PARTE 2: EL ROSAL Y LAS CARTAS OLVIDADAS

Tres días después, Sebastián apareció en el departamento de Renata.

Llevaba ojeras.

La barba descuidada.

Y un ramo de rosas blancas que Valeria no quiso recibir.

—Mi mamá está arrepentida.

Ella no respondió.

—Ya encontré un departamento.

Nos mudamos esta misma semana.

Te lo prometo.

Valeria levantó lentamente la vista.

—También prometiste que viviríamos en esa casa solo unos meses.

Sebastián bajó la cabeza.

No encontró cómo defenderse.

—Dame una oportunidad más.

Ella respiró hondo.

—Voy a regresar una sola vez.

No por ti.

Por mis cosas.

Y por un rosal.


Aquella tarde volvió a la casona de San Ángel.

El jardín seguía igual.

Las bugambilias cubrían el muro.

La fuente de piedra seguía encendida.

Y, junto a la cerca, estaba el pequeño rosal amarillo que ella misma había plantado el primer año de matrimonio.

Era el único rincón de aquella casa donde alguna vez había sentido paz.

Se arrodilló con una pequeña pala de jardinería.

—Perdóname —susurró mientras comenzaba a aflojar la tierra—. No pienso dejarte aquí.

Las raíces estaban más profundas de lo que imaginaba.

Al cavar unos centímetros más, la pala golpeó algo duro.

Clac.

Frunció el ceño.

Apartó la tierra con las manos.

Apareció una pequeña caja metálica completamente oxidada.

No parecía reciente.

Estaba enterrada desde hacía muchos años.

Valeria miró alrededor.

No había nadie en el jardín.

Tomó la caja.

La tapa apenas cedió después de varios intentos.

Dentro había varias cartas atadas con un listón azul ya descolorido.

También una fotografía antigua.

Y un sobre cerrado.

Todo olía a papel viejo y humedad.

La fotografía fue lo primero que llamó su atención.

Mostraba a un hombre joven abrazando a una mujer embarazada.

Reconoció inmediatamente al hombre.

Era don Ernesto.

El padre de Sebastián.

Mucho más joven.

Pero la mujer…

No era doña Beatriz.

Valeria sintió un escalofrío.

Abrió una de las cartas.

“Mi querido Ernesto…”

La firma al final decía:

Isabel.

Pasó rápidamente a otra.

“No sé cómo explicarle algún día a nuestro hijo por qué no podrá llevar tu apellido.”

El corazón comenzó a latirle con fuerza.

Otra carta.

“Beatriz aceptó criarlo como suyo. Nunca sabrá la verdad mientras yo viva.”

Valeria dejó de respirar.

Miró otra vez la fotografía.

Después volvió a leer la frase.

“Nuestro hijo.”

Las manos empezaron a temblarle.

No quería sacar conclusiones precipitadas.

Pero había una posibilidad imposible.

Y aterradora.

En ese momento escuchó pasos detrás de ella.

Era Sebastián.

—¿Qué haces?

Valeria levantó lentamente la vista.

No escondió la caja.

Simplemente la sostuvo entre las manos.

—Encontré esto enterrado bajo el rosal.

Sebastián frunció el ceño.

—¿Qué es?

Ella dudó unos segundos.

Luego le entregó la fotografía.

Él la observó.

Su expresión cambió de inmediato.

—Ese es mi papá…

Guardó silencio.

Volvió a mirar la imagen.

—Pero…

¿Quién es esa mujer?

Valeria no respondió.

Solo le entregó una de las cartas.

Sebastián comenzó a leer.

Apenas llegó a la mitad de la primera página, el color desapareció de su rostro.

—No…

Pasó desesperadamente a la siguiente.

Y luego a otra.

Cada carta parecía derrumbar una parte distinta de la historia que había creído conocer durante toda su vida.

Finalmente levantó la vista.

Tenía los ojos completamente abiertos.

—Esto no puede ser verdad.

Valeria habló muy despacio.

—No lo sé.

Por eso no pienso sacar conclusiones.

Necesitamos saber quién era Isabel.

Y por qué estas cartas estuvieron enterradas durante treinta años.

En ese instante sonó el teléfono de Sebastián.

La pantalla mostró un nombre.

Mamá.

Él permaneció inmóvil.

El teléfono siguió sonando.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Cuando finalmente contestó, ni siquiera alcanzó a hablar.

Del otro lado, la voz de doña Beatriz sonó alterada.

—Sebastián… ¿dónde estás?

Él miró las cartas.

Luego la caja.

Después respondió con una calma que nunca antes había tenido frente a ella.

—Mamá…

Necesito preguntarte algo.

¿Quién era Isabel?

Al otro lado de la línea no se escuchó una sola palabra.

Solo un silencio tan largo que bastó para que ambos comprendieran que acababan de abrir una historia que llevaba tres décadas esperando salir a la luz.

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