PARTE 2: EL PADRE

—Soy su padre.

Las palabras salieron antes de que Ernesto pudiera pensarlas.

El policía solo asintió.

—Suba a la patrulla. Lo llevaremos al Hospital General.

Durante el trayecto, Ernesto no apartó la vista de las botas ensangrentadas que llevaba entre las manos.

Las mismas botas que había regalado con una mentira.

“Eran de mi hijo.”

Ahora comprendía que, de alguna manera, habían terminado diciendo la verdad.


La sala de urgencias estaba llena.

Familias enteras caminaban de un lado a otro.

Niños llorando.

Camillas entrando y saliendo.

El olor a desinfectante apenas lograba esconder el del miedo.

Una enfermera levantó la vista.

—¿Familiar del paciente Emiliano Cruz?

Ernesto dio un paso al frente.

—Sí.

Ella tomó una hoja.

—Necesitamos algunos datos.

Él permaneció en silencio unos segundos.

Después respondió con absoluta naturalidad.

—Ernesto Salgado.

—¿Parentesco?

Respiró hondo.

—Padre.

La enfermera escribió sin hacer más preguntas.

—El muchacho presenta múltiples fracturas y una lesión interna. El cirujano está con él ahora mismo.

Ernesto sintió que las piernas le fallaban.

Se dejó caer lentamente en una silla.

No recordaba haber sentido tanto miedo desde el día en que enterró a su esposa.


Dos horas después apareció el médico.

—¿Familia de Emiliano?

Ernesto se levantó inmediatamente.

—Aquí.

El doctor sonrió con cansancio.

—La cirugía salió bien.

El aire volvió a entrar en los pulmones de Ernesto.

—Pero…

Aquella palabra volvió a detenerle el corazón.

—Necesitará varias semanas de recuperación.

Asintió una y otra vez.

Eso era suficiente.

Estaba vivo.


Cuando por fin lo dejaron entrar, Emiliano seguía dormido.

Tenía el rostro lleno de raspones y el brazo inmovilizado.

Ernesto acomodó con cuidado la manta.

—No vuelvas a asustarme así, muchacho.

Nadie respondió.

Pero permaneció allí toda la noche.


A las seis de la mañana sonó un teléfono.

No era el suyo.

Era el de Emiliano.

La pantalla mostraba:

“Mamá”.

El aparato vibró.

Luego dejó de sonar.

Cinco minutos después volvió a hacerlo.

Después otra vez.

Ernesto dudó unos segundos.

Finalmente contestó.

—¿Bueno?

Al otro lado hubo un largo silencio.

Una mujer habló con voz insegura.

—¿Quién es usted?

—Estoy con Emiliano.

La mujer dejó escapar el aire.

—¿Está bien?

—Tuvo un accidente. Está fuera de peligro.

Silencio.

—Gracias por avisarme.

Ernesto esperó.

Pensó que preguntaría en qué hospital estaba.

Que diría que iba hacia allá.

No ocurrió.

—No puedo ir.

Frunció el ceño.

—¿Por qué?

La respuesta llegó rota.

—Porque hace cuatro años él decidió no volver a verme.

La llamada terminó.

Ernesto permaneció varios minutos mirando el teléfono.

No entendía nada.


Dos días después Emiliano despertó.

Al abrir los ojos encontró a Ernesto dormido en una silla.

Sonrió con dificultad.

—Don Ernesto…

El anciano despertó de inmediato.

—¡Muchacho!

Le tomó la mano.

—Pensé que…

No pudo terminar la frase.

Emiliano sonrió débilmente.

—Todavía no me libro de usted.

Ambos rieron.

Un rato después Ernesto dejó el teléfono sobre la cama.

—Tu mamá llamó.

La sonrisa desapareció lentamente del rostro del joven.

—¿Contestó usted?

—Sí.

Hubo un largo silencio.

Finalmente Emiliano cerró los ojos.

—Hace cuatro años me echó de la casa.

Ernesto no dijo nada.

—Cuando mi papá murió, dejó de verme como un hijo.

Solo veía una boca más que alimentar.

Trabajé.

Estudié.

Intenté ayudar.

Pero un día me dijo que ya no podía cargar conmigo.

Respiró despacio.

—Desde entonces no ha vuelto a buscarme.

Ernesto sintió un nudo en la garganta.

Aquella historia le resultaba demasiado familiar.

Él también llevaba años esperando cada domingo a alguien que siempre encontraba una excusa para no llegar.


Esa misma tarde salió un momento del hospital para recoger algunas cosas del departamento de Emiliano.

Era un cuarto pequeño.

Una cama.

Un escritorio.

Muchos libros de arquitectura.

Mientras buscaba ropa limpia encontró una caja de cartón debajo de la cama.

Dentro había decenas de hojas dobladas.

Todas llevaban el mismo encabezado.

“Domingo”.

Abrió una al azar.

“Hoy don Ernesto hizo mole de olla. Fingió que le quedó salado para que yo aceptara repetir plato.”

Otra.

“Dice que las botas eran de un hijo que nunca tuvo. Creo que solo quería que dejara de mojarme los pies.”

Otra más.

“Si algún día me gradúo, quiero que él esté en primera fila. Es la primera persona que me espera para cenar desde que murió mi papá.”

Ernesto sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.

Entonces encontró un sobre cerrado con su nombre escrito cuidadosamente.

“Para don Ernesto. Solo si algún día me pasa algo.”

Sus manos comenzaron a temblar.

Porque comprendió que Emiliano llevaba mucho tiempo preparándose para una posibilidad que él jamás había querido imaginar.

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