Lucas permaneció inmóvil.
—¿Qué quieres decir con que no vienes con nosotros?
Abrí el cajón del escritorio y saqué un sobre transparente.
Dentro estaban mi boleto de tren, la reserva de una habitación cerca del campus para la primera noche y una carpeta con todos los documentos de inscripción.
—Compré el pasaje hace seis semanas.
Él tomó el boleto como si no pudiera creer lo que estaba leyendo.
—¿Vas a viajar sola?
—Sí.
—Son más de dos mil kilómetros.
—Lo sé.
Mi voz salió tranquila.
Demasiado tranquila para alguien de dieciocho años.
Pero esa calma no había nacido ese día.
Había empezado muchos años antes.
Mi madre apareció en el pasillo.
—¿Qué sucede?
Lucas levantó el boleto.
—Elena compró un pasaje. Se va sola.
Ella me miró desconcertada.
—¿Por qué harías eso?
Respiré hondo.
—Porque nadie planeó acompañarme.
Mi padre también llegó atraído por las voces.
—¿De qué están hablando?
Mi madre señaló el boleto.
Él frunció el ceño.
—¿Cuándo pensabas decirnos esto?
Lo miré directamente.
—¿Cuándo pensaban preguntarme ustedes cómo iba a llegar?
Nadie respondió.
Entré de nuevo a mi habitación.
Abrí una libreta azul que llevaba años usando para organizar mis gastos.
La puse sobre la cama.
Había páginas llenas de listas.
“Medicinas.”
“Impermeable.”
“Copia de documentos.”
“Dinero para emergencias.”
En la última hoja había una nota escrita con mi propia letra.
“Si olvido algo, tendré que resolverlo sola.”
Mi madre leyó aquella frase en silencio.
Después pasó otra página.
Encontró una lista fechada cuatro años atrás.
“Abrigo grueso.”
Al lado había otra anotación.
“No volver a depender de que alguien lo traiga.”
Sus manos empezaron a temblar.
—¿Todavía recuerdas eso?
Preguntó casi en un susurro.
Le sonreí con tristeza.
—Yo tenía fiebre.
Esperé tres días.
Pensé que vendrían.
Bajó la cabeza.
—Sofía estaba enferma…
—Lo sé.
Siempre supe la razón.
Lo único que nunca entendí fue por qué nunca hubo nadie para mí después.
Mi padre se dejó caer lentamente sobre la silla.
Miró las dos maletas.
Luego la bolsa de mano.
Después el abrigo grueso que apenas cabía.
—¿Todo esto pensabas cargarlo tú sola?
Asentí.
—Como siempre.
Lucas permanecía junto a la puerta.
Por primera vez no tenía ninguna respuesta.
—Yo… no me di cuenta.
Negué despacio.
—Claro que no.
Porque nunca tuviste que hacerlo.
Siempre había alguien pendiente de Sofía.
Así que nadie necesitaba mirar hacia el otro lado.
El silencio se hizo insoportable.
Entonces sonó el teléfono de mi padre.
Era un mensaje del concesionario confirmando la entrega del segundo vehículo que habían alquilado para transportar todas las pertenencias de Sofía.
Él miró la pantalla.
Después observó mis dos únicas maletas.
La diferencia era tan evidente que dolía.
A la mañana siguiente no esperé a que nadie despertara.
Bajé mis maletas hasta la puerta.
El taxi llegó exactamente a las cinco y media.
El conductor cargó el equipaje en el maletero.
Cuando estaba por subir, escuché pasos apresurados detrás de mí.
Eran mis padres.
Y Lucas.
Los tres tenían la misma expresión.
Como si acabaran de comprender que el problema nunca había sido la distancia entre dos universidades.
Había sido la distancia que, poco a poco, habían construido dentro de su propia casa.
Mi padre dio un paso al frente.
—Elena…

No terminó la frase.
Porque los tres entendieron algo al mismo tiempo.
No era el día en que una hija se marchaba a la universidad.
Era el día en que descubrían cuánto tiempo llevaba sintiéndose sola antes de decidir recorrer dos mil kilómetros para empezar una vida en la que ya no esperaría que alguien, por fin, se acordara de ella.