A la mañana siguiente, Patricia descubrió la primera sorpresa.
Su tarjeta fue rechazada en el supermercado.
Luego dejaron de funcionar las transferencias automáticas con las que yo pagaba internet, electricidad, seguros y varios gastos de la casa.
Mark me llamó furioso.
—¿Qué hiciste?
—Dejé de pagar las cuentas de tu familia.
—¡Pero siempre las pagabas tú!
—Exactamente.
Hubo silencio.
Esa misma tarde llevé el Mercedes a mi apartamento y guardé allí todas mis joyas y documentos.
Nicole apareció enfurecida.
—¡Me prometieron ese auto!
—Entonces pídele a Patricia que te compre uno.
—¡Mamá dijo que sería mío!
Sonreí.
—Tu madre también podría dejarte la Torre Eiffel en su testamento. Seguiría sin pertenecerle.
Pero el verdadero golpe llegó tres días después.
Mark recibió los documentos del divorcio.
Corrió hasta mi apartamento.
—Elena, podemos arreglar esto.
—¿Ahora sí es importante?
—Mi madre cometió un error.
Negué.
—Tu madre me mostró quién era. Tú me mostraste de qué lado estabas.
Intentó tomarme la mano.
Retrocedí.
—Nueve veces te pedí que pusieras límites. Nueve veces elegiste que yo cediera.
Mark bajó la cabeza.
—Puedo cambiar.
—Quizá.
Abrí la puerta.
—Pero ya no será conmigo.
Meses después, Patricia seguía viviendo en su casa.
Nicole seguía sin Mercedes.
Mark seguía enviándome mensajes.
Y yo estaba nuevamente en mi apartamento, rodeada de las cosas que mi familia había protegido para mí mucho antes de que yo entendiera por qué.
Sobre una mesa conservaba una fotografía del testamento de Patricia.
A veces la miraba y sonreía.

Aquella mujer había intentado repartir mi patrimonio después de su muerte.
Al final, lo único que consiguió repartir fue su propia familia.