PARTE 2: EL PODER QUE LAS DELATÓ

Álvaro volvió a leer la última frase.

—¿Cuándo te dijeron lo del poder?

Lucía bajó la mirada.

—Hace cuatro meses.

—¿Y por qué no me llamaste?

Ella soltó una pequeña risa amarga.

—Lo hice. Catorce veces.

Álvaro sintió un vacío en el pecho.

—¿Qué pasó?

—Tu madre contestaba antes que tú.

Todo empezó a encajar.

Durante los diez meses de ausencia, Carmen había controlado las llamadas de la casa. Irene había utilizado las cuentas familiares para cubrir sus propias deudas y después había hecho firmar documentos a Lucía bajo presión.

Pero había algo que ninguna de las dos sabía.

Álvaro no había dejado aquel poder para que su madre pudiera vender libremente el patrimonio.

Había una cláusula.

Una cláusula que solo podía activarse si existía una emergencia familiar real y documentada.

Y otra que anulaba automáticamente cualquier operación realizada mediante engaño o fraude.

A las 2:13 de la madrugada, Álvaro abrió el documento original en su ordenador.

Entonces vio algo que le hizo levantarse de golpe.

El poder había sido modificado.

No por él.

Alguien había presentado una copia nueva ante notario seis meses atrás.

En ella aparecía una autorización adicional para vender el olivar y transferir el dinero a una cuenta perteneciente a Irene.

Álvaro llamó inmediatamente al notario.

—Necesito saber quién presentó esta modificación.

Hubo silencio al otro lado.

—Señor Serrano… fue presentada con una copia de su pasaporte y una firma digital.

Álvaro cerró los ojos.

—Yo estaba fuera del país.

—Lo sé. Por eso marqué el expediente. Hay algo extraño.

—¿Qué?

—La firma digital fue generada desde un dispositivo ubicado en Toledo.

Álvaro miró a Lucía.

Ella ya había entendido.

—La casa —susurró.

Él asintió.

Alguien había utilizado un ordenador dentro de aquella vivienda para hacerse pasar por él.

A la mañana siguiente, Álvaro bajó a la cocina.

Carmen e Irene desayunaban tranquilamente.

—Hijo, espero que hayas entrado en razón —dijo Carmen—. Esa mujer ha causado demasiados problemas.

Álvaro colocó los siete pagarés sobre la mesa.

—¿De quién son?

Irene palideció.

—No sé.

—Tu firma está en todos.

—¡Eso no demuestra nada!

Álvaro dejó entonces una segunda carpeta.

—Tampoco demuestra nada esto.

Sacó las grabaciones de las cámaras interiores.

La sonrisa de Carmen desapareció.

En una de ellas aparecía Irene entrando en el despacho de Álvaro.

En otra, copiando documentos.

En la tercera, Carmen entregándole su propio teléfono.

Y en la última, ambas hablando sobre el olivar.

—Cuando Álvaro vuelva, ya estará todo vendido —decía Irene en la grabación.

Carmen respondía:

—Para entonces culparemos a Lucía.

El silencio fue absoluto.

Lucía apareció detrás de Álvaro.

Carmen se levantó.

—No puedes grabarnos dentro de nuestra propia casa.

—No necesito usarlo como amenaza —respondió Álvaro—. Solo necesito entregarlo.

Irene empezó a llorar.

—Álvaro, por favor.

Él la miró.

—Durante diez meses pensé que había dejado mi casa en manos de mi familia.

Miró a Lucía.

—Resulta que la dejé en manos de quienes intentaban destruirla.

En ese momento sonó el timbre.

Dos agentes de la Guardia Civil estaban en la entrada junto a un abogado.

Carmen retrocedió.

—¿Qué está pasando?

Álvaro tomó los siete pagarés.

—Lo que debió pasar hace meses.

Pero antes de que los agentes entraran, su abogado recibió una llamada.

Escuchó durante unos segundos y luego miró a Álvaro con el rostro completamente serio.

—Hay un problema.

—¿Cuál?

—El olivar ya figura como vendido.

Álvaro se quedó inmóvil.

—Eso es imposible.

—La escritura se registró ayer.

Entonces el abogado levantó la mirada.

—Y el comprador no es Irene.

Le entregó el documento.

Álvaro leyó el nombre.

Y sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.

El olivar había sido vendido a una sociedad que llevaba el nombre de una persona que él creía muerta desde hacía doce años.

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