospital, los médicos estaban trabajando alrededor de mis hijos.

No pude entrar inmediatamente.

Me quedé detrás del cristal.

Blythe tenía los ojos cerrados.

Jonah parecía aún más pequeño que aquella mañana.

Presioné la mano contra el vidrio.

—Papá está aquí —susurré.

Franklin salió veinte minutos después.

Tenía el rostro agotado.

—Hemos conseguido estabilizarlos por ahora.

Sentí que las piernas me fallaban.

—Gracias a Dios.

Franklin me miró.

—Lawson, necesitamos hablar sobre los posibles donantes.

Fruncí el ceño.

—¿Qué ocurre?

—La información genética que recibimos abre nuevas preguntas sobre la compatibilidad y los antecedentes familiares.

—¿Yo puedo donar?

—Tenemos que evaluar todas las opciones médicamente apropiadas. No podemos asumir que alguien sea compatible solo por ser familiar.

Asentí.

—Entonces examíname.

Franklin respiró profundamente.

—Ya solicitamos las pruebas.

Después me miró con una expresión extraña.

—Pero hay algo más.

—¿Qué?

—El informe original de Westbridge menciona a una tercera persona vinculada al procedimiento de fertilidad.

Sentí un escalofrío.

—¿Quién?

Franklin negó.

—El nombre está parcialmente oculto.

A medianoche, Marcus regresó con noticias.

Había localizado una dirección relacionada con Saint Catherine Medical Center.

Una propiedad privada situada a las afueras de Chicago.

Según los registros disponibles, había sido utilizada como centro de recuperación.

—¿Genevieve estuvo allí? —pregunté.

Marcus asintió.

—Tenemos indicios de que sí.

Mi corazón comenzó a acelerarse.

—¿Y ahora?

—No lo sabemos.

Miré hacia la habitación de mis hijos.

—Entonces tenemos que averiguarlo.

Marcus me observó.

—Lawson, hay algo que no te he dicho.

Fruncí el ceño.

—Habla.

—Cuando investigué Westbridge hace dos años, recibí información sobre una paciente retenida contra su voluntad.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Genevieve?

—Nunca pude confirmar su identidad.

—¿Qué ocurrió?

Marcus bajó la mirada.

—La paciente fue trasladada antes de que pudiéramos intervenir.

Apreté los puños.

—¿Adónde?

Marcus respiró profundamente.

—A una instalación médica financiada por una empresa que Prescott controlaba.

Mi teléfono vibró.

Era un mensaje de Prescott.

«Señor Mercer, necesitamos hablar. Ha ocurrido algo en la casa».

No respondí.

Llegó otro.

«La mujer que vino esta tarde no es quien dice ser».

Miré a Elena.

Estaba sentada junto a la puerta de la sala de espera.

Parecía agotada.

El teléfono volvió a vibrar.

Esta vez era una fotografía.

Mostraba a Elena entrando en un edificio varios años atrás.

Junto a ella caminaba una mujer.

Una mujer de cabello oscuro.

La reconocí inmediatamente.

Genevieve.

Pero había algo más.

En brazos de mi esposa había un bebé.

Un niño pequeño envuelto en una manta azul.

Sentí que el corazón se me detenía.

La fotografía tenía una fecha.

OCHO MESES DESPUÉS DE LA SUPUESTA MUERTE DE GENEVIEVE.

Me quedé completamente inmóvil.

Mi esposa había estado viva ocho meses después de su funeral.

Y llevaba un bebé en brazos.

Llamé a Prescott.

Contestó inmediatamente.

—Señor Mercer…

—¿Dónde conseguiste esa fotografía?

Hubo un silencio.

—Lawson, hay cosas que Genevieve nunca te contó.

Mi voz salió helada.

—¿Dónde está mi esposa?

Prescott respiró profundamente.

—Si quieres volver a verla, tienes que escucharme.

Sentí que la furia me consumía.

—Habla.

—Elena Ward no vino a salvar a tus hijos.

Miré hacia la mujer sentada junto a la puerta.

—¿Qué estás diciendo?

Prescott bajó la voz.

—Vino a buscar al tercero.

Sentí un escalofrío.

—¿Al tercero?

Hubo un silencio.

Después Prescott pronunció una frase que hizo que todo mi mundo se detuviera.

—Lawson, Jonah y Blythe no fueron los únicos embriones que Genevieve tuvo durante aquel tratamiento.

Me quedé sin respiración.

—¿Qué?

—Hubo un tercero.

Mi corazón comenzó a golpearme el pecho.

—¿Dónde está?

Prescott respiró profundamente.

—Eso es lo que todos estamos intentando averiguar.

Entonces escuché una voz femenina detrás de él.

Una voz que no había escuchado en dos años.

Una voz que reconocería incluso después de morir.

—Prescott, dame el teléfono.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Genevieve?

Hubo un silencio.

Después escuché un sollozo.

—Lawson…

El mundo entero desapareció.

—¿Genevieve?

Su voz tembló.

—Estoy viva.

Me llevé una mano al rostro.

Las lágrimas comenzaron a correr por mis mejillas.

—Dios mío…

—Escúchame con atención —susurró—. No tenemos mucho tiempo.

Mi respiración se aceleró.

—¿Dónde estás? Voy a buscarte.

—Primero tienes que salvar a Jonah y Blythe.

—Estoy haciendo todo lo posible.

Genevieve comenzó a llorar.

—Lo sé.

Entonces dijo algo que me dejó completamente inmóvil.

—Lawson, el tercer niño podría ser la clave para encontrar un donante compatible. Pero no puedes permitir que Prescott llegue a él primero.

Sentí que la sangre se me helaba.

—¿Por qué?

Genevieve respiró profundamente.

Y sus siguientes palabras hicieron que comprendiera que la pesadilla apenas comenzaba.

—Porque el niño que viste en la fotografía no es nuestro hijo. Es el hijo de la mujer que financió todo el experimento. Y esa mujer lleva seis años intentando quedarse con Jonah y Blythe.

Me quedé sin respiración.

—¿Quién es?

Genevieve guardó silencio.

Después susurró un nombre.

Un nombre que conocía desde mi infancia.

Un nombre que jamás habría sospechado.

—Tu madre, Lawson.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.

Mi madre.

Eleanor Mercer.

La mujer que había financiado mi primer negocio.

La mujer que había elegido a Prescott como mi jefe de seguridad.

La mujer que lloró junto a mí durante el funeral de Genevieve.

Y la mujer que visitaba a mis hijos todos los domingos.

Entonces comprendí algo espantoso.

La persona que había construido mi imperio también podía ser la responsable de estar destruyendo a mi familia.

CONTINUARÁ EN LA PARTE 3…

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