A la mañana siguiente, Alejandro condujo hasta la clínica sin mostrar la menor señal de desconfianza.
Valeria iba sentada a su lado, sosteniendo la carpeta médica con una seguridad que parecía ensayada.
En el asiento trasero, Teresa mantenía la mirada perdida, murmurando frases inconexas cada vez que Valeria la observaba.
La actuación era impecable.
Apenas entraron al consultorio, el doctor Ernesto Cárdenas comenzó la evaluación.
—Señora Teresa, ¿sabe qué día es hoy?
Ella frunció el ceño.
—¿Mi esposo ya volvió del mercado…?
Valeria suspiró con aparente tristeza.
—Así pasa todos los días, doctor.
Alejandro permaneció en silencio.
Cada palabra que pronunciaban estaba siendo grabada por el pequeño dispositivo escondido dentro del bolsillo de su uniforme.
Después de varios minutos, el psiquiatra pidió hablar a solas con Alejandro.
Valeria intentó entrar.
—Soy su esposa. Debo estar presente.
—Solo será un momento —respondió el médico con firmeza.
La puerta se cerró.
El doctor abrió la carpeta clínica y comenzó a revisar los documentos.
Su expresión cambió casi de inmediato.
Frunció el ceño.
Volvió a leer varias hojas.
Después tomó otra carpeta del archivo digital del hospital.
Comparó ambas durante varios segundos.
Finalmente levantó la vista.
—Capitán… ¿usted conocía este expediente?
Alejandro negó con la cabeza.
El médico giró el monitor hacia él.
En la pantalla aparecía una evaluación realizada seis meses antes por una neuróloga.
Diagnóstico:
Funciones cognitivas conservadas.
Sin signos de demencia.
Sin indicación de internamiento.
El doctor respiró hondo.
—Este informe desapareció de la carpeta que me entregó su esposa.
Alejandro sintió que la mandíbula se le tensaba.
—¿Desapareció?
—Sí.
El expediente que ella presentó hoy contiene otro diagnóstico completamente distinto.
Sacó ambas hojas y las colocó una junto a la otra.
El membrete era idéntico.
La firma parecía la misma.
Pero había un detalle imposible de ignorar.
Uno afirmaba que Teresa estaba perfectamente orientada.
El otro aseguraba que sufría un deterioro cognitivo irreversible.
El psiquiatra acercó la lupa de su escritorio.
—Mire esto.
El sello oficial del segundo documento era una fotocopia.
No era original.
El médico guardó silencio durante unos segundos.
Luego habló con voz muy baja.
—Capitán… esto ya no parece un problema médico.
Parece una falsificación documental.
Antes de que Alejandro pudiera responder, alguien comenzó a golpear con fuerza la puerta del consultorio.
—¡Doctor! —gritó Valeria desde el pasillo—. Mi suegra acaba de ponerse violenta… ¡Quiere escapar!

El psiquiatra intercambió una mirada con Alejandro.
Pero, al abrir discretamente la cámara de seguridad del pasillo desde su computadora, ambos vieron algo que hizo que la sangre se les helara.
Teresa no estaba atacando a nadie.
Era Valeria quien acababa de levantar la mano para abofetearla, convencida de que nadie la estaba observando.
Lee la Parte 3 a continuación.