PARTE 2: EL RETRATO QUE NADIE DEBÍA VER

La fotografía se me escapó de las manos.

No llegó a caer.

Una mano la sostuvo en el aire antes de tocar el suelo.

Vincenzo.

La tomó con un cuidado que contrastaba con la dureza de su mirada.

Durante varios segundos ninguno de los dos habló.

Yo seguía intentando comprender lo que acababa de ver.

No podía ser.

Mi abuela, Rosa Marino, había pasado casi toda su vida en Queens. Cocinaba, cosía vestidos para vecinas y apenas hablaba de Sicilia. Siempre decía que el pasado era un lugar donde no convenía quedarse demasiado tiempo.

Jamás mencionó a un hombre llamado Vincenzo Russo.

Mucho menos al niño de aquella fotografía.

—Te hice una pregunta —dijo él finalmente.

Su voz era baja.

Controlada.

Pero había algo distinto en ella.

No era amenaza.

Era necesidad.

Tragué saliva.

—Mi abuela.

Ella me enseñó esa canción cuando era pequeña.

Vincenzo cerró los ojos apenas un instante.

Como si esa respuesta confirmara algo que llevaba años temiendo.

Volvió a mirar la fotografía.

Su pulgar recorrió con suavidad el borde gastado del papel.

—¿Rosa seguía cantándola igual?

Me sorprendió que pronunciara su nombre sin preguntar.

—¿La conocía?

No respondió.

En lugar de eso, caminó lentamente hasta la enorme ventana que daba al río Chicago.

Afuera, los barcos comenzaban a moverse entre la neblina de la mañana.

Dentro del despacho solo se escuchaba el zumbido del sistema de climatización.

—Hace treinta y dos años —dijo por fin— esa canción dejó de escucharse en mi casa.

Me quedé inmóvil.

—No entiendo.

Él giró apenas la cabeza.

—No.

Todavía no.

Guardó la fotografía dentro del sobre color crema.

Luego se acercó a mí.

Nunca antes lo había tenido tan cerca.

Todos hablaban de sus ojos.

Decían que eran los de un hombre incapaz de sentir culpa.

Pero en ese momento no vi frialdad.

Vi cansancio.

Uno muy antiguo.

—¿Cuándo murió tu abuela?

La pregunta me tomó por sorpresa.

—Hace dos años.

El silencio volvió a instalarse entre nosotros.

Él bajó la vista.

Fue apenas un segundo.

Pero alcancé a notar que apretaba la mandíbula con fuerza.

Como quien lucha por no dejar escapar una emoción.

—Llegué tarde otra vez…

Lo dijo tan bajo que casi pensé haberlo imaginado.

Antes de que pudiera preguntar a qué se refería, alguien llamó discretamente a la puerta.

Tres golpes.

Siempre tres.

Vincenzo recuperó inmediatamente la expresión impasible.

—Adelante.

Entró un hombre alto, de traje azul oscuro y auricular transparente.

—Señor Russo.

La reunión con los inversionistas ya está lista.

Entonces me vio.

Y su rostro cambió.

—¿Qué hace ella aquí?

Vincenzo respondió sin apartar los ojos de mí.

—Trabajando.

—Puedo pedir que otra persona…

—No.

Fue una sola palabra.

Suficiente para cerrar la discusión.

El hombre asintió y salió sin insistir.

Esperé que Vincenzo hiciera lo mismo.

En cambio, abrió un cajón del escritorio.

Sacó una pequeña caja de madera.

Muy antigua.

La colocó sobre la mesa.

No la abrió.

Simplemente apoyó la mano encima.

—Lucia.

¿Tu abuela alguna vez habló de Palermo?

Negué con la cabeza.

—Muy poco.

Solo decía que había dejado demasiadas cosas allá.

Él sonrió con una tristeza difícil de explicar.

—No.

No dejó cosas.

Dejó personas.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

Había demasiadas preguntas.

Demasiadas coincidencias.

—¿Quién era usted para ella?

Por primera vez desde que lo conocía, Vincenzo Russo tardó en responder.

Miró nuevamente la caja.

Después la fotografía.

Finalmente me miró a mí.

—Eso depende de una respuesta.

Se acercó un paso más.

—¿Conservas el medallón de plata con una pequeña estrella grabada que Rosa nunca se quitaba?

El corazón comenzó a latirme con fuerza.

Ese medallón existía.

Mi abuela lo había llevado durante toda su vida.

Y, antes de morir, me lo había dejado a mí.

Nunca se lo había mencionado a nadie.

Jamás.

Retrocedí instintivamente.

—¿Cómo sabe lo del medallón?

Vincenzo no contestó.

Solo observó mi reacción.

Como si ya hubiera obtenido la respuesta que buscaba.

Respiró profundamente.

Y por primera vez, el hombre cuya sola presencia hacía temblar a políticos, empresarios y criminales por igual, dejó escapar una frase que sonó más a confesión que a amenaza.

—Entonces… de verdad eres ella.

Antes de que pudiera entender qué significaban aquellas palabras, mi teléfono vibró dentro del bolsillo del uniforme.

Era Mateo.

Contesté de inmediato.

Pero lo único que escuché fue una respiración agitada.

Y la voz de un desconocido diciendo con absoluta calma:

—No vuelvas a hacer preguntas sobre el pasado de tu abuela… si quieres volver a ver a tu hermano con vida.

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