La doctora movió la sonda y sonrió.
—Todo está perfecto. Dieciséis semanas. El bebé está creciendo muy bien.
Asentí, intentando concentrarme en la pantalla.
Entonces alguien llamó a la puerta.
—Doctora, disculpe. El señor Montes insiste en hablar con usted.
Cerré los ojos.
—Dígale que se vaya.
Pero cuando salí veinte minutos después, Adrián seguía allí.
Solo.
Marcos había desaparecido.
Adrián tenía la mirada clavada en la fotografía del ultrasonido que sobresalía de mi bolso.
—Dieciséis semanas —dijo.
No era una pregunta.
Hizo el cálculo.
Su rostro perdió color.
—Estabas embarazada cuando firmaste el divorcio.
—Sí.
—¿Y pensabas no decírmelo jamás?
—Tú tampoco me dijiste muchas cosas.
Sus ojos se endurecieron.
—¿Valeria?
Me quedé inmóvil.
Adrián soltó una risa amarga.
—Así que escuchaste su nombre.
—Más de una vez.
Esperé una negación.
No llegó.
En cambio, Adrián dijo:
—Valeria murió hace cinco años.
Aquello me desarmó.
—¿Qué?
Sacó del bolsillo la carpeta que Marcos llevaba antes.
Dentro había informes médicos.
Y una fotografía.
Adrián aparecía junto a una joven sonriente.
—Era mi hermana.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—¿Tu hermana?
—Mi media hermana. Mi padre jamás reconoció públicamente a su madre. Cuando Valeria enfermó, yo pagué su tratamiento en secreto para evitar un escándalo familiar.
Me faltó aire.
—Entonces… ¿por qué pronunciabas su nombre cuando estabas conmigo?
Adrián bajó la mirada.
—Porque murió después de una discusión conmigo. Durante años tuve pesadillas. Cuando bebía, volvía a aquella noche.
Toda la historia que había construido dentro de mi cabeza comenzó a romperse.
Pero aquello no borraba nuestro matrimonio.
—Podrías habérmelo contado.
—Sí.
Su respuesta llegó inmediatamente.
—Y tú podrías haberme dicho que estabas embarazada.
Nos miramos.
Dos personas que habían compartido una cama durante tres años y, sin embargo, habían vivido detrás de dos paredes distintas.
—Entonces ¿por qué te divorciaste? —pregunté.
Adrián tardó varios segundos.
—Porque encontré tu solicitud de traslado a Londres.
Me quedé helada.
—Pensé que querías marcharte y no te atrevías a decírmelo. Y como siempre parecías infeliz conmigo…
—¿Decidiste por mí?
Apretó la mandíbula.
—Sí.
Me reí sin humor.
—Exactamente igual que yo decidí por ti cuando oculté al bebé.
Eso lo hizo callar.
Entonces comprendí algo.
Nuestro matrimonio no había terminado por Valeria.
Había terminado porque ninguno de los dos había tenido el valor de hacer una pregunta antes de creer conocer la respuesta.
Adrián miró mi vientre.
—No voy a pedirte que vuelvas conmigo.
Lo observé sorprendida.
—Pero quiero ser su padre, si me permites demostrar que puedo hacerlo.
—¿Y nosotros?
Sus ojos encontraron los míos.
—Nosotros ya fracasamos una vez.
Hizo una pausa.
—Si alguna vez existe otra oportunidad, no quiero construirla sobre el embarazo.
Por primera vez, Adrián Montes había dicho exactamente lo correcto.
No regresé con él aquel día.
Tampoco cancelé el divorcio.
Pero cuando llegó mi siguiente control prenatal, encontré a Adrián sentado fuera de obstetricia cuarenta minutos antes de la cita.
No llevaba flores.
Ni regalos.
Ni promesas.
Solo una libreta.
En la portada había escrito:
Cosas que todavía no sé sobre mi hijo.
Lo miré.
—¿Primera pregunta?
Adrián abrió la libreta.
—¿Puedo entrar contigo?

Pensé unos segundos.
Después abrí la puerta.
—Puedes.
Y aquella fue la primera vez que Adrián entró en mi vida sin decidir por mí.