PARTE 2: EL QUIRÓFANO QUE CAMBIÓ DE DUEÑO

Las puertas del quirófano se cerraron detrás de mi camilla.

Las luces blancas del techo pasaban una tras otra sobre mi cabeza.

Respiraba despacio.

No por miedo a la cirugía.

Sino porque, por primera vez en toda la noche, Diego ya no controlaba lo que iba a ocurrir.

Una enfermera se inclinó hacia mí.

—Señora Catalina, ¿cómo se siente?

La miré a los ojos.

Era un rostro que no conocía.

Sonreí apenas.

—Mucho mejor.

Ella respondió con un gesto discreto.

—Todo está listo.

Entendí el mensaje.

María había cumplido su palabra.

Al entrar al quirófano noté el primer cambio.

El anestesiólogo que Diego me había presentado durante las consultas ya no estaba.

En su lugar había una mujer de cabello canoso que revisaba cuidadosamente cada medicamento antes de colocarlo sobre una bandeja.

Un hombre mayor se acercó.

Reconocí inmediatamente al profesor Pascual.

Habían pasado muchos años desde la última vez que lo vi.

Seguía teniendo la misma serenidad.

Tomó mi mano.

—Tu padre estaría orgulloso de la sangre fría que has tenido esta noche.

Las lágrimas amenazaron con salir.

—Gracias por venir.

Él negó con suavidad.

—Hoy no estoy aquí por amistad.

Hizo una breve pausa.

—Estoy aquí para asegurarme de que tengas la oportunidad de vivir.


Mientras tanto, en la sala de espera, Diego caminaba de un lado a otro interpretando el papel del esposo preocupado.

Mi suegra le acariciaba el hombro.

—Todo saldrá como planeamos.

Él asintió apenas.

No sabían que un piso más arriba, el director médico acababa de recibir una carpeta enviada por el abogado Suárez.

Dentro había una memoria USB.

Y un documento firmado por mí pocas horas antes.

La primera grabación comenzaba con claridad.

—Mañana Catalina se muere en la cirugía…

El director dejó de escuchar.

Levantó inmediatamente el teléfono interno.

—Necesito al departamento jurídico.

Ahora mismo.


La cirugía comenzó.

Yo fui perdiendo la conciencia lentamente mientras escuchaba las últimas instrucciones del equipo.

Lo último que vi fue al profesor Pascual inclinándose sobre mí.

—Cuando despiertes…

Sonrió con tranquilidad.

—Habrá terminado algo más que una operación.

Después todo se volvió oscuridad.


Cinco horas más tarde abrí los ojos en terapia intensiva.

El pecho me dolía.

Los tubos me impedían hablar.

Pero seguía viva.

María estaba sentada junto a mi cama.

Al verme despertar sonrió por primera vez en días.

—Lo lograste.

Intenté preguntar por Diego.

Ella entendió.

Sacó su teléfono.

Me mostró un video grabado apenas una hora antes.

Era la entrada principal del hospital.

Diego discutía con personal de seguridad.

—¡Soy el esposo de la paciente!

El director médico permanecía frente a él.

—Doctor Ortega…

Su acceso al área quirúrgica ha sido suspendido mientras se investigan hechos de extrema gravedad relacionados con este procedimiento.

El rostro de Diego perdió completamente el color.

—¿Qué investigación?

El director sostuvo la carpeta entre las manos.

—La señora Catalina presentó evidencia que obliga al hospital a notificar inmediatamente a las autoridades competentes.

Mi esposo retrocedió un paso.

Por primera vez parecía verdaderamente asustado.

En ese instante aparecieron dos agentes ministeriales.

Se acercaron con calma.

Uno de ellos habló.

—Doctor Diego Ortega…

Necesitamos que nos acompañe para rendir declaración.

Diego miró desesperadamente hacia la sala de espera.

Su padre se levantó de golpe.

Mi suegra comenzó a gritar.

Olivia rompió en llanto.

Pero ninguno pudo acercarse.

Los agentes mantuvieron la distancia mientras explicaban que el procedimiento se relacionaba con una investigación en curso.

María apagó el video.

Me tomó la mano.

—Esto apenas empieza.

Intenté incorporarme un poco.

Ella negó con suavidad.

—No hables todavía.

Respira.

Descansa.

Habrá tiempo para todo lo demás.

Cerré los ojos unos segundos.

Pensé en mis padres.

En el relicario.

En aquella frase que había escuchado la noche anterior:

“Tus padres murieron a tiempo.”

Abrí nuevamente los ojos.

Miré a María.

Con la voz apenas perceptible conseguí pronunciar cuatro palabras.

—No fue un accidente.

Ella permaneció en silencio.

Después abrió la carpeta que había llevado toda la noche consigo.

Dentro había una copia del informe preliminar elaborado por el abogado Suárez.

En la primera página aparecía una frase subrayada.

“Existen elementos que justifican revisar nuevamente el expediente relacionado con el accidente aéreo ocurrido hace cinco años.”

Sentí un escalofrío.

La operación había salvado mi corazón.

Pero acababa de abrir una herida mucho más antigua.

Y comprendí que la verdadera batalla ya no era demostrar que mi esposo había querido matarme.

Era descubrir si también había participado, de alguna manera, en la tragedia que me dejó huérfana.

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