PARTE 2: EL OLOR QUE NADIE QUISO VER

El niño dejó el morral en el suelo.

No saludó.

No respondió a los insultos de doña Estela.

Simplemente volvió a inhalar profundamente.

Sus ojos recorrieron el vestíbulo, las escaleras de mármol, los enormes floreros con lirios blancos y el largo pasillo que conducía a la habitación del bebé.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Sebastián.

—Escuchando con la nariz.

Doña Estela soltó una carcajada llena de desprecio.

—Ya basta de este circo. Sáquenlo de mi casa antes de que robe algo.

El niño ni siquiera la miró.

Avanzó despacio.

Cada pocos pasos volvía a respirar con fuerza.

Como si estuviera siguiendo un rastro.

Las enfermeras intercambiaron miradas confundidas.

Camila permanecía junto a la cuna, abrazando a Santiago, que respiraba con dificultad.

Cuando el niño entró en la habitación, se quedó completamente inmóvil.

No observó primero al bebé.

Observó la habitación.

Las cortinas.

La ventana.

La cómoda.

La cuna.

Y, finalmente, el pequeño muñeco de tela que colgaba sobre la cabecera.

Frunció el ceño.

—Aquí huele raro.

El médico de guardia suspiró con paciencia.

—Toda la habitación está esterilizada.

—No hablo de limpieza.

El niño dio otro paso.

Se inclinó sobre la cuna.

Cerró los ojos.

Volvió a aspirar lentamente.

Entonces abrió los ojos de golpe.

—No es el niño.

Todos quedaron en silencio.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Camila.

El muchacho señaló el colchón.

—El olor viene de abajo.

Una enfermera levantó la manta.

Luego la sábana.

Después el protector impermeable.

No había absolutamente nada.

Doña Estela cruzó los brazos.

—¿Ya terminaron?

Pero el niño negó con la cabeza.

—Más abajo.

Sebastián ayudó a levantar el pequeño colchón.

Debajo solo había la base de madera.

Sin embargo, el niño seguía mirando fijamente un extremo.

Se agachó.

Metió la mano por una pequeña abertura lateral.

Todos contuvieron el aliento.

Sacó un diminuto saquito de tela gris, del tamaño de la palma de una mano.

Estaba cuidadosamente escondido entre la estructura de la cuna y la base.

El cuarto quedó completamente en silencio.

—¿Quién puso eso ahí? —preguntó Sebastián.

Nadie respondió.

El niño no abrió el saquito.

Solo lo sostuvo a cierta distancia.

—No lo acerquen al bebé.

Uno de los médicos dio un paso adelante.

—Déjame verlo.

Abrió cuidadosamente la bolsa.

Dentro había una mezcla seca de hojas trituradas, pequeños trozos de corteza, polvo oscuro y varias semillas diminutas.

El médico frunció el ceño.

—No sé qué es esto.

El niño respondió con absoluta calma.

—Yo sí.

Todos lo miraron.

—Mi abuela decía que algunas plantas sirven para curar…

Hizo una breve pausa.

—…y otras sirven para que alguien se enferme poco a poco sin que parezca un veneno.

Camila sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

Sebastián volvió la vista hacia las enfermeras.

—¿Quién cambia la ropa de la cuna?

Una de ellas respondió enseguida.

—Nosotras cambiamos las sábanas todos los días, señor.

—Pero nunca desmontamos la base.

La otra enfermera asintió.

—No había necesidad.

El escondite era perfecto.

Durante semanas nadie habría visto aquella pequeña bolsa.

El médico tomó una muestra con unos guantes nuevos.

—La enviaré al laboratorio inmediatamente.

Doña Estela dio un paso al frente.

—¡Qué tontería! Eso puede llevar ahí años.

El niño giró lentamente la cabeza hacia ella.

Era la primera vez que la miraba directamente.

—No.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque todavía huele fresco.

La anciana tragó saliva.

—No sabes de lo que hablas.

El muchacho no respondió.

Solo volvió a respirar.

Después caminó lentamente alrededor de la habitación.

Se detuvo frente al armario.

Luego junto al sillón donde Camila pasaba las noches.

Finalmente, quedó frente a una cómoda antigua de madera de nogal.

Abrió mucho los ojos.

—Aquí también.

Sebastián abrió el primer cajón.

Nada.

El segundo.

Solo ropa de bebé perfectamente doblada.

El tercero estaba cerrado con llave.

—¿Quién tiene esa llave? —preguntó.

Camila negó con la cabeza.

—Yo nunca la he tenido.

Las dos enfermeras también negaron.

Entonces todas las miradas se dirigieron hacia una sola persona.

Doña Estela.

La anciana intentó mantener la calma.

—Esa cómoda era de mi difunta madre. Siempre estuvo cerrada.

Pero antes de que pudiera dar un paso más, el niño volvió a hablar.

Con una tranquilidad que heló la habitación.

—No sé qué hay ahí dentro…

—…pero huele exactamente igual que la bolsa que estaba escondida bajo la cuna.

Por primera vez desde que comenzó la pesadilla de Santiago, el rostro de doña Estela perdió completamente el color.

Y Sebastián comprendió algo que jamás había querido imaginar.

Quizá el enemigo que llevaba semanas destruyendo a su hijo…

No había entrado desde la calle.

Había estado viviendo bajo el mismo techo todo ese tiempo.

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