PARTE 2 — EL PAPEL DOBLADO

Me quedé inmóvil en el asiento del taxi.

Las lágrimas seguían bajándome por la cara, pero ya no lloraba por la humillación.

Lloraba porque no entendía.

En el papel solo había tres cosas.

“Arturo Castañeda.”

“$48,000,000.”

Y debajo, escrito con tanta fuerza que el bolígrafo casi rompía la hoja:

“No hables con él. Confía en mí. Desaparece hasta que yo te llame.”

Nada más.

Ninguna explicación.

Miré por la ventana.

El salón seguía iluminado a lo lejos.

Respiré hondo.

—Joven —le dije al taxista—, no vaya a mi casa. Lléveme al hotel Hidalgo, por favor.

Necesitaba pensar.

Aquella noche no dormí.

Leí el papel una y otra vez.

¿Quién era Arturo Castañeda?

¿Por qué esa cantidad?

¿Y por qué mi hijo me había negado delante de todos para después dejarme aquella advertencia?

A las siete de la mañana sonó mi teléfono.

Era Cristian.

No contesté.

Volvió a llamar.

Cinco veces.

Después llegaron los mensajes.

“Mamá, por favor, no regreses a la casa.”

“No contestes llamadas de desconocidos.”

“No hables con Arturo Castañeda.”

El último me dejó helada.

“Perdóname. Era la única forma de protegerte.”

Apagué el celular.

No sabía qué creer.

Mi hijo me había destrozado delante de ciento cincuenta personas.

Pero también parecía desesperado.

A media mañana decidí regresar a mi casa.

Encontré la reja entreabierta.

La puerta principal estaba forzada.

Entré con el corazón acelerado.

Los cajones de la sala estaban abiertos.

Los documentos revueltos.

Mi escritorio completamente vacío.

Alguien había buscado algo.

No dinero.

No joyas.

Papeles.

Mientras recorría la casa escuché voces en el patio.

Me asomé sin hacer ruido.

Dos hombres con traje hablaban junto a una camioneta negra.

Uno de ellos sostenía una fotografía.

Mi fotografía.

—La señora todavía no aparece.

—El ingeniero dijo que la encontremos antes que el muchacho.

—Si ella firma hoy, cerramos el negocio.

Sentí un escalofrío.

Retrocedí despacio.

En ese instante vibró mi teléfono.

Era un número desconocido.

Estuve a punto de ignorarlo.

Contesté.

—¿Señora Teresa Aguilar?

Era una voz masculina.

Serena.

—Sí.

—No tengo mucho tiempo. Mi nombre es Arturo Castañeda.

Sentí que el corazón se me detenía.

—No quiero hablar con usted.

—Lo sé. Cristian esperaba eso.

Me quedé muda.

—Fue él quien me pidió que la buscara si algo salía mal.

El silencio me dejó sin respiración.

—¿Usted conoce a mi hijo?

—Trabajo con él desde hace casi dos años.

Dos años.

Durante dos años mi hijo me había ocultado una parte de su vida.

—Escúcheme con atención —continuó Arturo—. Su consuegro no es el empresario honorable que aparenta. Está siendo investigado por lavado de dinero y fraude inmobiliario. Necesitaban una empresa limpia para justificar una operación de cuarenta y ocho millones de pesos.

Miré automáticamente hacia la carpeta donde guardaba la documentación de mi negocio de banquetes.

Ya no estaba.

—¿Mi empresa…?

—Exactamente. Su negocio estaba a su nombre, sin deudas y con excelente reputación fiscal. Era el vehículo perfecto.

Sentí que las piernas me fallaban.

—¿Cristian también está involucrado?

Hubo unos segundos de silencio.

—No.

La respuesta llegó firme.

—Se infiltró para reunir pruebas. Su relación con Regina comenzó siendo real, pero cuando descubrió quién era realmente su familia ya era demasiado tarde. Si usted aparecía como su madre delante de todos, el señor Mendoza habría ido directamente a buscarla para obligarla a firmar unos contratos que prepararon hace semanas.

Las imágenes de la boda comenzaron a encajar.

Las mesas medio vacías.

El suegro vigilando todo.

Cristian observándolo constantemente.

Y aquella risa…

No era una risa.

Era una actuación.

—Por eso me negó…

—Porque si la reconocía públicamente, usted se convertía en el punto más vulnerable de toda la investigación.

No supe qué responder.

Las lágrimas volvieron a aparecer.

Pero esta vez eran distintas.

No borraban la humillación.

Solo la hacían mucho más difícil de comprender.

Entonces Arturo habló casi en un susurro.

—Hay algo más que usted debe saber.

—¿Qué cosa?

—La boda nunca fue el verdadero objetivo.

Sentí un nudo en la garganta.

—Entonces… ¿qué buscaban?

Arturo respiró profundamente antes de responder.

—Hoy, a las cuatro de la tarde, pensaban hacerla firmar como garante de una empresa que no existe. Si usted estampaba su firma, no solo perdería todos los ahorros de su vida… también sería la única responsable cuando la Fiscalía descubriera el fraude de cuarenta y ocho millones.

Y en ese mismo momento escuché el sonido de una llave entrando lentamente en la cerradura de la puerta principal de mi casa.

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