PARTE 2: EL RECORDATORIO

El salón quedó completamente en silencio.

La mano de Adrian seguía suspendida en el aire donde segundos antes había sujetado mi muñeca.

Nunca imaginó que yo la apartaría.

Mucho menos delante de cuarenta personas.

Elena dio un paso adelante.

—Nora, estás exagerando…

La interrumpí con una sonrisa.

—No.

—Estoy aceptando exactamente el papel que ustedes me asignaron.

Tomé mi bolso.

Caminé hacia la salida.

Nadie intentó detenerme.

Excepto Adrian.

—Espera.

Me giré lentamente.

Por primera vez desde que comenzó la noche, su voz ya no sonaba segura.

—Solo son cien días.

Respiré hondo.

—Ese fue exactamente tu error.

—Creer que podías poner fecha a mi dignidad.

…

Aquella misma noche abandoné la casa donde había vivido cuatro años.

No regresé por ropa.

No regresé por joyas.

Solo tomé una pequeña caja de madera que guardaba en el despacho.

Dentro estaban los primeros contratos de la empresa Foster.

Los mismos que Adrian y yo habíamos firmado cuando trabajábamos desde una oficina de treinta metros cuadrados.

Él nunca volvió a abrir aquella caja.

Pensaba que solo contenía recuerdos.

No era cierto.

…

A la mañana siguiente, mi teléfono comenzó a vibrar.

Adrian.

No contesté.

Cinco minutos después.

Adrian.

Otra vez.

Luego llegaron los mensajes.

“Mamá está muy molesta.”

“El abuelo no debe enterarse todavía.”

“Hablemos cuando estés tranquila.”

Los leí todos.

Después bloqueé su número.

…

Tres días más tarde me llamó el abogado de la empresa.

—Señora Bennett…

—Necesitamos una firma para la auditoría anual.

Sonreí.

—Ya no soy la señora Foster.

Hubo un silencio incómodo.

—Pero usted sigue siendo accionista.

Cerré los ojos.

Casi lo había olvidado.

Cuando fundamos la empresa, Adrian insistió en que el treinta por ciento de las acciones estuviera registrado a mi nombre.

—Somos un equipo.

—Lo que construyamos será de los dos.

Con el tiempo dejó de mencionarlo.

Yo también.

…

Esa tarde acudí a la reunión de accionistas.

Fue la primera vez que Adrian me vio desde la cena.

Cuando entré en la sala, dejó de hablar.

Elena también estaba allí.

Sentada a su lado.

Como si ya perteneciera oficialmente a la empresa.

Adrian intentó acercarse.

—Nora…

Lo ignoré.

Tomé asiento frente al consejo.

El director financiero comenzó la presentación.

—Antes de continuar necesitamos la aprobación de la señora Bennett para la nueva reorganización accionarial.

Fruncí el ceño.

—¿Qué reorganización?

El proyector mostró un documento.

Mi nombre aparecía al final.

Solo faltaba mi firma.

La propuesta transfería temporalmente mis acciones a un fideicomiso administrado por…

Elena Hayes.

Toda la sala quedó inmóvil.

Miré lentamente a Adrian.

Él evitó mis ojos.

Entonces comprendí.

Los cien días.

El falso divorcio.

La presentación pública.

Nada de eso era realmente para tranquilizar al abuelo.

Necesitaban controlar la empresa.

Y mientras yo siguiera siendo accionista, Elena jamás podría ocupar el lugar que la familia Hayes exigía.

Adrian habló finalmente.

—Solo es una medida temporal.

Sonreí.

—Qué curioso.

Tomé el documento.

Lo rompí cuidadosamente por la mitad.

Después otra vez.

Y otra.

Los pequeños pedazos cayeron sobre la mesa de caoba.

—Mi respuesta también será temporal.

Me puse de pie.

—Dentro de noventa y cuatro días seguirá siendo no.

Salí de la sala.

Detrás de mí escuché a los directivos comenzar a discutir.

Sin mi treinta por ciento de las acciones…

La reorganización acababa de fracasar.

Pero cuando llegué al estacionamiento, recibí un mensaje de mi abogado.

Solo decía una frase:

“Nora, encontramos el testamento original del abuelo Foster.”

Debajo aparecía una fotografía de una cláusula subrayada.

“El heredero que se divorcie voluntariamente de Nora Bennett perderá inmediatamente el control del Grupo Foster.”

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