Cuando Ethan volvió a llamar por octava vez, apagué el teléfono.
No porque quisiera castigarlo.
Simplemente ya no tenía nada que decirle.
Mientras tanto, en el piso treinta y ocho del edificio Caldwell Group, la reunión de emergencia acababa de comenzar.
Vanessa ocupaba mi antiguo asiento.
Sonreía con la seguridad de quien acababa de ganar una guerra.
—No se preocupen —dijo mientras abría una carpeta vacía—. El proyecto de la región sur continuará sin contratiempos.
El director financiero frunció el ceño.
—Perfecto. Entonces muéstrenos el cronograma.
Vanessa dejó de sonreír.
Pasó una hoja.
Después otra.
No encontró nada.
—Los documentos… todavía no han sido entregados.
Todos dirigieron la mirada hacia Ethan.
Él levantó la cabeza por primera vez en todo el día.
—¿Qué quieres decir con que no están?
La secretaria tragó saliva.
—Señor… la señora Sullivan informó que el proyecto no pertenece legalmente a la empresa.
El silencio cayó como una losa.
—Eso es imposible.
—El departamento jurídico ya verificó la documentación preliminar.
—La negociación se realizó mediante la red privada de contactos de la señora Sullivan.
—Los acuerdos de confidencialidad fueron firmados directamente con ella antes de cualquier cesión al grupo.
El director financiero palideció.
—Entonces… si Claire se marcha…
Nadie terminó la frase.
No hacía falta.
El proyecto desaparecía con ella.
Y aquel contrato representaba casi el cuarenta por ciento del crecimiento previsto para los siguientes tres años.
Ethan se levantó tan rápido que la silla golpeó el suelo.
—¿Por qué nadie me informó de esto?
El responsable jurídico respondió con cautela.
—Porque fue la propia señora Sullivan quien dirigió todas las negociaciones.
—Usted pidió que solo ella tuviera acceso hasta la firma definitiva.
Ethan recordó perfectamente aquella conversación.
Cinco meses atrás.
—Claire es la única persona en quien confío para esto.
Había sido él quien lo dijo.
Ahora esa misma confianza acababa de convertirse en el mayor problema de la empresa.
Vanessa intentó intervenir.
—No exageremos. Podemos volver a negociar con esos clientes.
El director financiero soltó una risa amarga.
—¿Volver a negociar?
—Llevamos dos años intentando entrar en ese mercado.
—Solo aceptaron sentarse porque confiaban en Claire Sullivan.
Las palabras golpearon el orgullo de Vanessa con más fuerza que cualquier insulto.
Ethan tomó su teléfono y marcó mi número.
Una vez.
Dos veces.
Cinco veces.
Siempre la misma respuesta.
El teléfono estaba apagado.
En ese instante, la secretaria entró corriendo con una carpeta azul entre las manos.
Respiraba con dificultad.
—Señor Caldwell…

—Acaba de llegar una notificación oficial.
—Los representantes del consorcio internacional solicitan confirmar si la señora Claire Sullivan continúa siendo la responsable exclusiva del proyecto.
—En caso contrario…
Levantó lentamente la vista.
—Retirarán inmediatamente la inversión de seis mil millones.