Los pasos se detuvieron justo frente a la habitación.
El sonido firme de las botas militares hizo que las conversaciones del pasillo se apagaran por completo.
Rodrigo apenas giró la cabeza.
Creyó que se trataba de una ronda médica.
Entonces la puerta se abrió.
Un hombre de cabello completamente canoso, uniforme impecable y pecho cubierto de condecoraciones entró acompañado por cuatro oficiales.
Al verlo, las enfermeras se cuadraron de inmediato.
—¡Mi general!
El hombre apenas asintió.
Su mirada recorrió la habitación hasta detenerse en Mariana, que sostenía a la recién nacida entre sus brazos.
Su expresión, dura unos segundos antes, cambió por completo.
Se acercó a la cama y realizó un saludo militar perfecto.
—Coronel Mariana Alcázar.
Rodrigo frunció el ceño.
El general continuó:
—En nombre de la Secretaría de la Defensa, vengo a felicitarla por el nacimiento de su hija y a agradecerle los servicios prestados a la nación.
Toda la habitación quedó en silencio.
Karla soltó una risa nerviosa.
—Debe haber una confusión…
Nadie respondió.
Uno por uno, los cuatro oficiales también saludaron a Mariana con absoluto respeto.
El general sacó una pequeña caja de madera.
Dentro había una medalla y una carta con el escudo nacional.
—La ceremonia oficial será cuando reciba el alta médica, pero no quería que su hija naciera sin saber que su madre es una de las oficiales más distinguidas de esta generación.
Rodrigo sintió que el color abandonaba su rostro.
—¿Coronel?
Miró a Mariana como si estuviera viendo a una desconocida.
—Pensé que trabajabas en una oficina…
Mariana sostuvo la mirada sin rastro de enojo.
—Nunca me lo preguntaste.
El comentario cayó como una losa.
El general observó entonces a Rodrigo.
—¿Usted es el señor Ferrer?
—Sí…
—Me alegra conocer finalmente al esposo de la coronel.
Antes de que Rodrigo pudiera responder, una enfermera intervino con evidente incomodidad.
—Mi general… el señor llegó hace unos minutos acompañado de su prometida.
Todo el pasillo quedó en absoluto silencio.
Los ojos del general se desplazaron lentamente hacia Karla.
Después volvió a mirar a Rodrigo.
—¿Prometida?
Nadie respondió.
Mariana tampoco.
No hacía falta.
El general respiró profundamente antes de hablar.
—Coronel, lamento que el nacimiento de su hija haya ocurrido en estas circunstancias.
Luego hizo una señal con la mano.
Uno de los oficiales entregó un sobre sellado.
—Los abogados de su abuelo solicitaron que este documento le fuera entregado únicamente después del nacimiento de la niña.
Rodrigo reconoció inmediatamente el sello de la familia Alcázar.
—¿Qué documento es ese?
Mariana rompió el sobre.
Leyó la primera página.
Por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, sonrió.
El general también sonrió ligeramente.
—Felicidades, coronel.
—¿Por qué? —preguntó Rodrigo con la voz temblorosa.

El general respondió sin apartar la vista de Mariana.
—Porque desde las seis de esta mañana, la señora Mariana Alcázar dejó de ser únicamente una coronel del Ejército.
Hizo una breve pausa.
—Ahora también es la única administradora y beneficiaria del fideicomiso privado que don Ernesto Alcázar dejó para ella y para su hija.
Rodrigo abrió la boca, incapaz de pronunciar una palabra.
Pero el golpe definitivo llegó cuando el general añadió con absoluta serenidad:
—Y, según la cláusula final del fideicomiso… usted tiene prohibido recibir un solo peso de esa herencia, incluso si intenta reconciliarse con ella. Ningún tribunal podrá modificar esa decisión.