Me arrodillé frente a las piezas.
No lloré.
Recogí primero la esfera rota.
Después la correa.
Adrián respiraba con fuerza detrás de mí.
—Eso te pasa por venir aquí a provocar.
Guardé cada fragmento en mi bolso.
—Gracias.
Se quedó desconcertado.
—¿Gracias por qué?
Me puse de pie.
—Por conseguir que dejara de dudar.
Salí del hospital.
Emiliano estaba esperándome abajo.
Al verme, abrió la puerta del coche sin hacer preguntas.
Solo cuando estuvimos dentro puse las piezas del Timex sobre mi palma.
Su expresión cambió.
—Era de tu padre.
Asentí.
—Adrián lo sabía.
Emiliano sacó un pañuelo y envolvió cuidadosamente el reloj.
—Entonces vamos a repararlo.
—No sé si se pueda.
Me miró.
—Hablo del reloj, Sofía. Lo demás no tienes obligación de repararlo.
Tres días después nos casamos.
No hubo quinientos invitados.
No hubo revista social.
No hubo flores importadas.
Solo nuestras familias, dos testigos y la ausencia enorme de mi padre.
Pero antes de firmar, detuve a Emiliano.
—Lo que te dije aquella noche sobre destruir a los Fuentes…
—Estabas destrozada.
—No quiero casarme contigo para vengarme.
Él sostuvo mi mirada.
—Entonces no lo hagas.
—¿Y si todavía quiero casarme contigo?
Por primera vez sonrió.
—Entonces firma por esa razón.
Firmé.
Adrián se enteró esa misma tarde.
Llegó a la casa de mi padre furioso.
—¡¿Te casaste con Guerra?!
—Sí.
—¡Hace dos semanas querías casarte conmigo!
—Hace dos semanas todavía creía que eras alguien diferente.
—Lo estás usando para castigarme.
Emiliano apareció detrás de mí.
Pero no habló.
No necesitaba hacerlo.
Adrián señaló hacia él.
—¿Sabes que ella me ama?
Emiliano me miró a mí.
No a Adrián.
—Eso solo puede responderlo Sofía.
Aquello marcaba toda la diferencia entre ellos.
—Ya no —dije.
Adrián palideció.
Entonces intentó su última arma.
—Tu padre jamás habría permitido esto.
Sentí que algo dentro de mí se endurecía.
—No vuelvas a utilizar a mi padre para controlar mis decisiones.
Cerré la puerta.
Pero la verdadera sorpresa llegó durante la lectura final de los documentos de su sucesión.
Mi padre había dejado instrucciones específicas respecto a las participaciones empresariales que yo heredaba.
Durante años, Fuentes y nuestra familia habían colaborado en varios proyectos.
Adrián daba por hecho que nuestro matrimonio consolidaría esa relación.
Por eso había tolerado tres años de compromiso.
Por eso nunca terminaba de fijar una fecha definitiva.
Mi padre lo había sospechado.
Una nota dirigida exclusivamente a mí decía:
“Sofía, ningún matrimonio debe ser condición para conservar negocios. Si alguien necesita casarse contigo para respetar lo que es tuyo, no merece ninguna de las dos cosas.”
No entregué mis participaciones a Emiliano.
Tampoco las utilicé para destruir a Adrián.
Separé completamente mis intereses de los de Grupo Guerra y pedí a asesores independientes revisar los contratos existentes con los Fuentes.
Algunos continuaron.
Otros no.
No por venganza.
Por números.
Cuando Adrián descubrió que casarme con Emiliano no significaba regalarle mis empresas a los Guerra, pareció todavía más confundido.
Había pasado demasiado tiempo creyendo que una mujer siempre debía pertenecer económicamente al hombre que tenía al lado.
Jimena también terminó descubriendo algo.
Adrián le había prometido que, después de nuestra boda, ella y su hijo vivirían cómodamente gracias a “la nueva estructura familiar”.
Esa estructura dependía en gran parte de recursos que nunca habían sido suyos.
No sé qué ocurrió finalmente entre ellos.
Dejé de mirar.
Meses después, un relojero me llamó.
El Timex estaba listo.
Cuando me lo entregó, todavía conservaba algunas rayaduras.
—Podíamos cambiar toda la carcasa —explicó—, pero habría dejado de parecer el reloj de su padre.
Sonreí.
—Entonces está perfecto.
Aquella noche me lo puse.
Emiliano lo vio.
—¿Funciona?
Acercé el reloj al oído.
Tic.
Tic.
Tic.
—Sí.
Y comprendí algo.

Adrián había roto el último objeto que yo asociaba con mi padre creyendo que así podía castigarme.
Pero mi padre nunca había estado dentro de aquel reloj.
Estaba en todo lo que me había enseñado antes de morir.
Adrián rompió el Timex para recordarme cuánto poder tenía sobre mí; no imaginó que, cuando volvió a funcionar, la única vida que ya había dejado de esperar era la suya.