PARTE 2: EL PRECIO DE TRAICIONARME

Tres días después de firmar el divorcio, salí del hospital.

No regresé a la casa de Alexander.

Victoria me esperaba frente a la entrada junto a un coche negro.

—Señorita Miller, su abuelo quiere verla.

—Antes necesito hacer algo.

Victoria me observó.

—¿Qué cosa?

Saqué de mi bolso la tarjeta que había acompañado los lirios.

“Recupérate pronto. Alexander Shaw.”

—Quiero conservar esto.

—¿Por qué?

Sonreí.

—Para recordar cuánto vale su arrepentimiento cuando llegue.

Esa misma tarde, mientras Alexander celebraba en París su próximo compromiso con Camila, Miller International anunció públicamente que su heredera había regresado.

No publicaron mi fotografía.

Solo un nombre:

ISABELLA MILLER.

En menos de una hora, las acciones de Miller International subieron.

Y entonces ocurrió algo que Alexander jamás habría imaginado.

Shaw Group llevaba meses negociando un contrato europeo que necesitaba desesperadamente para expandirse.

El socio principal era una filial de Miller International.

Victoria dejó el expediente frente a mí.

—La aprobación final necesita su firma.

Miré la cifra.

Dos mil ochocientos millones de dólares.

—¿Alexander sabe quién controla la filial?

—Todavía no.

Cerré la carpeta.

—Entonces recházalo.

Victoria sonrió.

—¿Motivo?

Pensé en el estacionamiento.

En las costillas rotas.

En aquellos lirios blancos.

—Falta de confianza en la dirección de Shaw Group.

A seis mil kilómetros de distancia, Alexander recibió la noticia durante la cena con la familia West.

Según Victoria, abandonó la mesa inmediatamente.

Me llamó siete veces.

No contesté.

La octava llamada llegó desde el teléfono de Ryan.

Respondí.

Durante unos segundos solo escuché la respiración de Alexander.

—Isabella… ¿qué hiciste?

—Nada.

—Miller International acaba de cancelar nuestro acuerdo.

Miré por la ventana del ático que mi abuelo había puesto a mi disposición.

—Quizá deberías enviarles flores.

Silencio.

—¿Qué significa eso?

Antes de que pudiera responder, Victoria entró apresuradamente.

Su expresión había cambiado.

Dejó una tableta frente a mí.

—Señorita Miller, tenemos un problema.

En la pantalla aparecía una fotografía tomada hacía pocos minutos en París.

Camila estaba entrando en una clínica privada.

Pero no estaba sola.

Alexander caminaba junto a ella.

Y debajo de la fotografía había una información que hizo desaparecer mi sonrisa:

“Camila West, embarazada.”

Sentí un extraño vacío.

Victoria, sin embargo, negó lentamente con la cabeza.

—Eso no es lo importante.

Deslizó otro documento hacia mí.

Era un informe confidencial solicitado por mi abuelo.

Leí la primera página.

Luego la segunda.

Cuando llegué al nombre del padre registrado, levanté la mirada.

—Esto… no puede ser.

Victoria cerró la puerta de la habitación.

—Por eso su abuelo quiere verla esta noche.

—¿Qué tiene que ver mi abuelo con el bebé de Camila?

Victoria tardó varios segundos en responder.

—Mucho más de lo que Alexander imagina.

Mi teléfono volvió a sonar.

Alexander.

Esta vez contesté.

Su voz ya no sonaba arrogante.

Sonaba desesperada.

—Isabella, dime la verdad. ¿Quién eres realmente?

Miré el informe que tenía entre las manos.

Y comprendí que Alexander todavía estaba preocupado por cuarenta y dos mil millones de dólares.

Cuando debería haber estado preocupado por el nombre escrito en aquella segunda página.

—Alexander —susurré—, vuelve de París.

—¿Por qué?

Cerré el expediente.

—Porque cuando descubras quién es realmente Camila West, el dinero será el menor de tus problemas.

Y colgué.

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