No respondí ninguno de los mensajes.
A las siete de la mañana ya estaba sentada frente a mi abogada, Sofía Cárdenas.
La carpeta con los estados de cuenta ocupaba casi toda la mesa.
Ella pasó las primeras hojas en silencio.
—Los gastos personales son graves —dijo finalmente—. Pero esto no es lo que más me preocupa.
Señaló la transferencia de 680,000 pesos.
—Quiero ver el expediente completo del préstamo.
Dos horas después, el banco nos permitió revisar la documentación.
El ejecutivo entró con una caja de archivo.
—Aquí está todo lo relacionado con la obligación corporativa.
Comencé a revisar página por página.
Solicitud.
Estados financieros.
Constancia fiscal.
Acta constitutiva de mi empresa.
Todo era auténtico.
Excepto una hoja.
La autorización de la socia mayoritaria.
Mi nombre aparecía al final.
La firma se parecía a la mía.
Pero no era mía.
Sofía levantó inmediatamente la vista.
—Es una falsificación.
El ejecutivo tragó saliva.
—La documentación fue entregada personalmente por el señor Iván Ríos.
—¿Quién validó la identidad?
El hombre consultó la pantalla.
—El contacto autorizado fue Mauricio Mendoza.
Sentí un vacío en el estómago.
No se trataba de una camioneta.
Ni de unas tarjetas.
Habían utilizado mi empresa como garantía financiera sin que yo lo supiera.
Sofía cerró la carpeta.
—Desde este momento nadie de esa familia debe saber que descubrimos esto.
—¿Por qué?
—Porque si intentan cubrir el fraude, destruirán pruebas.
Asentí.
A las once regresé a la agencia.
Pedí al departamento de sistemas un respaldo completo de los últimos dos años.
Después llamé al notario que había constituido mi empresa.
Una hora más tarde confirmó algo inesperado.
—Valeria… hace ocho meses alguien solicitó copias certificadas de toda la documentación societaria.
—¿Quién?
—Mauricio. Presentó un poder simple firmado por ti.
No recordaba haber firmado nada.
El notario hizo una pausa.
—Ahora que lo menciona… la firma me pareció extraña, pero el documento venía acompañado por una identificación muy bien elaborada.
Otra falsificación.
Ya eran dos.
Mientras tanto, en la casa de Narvarte, el ambiente había cambiado por completo.
Graciela no podía pagar la clínica.
Paola había dejado el automóvil detenido en una gasolinera.
La mensualidad de la camioneta de Iván fue rechazada.
Y Mauricio recibió la llamada del banco.
—Señor Mendoza, necesitamos hablar sobre la garantía corporativa del crédito.
Él palideció.
—¿Qué ocurrió?
—La representante legal de la empresa ha desconocido toda la operación.
Mauricio dejó caer el teléfono.
Por primera vez comprendió que aquello ya no era una discusión familiar.
Era una investigación bancaria.
Esa misma tarde, Sofía recibió un correo del banco.
Lo leyó dos veces antes de girar la pantalla hacia mí.
—Mira esto.

El préstamo de 680,000 pesos nunca había sido utilizado para comprar la camioneta de Iván.
El dinero había sido transferido íntegro a una empresa recién creada.
El representante legal de esa empresa era un nombre desconocido.
Pero el domicilio fiscal coincidía exactamente con una dirección que conocía demasiado bien.
La casa donde, la noche anterior, mi suegra me había obligado a comer de pie.