El tren salió de Shanghái a las once cuarenta y tres.
Apoyé la frente contra la ventana.
Las luces de la ciudad comenzaron a desaparecer lentamente.
Durante tres meses había vivido para los horarios de otra familia.
A las seis preparaba el desayuno.
A las ocho llevaba a Mia al parque.
A las doce cocinaba.
A las tres lavaba ropa.
A las siete servía la cena.
A las dos de la madrugada seguía levantándome cuando la niña tenía fiebre.
Por primera vez en noventa y dos días…
No tenía que hacer nada.
Y aquella libertad me hizo llorar.
No por Elena.
Ni por Marcos.
Lloré por mí.
Por la mujer que había confundido amor con sacrificio ilimitado.
A las seis de la mañana llegué a nuestra ciudad.
Mi madre me esperaba en la estación.
Cuando me vio bajar con las dos maletas, sonrió.
—¿Viniste de sorpresa?
Negué despacio.
—Me vine para quedarme.
Su sonrisa desapareció.
No hizo falta decir nada más.
Durante el desayuno le conté toda la historia.
No exageré.
No insulté a nadie.
Solo repetí exactamente lo que había ocurrido.
Cuando terminé, mi madre permaneció varios minutos en silencio.
Después dijo algo que jamás olvidaré.
—La culpa también es mía.
La miré sorprendida.
—Desde pequeñas te enseñé que ser buena significaba ceder siempre.
Bajó la cabeza.
—Nunca te enseñé que también tenías derecho a poner límites.
Aquellas palabras me hicieron más bien que cualquier disculpa.
Dos días después recuperé mi antiguo trabajo.
La gerente de la tienda me recibió con un abrazo.
—Guardé tu puesto porque sabía que volverías.
Sentí un nudo en la garganta.
Había personas que valoraban mi esfuerzo…
Sin necesidad de que trabajara gratis para demostrarlo.
Mientras tanto, en Shanghái…
Las cosas empezaron a desmoronarse mucho más rápido de lo que Marcos había imaginado.
La primera niñera pidió nueve mil quinientos yuanes al mes.
La segunda exigía horario fijo.
La tercera no cocinaba.
La cuarta no limpiaba.
La quinta solo aceptaba cuidar a Mia ocho horas diarias.
El resto del tiempo, Elena tendría que hacerse cargo.
Después de una semana, Elena comenzó a llegar tarde al trabajo.
Dos semanas después recibió una advertencia de Recursos Humanos.
Marcos empezó a pedir permisos para salir antes de la oficina.
Las discusiones aparecieron casi todas las noches.
—¡Antes todo funcionaba!
—Porque Lina hacía todo.
—¡Pues llámala!
—¡Ya la llamé!
Miró el teléfono.
Yo nunca respondí.
Un domingo por la tarde recibí un mensaje de Elena.
“Mia no quiere comer.”
No contesté.
Cinco minutos después llegó otro.
“Solo pregunta por ti.”
Guardé el teléfono.
Una hora más tarde apareció una fotografía.
Mia abrazaba su conejo de peluche.
Tenía los ojos hinchados de tanto llorar.
Sentí que el corazón se me rompía.
Pero seguí sin responder.
Porque esta vez no podía salvar a todos olvidándome de mí.
Pasó un mes.
Una noche sonó el timbre de mi casa.
Abrí la puerta.
Era Elena.
Estaba mucho más delgada.
Tenía profundas ojeras.
Y sostenía una bolsa llena de frutas que sabía que me gustaban desde niña.
No habló enseguida.
Solo bajó la cabeza.
—Perdón.
Esperé.
—No por los tres mil yuanes.
Levantó lentamente la vista.
—Por permitir que durante años cargaras con todo mientras yo fingía que era normal.
Aquellas palabras eran distintas.
No eran una excusa.
Eran una confesión.
—¿Y Marcos?
Su expresión cambió.
—No quiso venir.
Respiró hondo.
—Dice que tú exageraste y que todavía deberías disculparte por haberte ido sin pensar en nosotros.
No pude evitar sonreír.
Era exactamente la respuesta que esperaba.
Entonces Elena sacó un sobre de su bolso.
—Quiero devolverte todo el dinero que gastaste durante estos meses.
Miré el sobre.
No lo tomé.
—No necesito que me pagues.
Ella pareció confundida.
—Entonces… ¿qué quieres?
La miré con calma.
—Quiero que nunca vuelvas a enseñar a Mia que querer a alguien significa aceptar que la utilicen.
Elena rompió a llorar.
Asintió varias veces.
Yo todavía no sabía si algún día podríamos volver a ser las hermanas que fuimos.
Pero, por primera vez en mucho tiempo…
Sentí que esa posibilidad existía.
En ese momento sonó el teléfono de Elena.
Miró la pantalla.
Su rostro cambió por completo.

Era Marcos.
Contestó en altavoz sin darse cuenta.
Al otro lado solo se escuchó una frase desesperada:
—¡Elena, ven rápido! ¡La policía está en casa preguntando por las transferencias de la cuenta donde ingresábamos el dinero que Lina nos daba para la compra!