Los golpes volvieron a sonar.
Tres veces.
Firmes.
Ni apresurados ni violentos.
El padre de Olena cerró la carpeta con calma.
—Quédate con Lilya.
Yo abracé a mi hija dormida mientras él caminaba hacia la puerta.
Al abrir, apareció un hombre con uniforme oscuro cubierto de nieve.
Era un alguacil judicial.
—¿Coronel Viktor Simonenko?
—Sí.
—Traigo unos documentos urgentes para usted.
El padre firmó el recibo sin hacer preguntas.
Cuando volvió a la cocina, dejó el sobre junto a la carpeta de cuero.
—Llegaron más rápido de lo que esperaba.
Abrió el sobre.
Dentro había una sola hoja.
Sonrió por primera vez desde que llegamos.
—Perfecto.
—¿Qué pasó?
Me entregó el documento.
Era la inscripción oficial del Registro de la Propiedad.
La casa donde había vivido con Andrei aparecía registrada.
Propietaria legal:
Olena Simonenko.
Mi respiración se detuvo.
—Pero…
Andrei siempre dijo que la casa era suya.
Papá negó lentamente.
—Nunca lo fue.
Abrió la carpeta nuevamente y señaló una cláusula resaltada.
—Cuando te casaste, él no tenía dinero suficiente para comprar esa vivienda.
Fui yo quien aportó casi todo el capital.
Pero puse una condición.
Leí despacio.
“En caso de violencia familiar, abandono del cónyuge o expulsión de la propietaria y de sus hijos del inmueble, el copropietario perderá automáticamente todos sus derechos económicos derivados de la adquisición, quedando la totalidad del inmueble bajo dominio exclusivo de la señora Olena Simonenko.”
Sentí que las manos empezaban a temblarme.
—¿Él firmó esto?
—Sí.
Sin leer una sola línea.
Confiaba demasiado en sí mismo.
Pensó que eran simples documentos bancarios.
Cerré los ojos.
Toda la noche había creído que me había quedado sin hogar.
En realidad…
Él era quien acababa de perderlo.
Al mismo tiempo, en la casa de Andrei…
Galina servía el desayuno con una sonrisa satisfecha.
Victoria recorría la sala como si ya fuera su dueña.
—Habrá que cambiar estas cortinas.
Y la cocina también.
Andrei apenas escuchaba.
No había dormido.
Seguía viendo a Lilya desaparecer entre la tormenta con una bolsa negra en la mano.
Intentó convencerse de que había hecho lo correcto.
Entonces sonó el timbre.
Abrió la puerta.
Un notificador judicial le entregó un sobre.
—¿Señor Andrei Marchenko?
—Sí.
—Queda usted oficialmente notificado.
Andrei rompió el sello con impaciencia.
Leyó las primeras líneas.
Su rostro perdió el color.
—No…
Volvió a leer.
Luego una tercera vez.
Galina se acercó.
—¿Qué ocurre?
Él apenas podía hablar.
—Nos…
Nos desalojan.
Victoria soltó una carcajada incrédula.
—¿Cómo que nos desalojan?
Esta casa es tuya.
Andrei levantó lentamente la vista.
—No.
Nunca lo fue.
Galina le arrebató los documentos.
Mientras leía, las manos comenzaron a temblarle.
—Eso es imposible.
—Papá de Olena puso una cláusula.
Si ella o la niña eran expulsadas de la casa…
Yo perdía todos mis derechos.
Victoria sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
—Entonces…
¿Dónde vamos a vivir?
Nadie respondió.
En ese instante volvió a sonar el timbre.
Esta vez eran dos personas.
Un cerrajero.
Y otro alguacil.
—Señor Marchenko.
Dispone de cuarenta y ocho horas para abandonar el inmueble.
Cualquier intento de impedir el cumplimiento de la resolución constituirá desacato judicial.
Galina dejó caer los papeles.
Toda la seguridad con la que había arrojado las pertenencias de Lilya a bolsas de basura desapareció en un instante.
En la casa del coronel, Viktor cerró la carpeta y miró a su hija.
—Eso solo resuelve el techo.
Ahora resolveremos lo demás.
—¿Qué más queda?
El viejo coronel tomó otra carpeta, mucho más delgada.
Sobre la portada solo había una palabra escrita a mano.
Custodia.
—Anoche no solo expulsaron a mi hija.
Sacaron a mi nieta de diecinueve meses a una tormenta de nieve.
Hizo una pausa.
—Y un juez difícilmente olvidará un detalle como ese.
Olena bajó la mirada hacia Lilya, que dormía tranquila entre sus brazos.

Por primera vez desde que aquella puerta se había cerrado detrás de ellas la noche anterior…
Sintió que el miedo empezaba a desaparecer.
Porque el hombre al que todos consideraban un anciano retirado llevaba años preparándose para proteger exactamente aquello que Andrei acababa de intentar destruir.