PARTE 2: EL PLAN B

El cristal del balcón se cerró detrás de mí con un golpe seco.

El viento me golpeó la cara quemada.

El dolor fue tan intenso que por un instante pensé que iba a perder el equilibrio.

Estaba descalza.

El borde apenas tenía treinta centímetros de ancho.

Catorce pisos más abajo, los automóviles parecían juguetes.

Escuché la voz de Derek dentro del departamento.

—¡¿Dónde está?!

Suzanne respondió riéndose.

—Seguro está escondida debajo de la cama.

Mi suegra fue la primera en darse cuenta.

—La puerta del balcón está abierta.

Los pasos comenzaron a acercarse.

No tenía salida.

A mi derecha, a unos dos metros, estaba el balcón del departamento vecino.

Entre ambos solo había un estrecho muro de concreto.

Miré hacia abajo.

No.

No podía mirar hacia abajo.

Respiré profundamente.

“Un paso.”

Solo necesitaba un paso.

Entonces escuché a Derek.

—Skylar…

Su voz había cambiado.

Ya no gritaba.

Sonaba tranquila.

Demasiado tranquila.

—No hagas tonterías.

Seguí avanzando de lado, pegando la espalda a la pared.

El concreto me raspaba los hombros.

La bolsa con el sobre golpeaba mi cadera.

Dentro seguía encendido el teléfono prepago.

Escuché otro sonido.

Una vibración.

Un mensaje nuevo.

No podía leerlo.

Pero seguía registrando todo.


Derek abrió lentamente la puerta del balcón.

Cuando me vio suspendida sobre el vacío, se quedó completamente inmóvil.

Después sus ojos bajaron hasta mi bolso.

Y comprendió.

No era mi huida lo que le daba miedo.

Era el sobre.

—Skylar…

Levantó las manos.

—Escúchame.

Sonreí con tristeza.

—Ahora sí quieres hablar.

—Baja.

Podemos resolver esto.

Negué lentamente.

—¿Igual que pensabas resolver el “plan B”?

Su expresión cambió apenas un instante.

Solo un segundo.

Pero fue suficiente.

Sabía exactamente de qué estaba hablando.

Suzanne salió detrás de él.

Al verme, dejó escapar un bufido.

—¡Mamá, mírala! ¡Está loca!

Mi suegra apareció inmediatamente después.

—Skylar, si bajas ahora, prometo que podremos conversar.

Abrí la bolsa.

Saqué lentamente el teléfono prepago.

La pantalla seguía iluminada.

Levanté el aparato para que todos pudieran verlo.

El rostro de Derek perdió completamente el color.

—¿Dónde encontraste eso?

No respondí.

Solo toqué la conversación con Suzanne.

El último mensaje acababa de llegar hacía menos de un minuto.

“Si consigue salir, rompe el móvil primero. Después diremos que estaba alterada.”

Mostré la pantalla.

Suzanne dio un paso atrás.

Mi suegra dejó de respirar.


Seguí moviéndome hacia el balcón vecino.

El viento hacía temblar mis piernas.

Entonces escuché una ventana abrirse.

Una mujer mayor apareció al otro lado.

Era la señora Collins.

Vivía sola desde hacía años.

Nunca habíamos hablado demasiado.

Al verme allí afuera, abrió los ojos con horror.

—¡Dios mío!

Levanté una mano.

—¿Puede llamar a la policía?

Ella no hizo preguntas.

Desapareció inmediatamente dentro del departamento.

Derek dio un paso hacia mí.

—Skylar.

No metas a otras personas.

Levanté el teléfono.

—Ya es tarde.


Cinco minutos después comenzaron a escucharse sirenas.

Muchas sirenas.

No solo patrullas.

También ambulancias.

Los vecinos empezaron a salir a los balcones.

Alguien grababa con el teléfono.

Otro señalaba hacia nuestro departamento.

Mi suegra comenzó a entrar en pánico.

—¡Haz algo!

Derek seguía inmóvil.

Sabía que no podía acercarse.

Un solo movimiento brusco podía hacerme caer.

Y delante de decenas de testigos.


Finalmente conseguí llegar al balcón de la señora Collins.

Mis piernas cedieron apenas crucé la barandilla.

Ella me sostuvo inmediatamente.

—Tranquila.

Ya estás a salvo.

Rompí a llorar por primera vez.

No por el café.

No por el departamento.

No por el miedo.

Porque acababa de comprender que había estado casada con un hombre que llevaba semanas preparando mi muerte.


Los primeros policías entraron al edificio pocos minutos después.

Uno de ellos salió al balcón vecino.

—Señora, ¿se encuentra bien?

Le entregué el teléfono.

Después el sobre.

Y finalmente señalé mi mejilla quemada.

—Todo está ahí.

Los contratos.

Los mensajes.

Las firmas falsificadas.

Él abrió la carpeta.

Pasó las primeras páginas.

Después encontró la hoja titulada:

PLAN B

Su expresión cambió inmediatamente.

—¿Quién escribió esto?

Miré directamente hacia el balcón de mi departamento.

Derek seguía observándonos.

Ya no parecía enfadado.

Parecía derrotado.

Porque el agente acababa de leer la última línea del documento.

Y esa línea demostraba que la caída desde el balcón nunca iba a parecer un accidente.

Había sido presupuestada, planificada y ensayada… con fechas, horarios y hasta el nombre del detective privado contratado para fabricar pruebas de que yo llevaba meses sufriendo una supuesta depresión suicida.

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