No colgué inmediatamente.
Escuché cómo el hombre al otro lado contenía la respiración.
—Diecinueve años… —murmuró—. Pensé que jamás volvería a llamarme.
—Yo también.
—¿Qué hacemos?
Miré a través del cristal de la habitación.
Lily dormía bajo sedantes, ajena a todo.
—Empieza por averiguar quién apagó las cámaras del campus.
—Hecho.
—Y otra cosa…
Mi voz se volvió fría.
—Nadie toca a esos tres muchachos. Todavía.
Hubo un breve silencio.
—¿Quiere que respiren?
—Quiero que hablen.
Colgué.
Regresé a la habitación.
La enfermera ajustaba el suero de Lily cuando notó mi expresión.
—¿Se encuentra bien, señor Walker?
Asentí lentamente.
—¿Puede dejarme unos minutos a solas con mi hija?
Cuando salieron, acerqué mi silla.
—Perdóname.
Nunca le había pedido perdón.
No por haberle ocultado mi pasado.
Sino por creer que alejarme de aquel mundo bastaría para mantenerla a salvo.
Una hora después, un investigador universitario apareció con un traje impecable.
Se presentó como Mark Benson.
—Señor Walker, lamentamos profundamente lo ocurrido.
Su sonrisa era demasiado estudiada.
—Las cámaras sufrieron una avería eléctrica.
—Qué casualidad.
—Lamentablemente sucede.
—¿También se averiaron los teléfonos de emergencia?
Parpadeó.
—Estamos investigándolo.
Saqué del bolsillo el papel con los tres nombres.
—¿Conoce a Ethan Cole?
Su mandíbula se tensó apenas un segundo.
—No puedo comentar investigaciones abiertas.
—No le pregunté eso.
El hombre cerró lentamente su carpeta.
—Las familias de esos estudiantes colaboran mucho con la universidad.
—Ya veo.
—Le recomiendo concentrarse en la recuperación de su hija.
Lo acompañé hasta la puerta.
Antes de salir le hice una última pregunta.
—¿Cuánto le pagaron para venir antes que la policía?
No respondió.
Pero el sudor que apareció en su frente fue suficiente.
Tres horas después recibí el primer informe.
Una camioneta negra se detuvo discretamente frente al hospital.
Subí.
Dentro me esperaba Vincent Romano.
El único hombre que conocía mi verdadero nombre.
Tenía veinte años más que cuando nos vimos por última vez.
Pero seguía vistiendo de negro.
Colocó una carpeta sobre mis piernas.
—Fue rápido.
—Nunca dejamos de observar.
Abrí el expediente.
Había fotografías.
Registros bancarios.
Conversaciones.
Y una imagen tomada apenas dos horas antes del ataque.
Lily discutía con un profesor dentro del laboratorio de investigación.
—¿Quién es?
—Doctor Alan Pierce.
—Murió esta madrugada.
Levanté la vista.
—¿Cómo?
—Accidente automovilístico.
Sentí un escalofrío.
Demasiadas coincidencias.
Vincent deslizó otra fotografía.
En ella aparecían Ethan Cole, Brandon Hale y Tyler Whitmore entrando al edificio quince minutos después del profesor.
—Esto no empezó con tu hija.
Pasó la última hoja.
Era una lista.
Nombres.
Cantidades.
Transferencias millonarias.
Entre los beneficiarios aparecía alguien que hizo que mi pulso se acelerara.
El investigador Mark Benson.
Y debajo…
El jefe de seguridad del hospital.
Vincent habló en voz muy baja.
—Daniel…
Negué con la cabeza.
—No.
Ya no soy Daniel.
Miré nuevamente la habitación donde descansaba Lily.
—Hoy vuelve El Fantasma.
En ese mismo instante, mi teléfono vibró.
Un mensaje desconocido.
Solo contenía una fotografía.
Era Lily, dormida en su cama del hospital.

La imagen había sido tomada apenas unos segundos antes.
Debajo había una única frase:
“Si empiezas a buscar respuestas, la próxima fotografía será de su funeral.”