El silencio fue absoluto.
Don Arturo abrió la boca, pero ninguna palabra salió.
Doña Eugenia fue la primera en reaccionar.
—Señor Alcázar… creo que existe un malentendido.
Sebastián ni siquiera la miró.
Se acercó a la cama.
Con una delicadeza inesperada, tomó a Emiliano entre sus brazos.
El bebé abrió lentamente los ojos.
Lo observó unos segundos.
Después cerró nuevamente los párpados y volvió a quedarse dormido.
Sebastián sonrió.
Una sonrisa pequeña.
Sincera.
Muy distinta a la expresión fría con la que aparecía en las portadas de las revistas de negocios.
—Hola, campeón.
Su voz apenas fue un susurro.
—Perdón por llegar unas horas tarde.
Valeria sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas.
Durante todo el embarazo, Sebastián había permanecido en Alemania supervisando la integración internacional de Grupo Alcázar después de una adquisición multimillonaria.
Había intentado regresar antes.
Pero una tormenta obligó a desviar su vuelo privado hacia Madrid.
Aun así, en cuanto aterrizó en México, fue directamente al hospital.
Sin pasar por su casa.
Sin cambiarse de ropa.
Sin descansar.
Solo quería conocer a su hijo.
Entonces levantó la vista hacia los padres de Valeria.
La ternura desapareció por completo.
—Ahora sí.
Su voz volvió a ser la del empresario que dirigía el conglomerado más poderoso del país.
—Continúen.
Nadie habló.
Sebastián observó la carpeta sobre la cama.
—¿Qué documentos son esos?
Don Arturo tragó saliva.
—Solo… unos asuntos familiares.
Uno de los abogados de Sebastián dio un paso al frente.
Tomó la carpeta.
Revisó las primeras páginas.
Su expresión cambió de inmediato.
—Señor Alcázar…
Le entregó el expediente.
Sebastián leyó durante apenas treinta segundos.
Después cerró lentamente la carpeta.
—Interesante.
Miró a Don Arturo.
—¿Su hija acaba de dar a luz hace menos de diez horas…
…y usted vino al hospital para intentar que firmara la cesión de sus acciones?
Don Arturo intentó sonreír.
—Ella estaba de acuerdo.
—¿Ah, sí?
Sebastián giró la cabeza hacia Valeria.
—¿Lo estabas?
Ella negó despacio.
—Nunca.
El empresario volvió a mirar a los padres.
—Entonces esto deja de ser una negociación familiar.
Hizo una pausa.
—Y empieza a parecerse bastante a un intento de obtener patrimonio bajo presión.
El rostro de Doña Eugenia perdió el color.
—No fue nuestra intención.
—¿No?
Sebastián abrió nuevamente la carpeta.
Leyó una de las cláusulas.
—”La firmante renuncia irrevocablemente a cualquier derecho de administración y voto…”
Cerró el documento.
—Preparado antes del parto.
Otra pausa.
—Muy previsor.
Los dos abogados comenzaron a fotografiar todas las hojas.
Don Arturo dio un paso adelante.
—Eso es información privada.
—Ya no.
Sebastián entregó la carpeta a uno de sus abogados.
—Analícenla completa.
Si encuentran alguna irregularidad, quiero una denuncia presentada hoy mismo.
Los abogados asintieron.
Don Arturo levantó la voz.
—¡No puede intervenir en asuntos de mi familia!
Sebastián sostuvo su mirada.
—Acaba de intentar perjudicar a la madre de mi hijo.
Su familia dejó de ser únicamente asunto suyo.
Aquellas palabras cayeron como una losa sobre la habitación.
La directora del hospital, que había permanecido en silencio, habló por primera vez.
—Señores Cárdenas…
Por instrucciones de la paciente, ustedes ya no pueden permanecer en esta habitación.
Doña Eugenia dio un paso hacia Valeria.
—Hija, escucha…
—No.
Fue la primera vez que Valeria interrumpía a su madre.
—Durante nueve meses no preguntaron cómo estaba.
No llamaron.
No acompañaron una sola consulta.
Y hoy, la primera palabra que le dijeron a su nieto fue “sin padre”.
Respiró hondo.
—No vuelvan a acercarse a él.
Doña Eugenia rompió a llorar.
Pero ya era tarde.
Sebastián entregó cuidadosamente al bebé nuevamente a Valeria.
Luego sacó una pequeña caja de terciopelo del bolsillo de su abrigo.
La abrió.
Dentro había un anillo.
No era ostentoso.
Era elegante.
Sobrio.
Lo sostuvo frente a ella.
—Sé que este no era el momento que había imaginado.
Sonrió apenas.
—Pero llevo nueve meses esperando hacerte esta pregunta delante de nuestro hijo.
Toda la habitación quedó inmóvil.
Sebastián tomó la mano de Valeria.
—¿Quieres casarte conmigo?
Antes de que ella pudiera responder, uno de sus abogados recibió una llamada.
Escuchó apenas unos segundos.
Después levantó la vista con una expresión completamente distinta.
—Señor Alcázar…

Todos giraron hacia él.
—Acaba de llegar un aviso urgente de la Comisión Nacional Bancaria.
Hizo una pausa.
Miró directamente a Don Arturo.
—Las cuentas principales de Industrias Cárdenas acaban de ser congeladas… por una investigación iniciada hace exactamente cuarenta minutos.