PARTE 2: EL PRECIO DE LA TRAICIÓN

Lucas dejó caer la carpeta sobre el tablero.

Las hojas resbalaron hasta el suelo del automóvil.

—No… no puede ser…

Intentó convencerse de que todo era una broma.

Tomó el informe con manos temblorosas y buscó desesperadamente alguna señal de que fuera falso.

Mi firma.

El sello del laboratorio.

El código QR de verificación.

Todo estaba ahí.

—Tengo que llamarla.

Marcó el número de Chloe.

No respondió.

Volvió a llamar.

Buzón de voz.

Una tercera vez.

Nada.

Su respiración comenzó a hacerse cada vez más rápida.

—¿Dónde está?

—No lo sé.

—¡Tú acabas de decir que ibas a verla!

—Precisamente porque desapareció después de que intentamos localizarla varias veces.

Lucas me miró como si acabara de descubrir que el suelo bajo sus pies había desaparecido.

—Necesito hacerme pruebas.

—Sí.

—Ahora mismo.

Asentí.

—Cuanto antes.

Encendió el automóvil con tanta fuerza que casi apagó el motor.

Giró hacia el hospital.

Durante todo el trayecto no dejó de hablar.

—Solo fue una vez.

Negué lentamente.

—Hace unos minutos dijiste que recordabas la lluvia, la calle, el asiento y cada detalle de aquella noche.

Su rostro perdió todavía más color.

Había olvidado sus propias palabras.

Cuando llegamos al hospital, salió corriendo sin esperarme.

Yo caminé detrás.

En admisión explicó atropelladamente que había tenido contacto sexual sin protección con una persona recién diagnosticada.

La enfermera levantó la vista.

—Necesitamos que pase inmediatamente a Enfermedades Infecciosas.

Lucas desapareció por el pasillo.

Yo permanecí inmóvil.

Quince minutos después salió el doctor Harrison.

—Señora Reed.

Asentí.

—Su esposo necesita varias pruebas.

También comenzaremos profilaxis de emergencia porque todavía estamos dentro del período recomendado.

Lucas levantó la cabeza.

Sus ojos estaban completamente rojos.

—¿Voy a morir?

El médico respondió con absoluta calma.

—Todavía no sabemos si hubo transmisión.

—Necesitamos esperar los resultados.

—Y, aunque existiera una infección, hoy existen tratamientos muy eficaces.

Lucas comenzó a llorar.

No por culpa.

No por nuestro matrimonio.

Por miedo.

Muchísimo miedo.

Cuando el médico se alejó, volvió a buscarme.

—Emily…

Intentó tomar mi mano.

Retrocedí.

—Por favor.

—No me dejes solo.

Lo miré durante varios segundos.

—¿Recuerdas qué me dijiste hace una hora?

Bajó la cabeza.

—Que querías romperme.

—Lo lograste.

Las lágrimas comenzaron a caer por su rostro.

—Perdóname.

—Estaba enfadado.

—No pensé…

Lo interrumpí.

—No.

Pensaste cada palabra.

Pensaste cuando describiste ese asiento.

Pensaste cuando comparaste mi cuerpo con el de Chloe.

Pensaste cuando utilizaste el dolor que dejó mi primer matrimonio para hacerme sufrir otra vez.

Su silencio confirmó todo.

Saqué lentamente mi alianza.

La coloqué sobre la carpeta médica que todavía sostenía.

—Esto también terminó.

Lucas levantó la vista desesperado.

—No…

—Podemos superar esto.

Negué con tranquilidad.

—La posible enfermedad se trata con médicos.

—La traición que elegiste no.

Me di la vuelta.

Antes de entrar al ascensor, escuché su voz por última vez.

—¡Emily!

No respondí.

Porque, por primera vez desde que lo conocía…

El hombre que había disfrutado destruyendo mi confianza comprendía que existían heridas que ningún tratamiento podía curar.

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