El gerente conectó la tableta a la enorme pantalla publicitaria del pasillo, y el murmullo del centro comercial se apagó de golpe.
Todos los que habían estado grabando levantaron aún más sus teléfonos.
El hombre que había empujado a mi tía cruzó los brazos, intentando mantener esa sonrisa arrogante que ya empezaba a resquebrajarse.
—Veámoslo de una vez —dijo con fingida tranquilidad—. Así dejarán de acusarme.
El gerente hizo avanzar la grabación.
La primera imagen mostraba a mi tía caminando despacio, apoyándose ligeramente en su bastón mientras observaba los escaparates.
Yo aparecía unos metros detrás, respondiendo una llamada.
No había nadie bloqueando el pasillo.
No había empujones.
Solo una anciana caminando con calma.
Entonces apareció él.
No venía de frente.
No intentaba esquivarla.
Cruzó deliberadamente desde el otro lado del pasillo y aceleró justo antes del impacto.
El vídeo era nítido.
Su hombro golpeó a mi tía con violencia.
Ella perdió el equilibrio y cayó de rodillas.
El silencio fue absoluto.
—Eso… eso fue un accidente… —balbuceó el hombre.
Pero el gerente no detuvo la reproducción.
Retrocedió treinta segundos.
—Quiero que observen esto.
En la pantalla apareció el mismo individuo varios minutos antes.
Estaba siguiendo a mi tía desde otro nivel del centro comercial.
Se detenía cada vez que ella se detenía.
Cuando ella entró en una farmacia, él esperó afuera.
Cuando salió, volvió a caminar detrás de ella.
No era una coincidencia.
La mujer elegante que lo había defendido comenzó a ponerse nerviosa.
—No saquen conclusiones precipitadas…
Pero otro empleado levantó la mano.
—Hay más cámaras.
Las siguientes imágenes mostraban algo todavía más inquietante.
En la zona del estacionamiento, una hora antes, el mismo hombre observaba cómo mi tía bajaba de un automóvil.
Incluso fotografió la matrícula con su teléfono.
Sentí un escalofrío.
Mi tía bajó la mirada y sus dedos comenzaron a temblar.
—No estaba imaginándolo… —susurró—. También lo vi hace tres días cuando fui al banco.
La multitud dejó de mirar al agresor con indiferencia.
Ahora lo observaban con desconfianza.
El guardia de seguridad dio un paso al frente.
—Señor, necesito que nos acompañe.
El hombre intentó retroceder.
—No pienso ir a ninguna parte.
Pero dos guardias más ya habían llegado.
Fue entonces cuando la mujer elegante gritó desesperada:
—¡No pueden detenerlo! ¡No saben quién es!
El gerente la miró fijamente.
—Precisamente eso queremos averiguar.
En ese momento, uno de los empleados recibió una llamada por el auricular.
Su expresión cambió por completo.
Se acercó al gerente y le habló en voz baja.
El gerente palideció.
Después levantó lentamente la vista hacia mi tía.
—Señora… la policía acaba de confirmar que este hombre es investigado por acercarse repetidamente a varias mujeres mayores en distintos centros comerciales.

Mi corazón dejó de latir por un instante.
Pero lo peor llegó cuando el agente añadió otra frase:
—Y creemos que su tía… no era una víctima elegida al azar. Era su próximo objetivo desde hacía días.
👇 CONTINÚA EN LA PARTE 3.