PARTE 2: EL PODER FALSIFICADO.

El detective Reynolds no apartó la mirada de mí.

—Amanda, no llames a tu marido.

Sentí un frío recorrerme la espalda.

—¿Por qué?

Él respiró hondo antes de responder.

—Porque hace cuarenta minutos alguien intentó vender su casa utilizando un poder notarial firmado supuestamente por usted.

Mi corazón dejó de latir durante un instante.

—¿Qué?

El detective abrió una carpeta.

Sacó varias hojas.

La primera tenía mi nombre.

La segunda mostraba una firma casi idéntica a la mía.

La tercera autorizaba la venta inmediata de nuestra vivienda.

—Yo nunca firmé eso.

—Lo sabemos.

Reynolds señaló la fecha.

El documento había sido firmado la misma tarde en que Katie fue atropellada.

—Mientras usted estaba en urgencias con su hija, alguien presentó esto en una notaría.

Miré la firma otra vez.

Era buena.

Demasiado buena.

Pero no perfecta.

Había un pequeño error.

Siempre escribía la última letra de mi apellido con un trazo ascendente.

Aquella terminaba recta.

El detective asintió.

—Nuestros peritos detectaron la diferencia.

—¿Quién llevó los documentos?

Reynolds guardó silencio unos segundos.

—Su suegra.

Barbara.

No sentí rabia.

Solo una inmensa claridad.

Todo empezaba a encajar.

La insistencia para que abandonara el hospital.

Las amenazas sobre la casa.

La falsa urgencia de aquella cena.

No quería que cocinara.

Quería que estuviera lejos mientras terminaban la venta.

Una enfermera entró en la habitación.

—Detective…

—Hay una familia preguntando por la señora Amanda.

Reynolds frunció el ceño.

—¿Quiénes?

—Su esposo… y una mujer mayor.

Barbara.

Él se volvió hacia mí.

—¿Quiere verlos?

Miré a Katie.

Ella seguía dormida.

Su pequeña mano no había soltado la mía.

—Sí.

Dos minutos después, Andrew entró primero.

Tenía el rostro cansado.

Barbara apareció detrás con un vestido elegante y un enorme ramo de flores.

Como si viniera a una visita social.

—Amanda —dijo con falsa preocupación—. Ya pasó lo peor. Ahora podemos hablar de…

Se detuvo al ver al detective.

—¿Qué ocurre?

Reynolds abrió lentamente la carpeta.

—Señora Barbara Collins.

—Necesitamos hacerle unas preguntas sobre este poder notarial.

Ella sonrió con absoluta tranquilidad.

—Ah, eso.

Amanda ya estaba de acuerdo.

—Solo adelantábamos unos trámites.

—¿Con qué autorización?

—Mi hijo puede explicarlo.

Andrew levantó la cabeza.

—¿De qué está hablando, mamá?

Barbara lo miró sorprendida.

—Tú dijiste…

—¿Qué dije?

El detective colocó el documento sobre la mesa.

—¿Reconoce esta firma?

Andrew observó el papel.

Negó lentamente.

—Nunca había visto esto.

Barbara perdió la sonrisa.

—Andrew…

—Diles que lo hablamos.

Él dio un paso hacia atrás.

—Yo jamás autoricé vender nuestra casa.

El color desapareció del rostro de Barbara.

Reynolds abrió la última página.

—Hay algo más.

Sacó una copia del registro de llamadas.

—Mientras la señora Amanda permanecía junto a su hija en cuidados intensivos, alguien llamó tres veces a la notaría desde este teléfono.

Lo levantó frente a Barbara.

Era su número.

Ella tragó saliva.

—Eso no demuestra nada.

—Tiene razón.

Reynolds sacó otro documento.

—Pero las cámaras de seguridad sí.

Había una fotografía impresa.

Barbara entrando en la notaría con la carpeta bajo el brazo.

La hora coincidía exactamente con la llamada en la que había exigido que abandonara el hospital para preparar su cena.

Por primera vez, Barbara no encontró ninguna excusa.

Solo abrió y cerró la boca.

Entonces Katie habló con una voz apenas audible desde la cama.

—Abuela…

Todos giramos.

Mi hija abrió lentamente los ojos.

Miró directamente a Barbara.

Y pronunció una frase que hizo que Andrew palideciera antes incluso de que el detective pudiera reaccionar.

—Tú le dijiste a papá que me empujara… porque mamá nunca dejaría la casa mientras yo estuviera con ella.

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