Los nudillos volvieron a golpear la puerta.
Tres veces.
Con la misma firmeza con la que Daniel Whitmore daba órdenes en la sala de juntas.
—Emma. Sé que estás ahí.
Sophie dejó escapar un grito ahogado al otro lado del teléfono.
—¿Está… en tu departamento?
Miré la puerta sin moverme.
—Sí.
—No abras.
Colgué lentamente.
Necesitaba pensar.
Respiré hondo y me acerqué en silencio hasta la mirilla.
Era él.
Llevaba el mismo traje negro que había visto en la fotografía de su acta de matrimonio.
La corbata estaba floja.
La barba, ligeramente descuidada.
Tenía los ojos enrojecidos, como si no hubiera dormido ni un minuto.
No parecía un hombre que acabara de pasar la mejor noche de su vida.
Parecía alguien que había perdido algo imposible de reemplazar.
—Emma, por favor.
Aquella palabra me sorprendió.
Daniel nunca decía “por favor”.
Durante cuatro años había sido el hombre más frío y controlado que conocía.
Entré a su oficina cientos de veces.
Jamás levantó la voz.
Jamás mostró desesperación.
Jamás perdió el control.
Y, sin embargo, allí estaba.
Esperando detrás de una puerta vieja de un edificio donde nadie imaginaría encontrar al director ejecutivo de Harper & Cole.
Abrí apenas unos centímetros.
—¿Cómo encontraste esta dirección?
Él soltó una risa amarga.
—Todavía conozco a demasiada gente.
—Eso no responde mi pregunta.
Daniel bajó la mirada.
—Tu agente inmobiliario trabajó antes con la empresa.
Asentí.
Era lógico.
Siempre encontraba la información que necesitaba.
—¿Qué quieres?
Él permaneció unos segundos en silencio.
Después levantó lentamente la cabeza.
—Hablar.
—Llegas tres días tarde.
—Lo sé.
—Y unas doce horas después de casarte.
Su mandíbula se tensó.
No respondió.
Yo tampoco.
El pasillo quedó completamente en silencio.
Hasta que él habló otra vez.
—¿Puedo entrar?
—No.
La respuesta salió tan rápido que incluso él pareció sorprendido.
Durante años jamás le había negado nada.
Una reunión de madrugada.
Un vuelo de emergencia.
Un contrato imposible.
Siempre decía que sí.
Aquella era la primera vez que escuchaba un no de mi boca.
Y se notó.
Porque dio un paso atrás.
Como si aquella sola palabra hubiera tenido más fuerza que cualquier discusión del pasado.
—Emma…
—¿Tu esposa sabe que estás aquí?
Sus ojos se desviaron durante una fracción de segundo.
Fue suficiente.
—No.
—¿Y dónde está Victoria?
Él respiró profundamente.
—En el hotel.
Lo miré sin comprender.
—¿Solo?
Daniel cerró los ojos.
—Sí.
Sentí un escalofrío.
No por él.
Por la mujer que acababa de casarse creyendo que comenzaba una nueva vida.
—Abandonaste tu noche de bodas.
Él no negó nada.
—Sí.
La palabra quedó suspendida entre nosotros.
No había orgullo.
No había excusas.
Solo un cansancio inmenso.
—¿Sabes cuántas veces llamaste?
—Sí.
—Trescientas veintiocho.
Asintió lentamente.
—Las conté.
No pude evitar preguntar.
—¿Por qué?
Daniel me observó como si aquella fuera la pregunta más difícil de toda su vida.
Luego dijo algo que jamás esperé escuchar.
—Porque cuando vi tu “me gusta”… entendí que realmente te había perdido.
Sentí que el pecho se me cerraba.
Durante años había imaginado escuchar una confesión parecida.
Y ahora que finalmente llegaba…
Ya no significaba lo mismo.
Sonreí con tristeza.
—Daniel… nunca fuiste mío.
Él bajó la cabeza.
—Lo sé.
—Yo era tu asistente.
—Eras mucho más que eso.
Negué lentamente.
—No.
Era exactamente eso.
La mujer que organizaba tus reuniones.
La que recordaba el cumpleaños de tu madre.
La que corregía tus discursos.
La que sabía cuándo tomarías café sin que tuvieras que pedirlo.
Pero cuando llegó el momento de elegir una compañera de vida…
Elegiste a otra.
Daniel dio un paso adelante.
—No sabes toda la historia.
—No necesito saberla.
—Sí la necesitas.
Antes de que pudiera responder, el ascensor del edificio volvió a abrirse.
Ambos giramos la cabeza.
Una mujer elegante salió acompañada por dos guardaespaldas.
Llevaba aún el vestido blanco cubierto por un abrigo largo color marfil.
El maquillaje seguía intacto.
Pero los ojos estaban completamente vacíos.
Victoria Sterling.
La recién casada.
Su mirada pasó de Daniel a mí.
Después observó la puerta entreabierta.
Y finalmente sonrió.
No era una sonrisa de celos.
Era una sonrisa de alguien que acababa de confirmar una sospecha.
—Así que aquí estabas.
Daniel se quedó inmóvil.
—Victoria…
Ella levantó una mano.
—No.
No me mientas otra vez.
Se volvió hacia mí.
—Emma, ¿verdad?
Asentí con cautela.
Victoria respiró profundamente.
Luego dijo una frase que dejó a Daniel completamente pálido.
—Creo que ha llegado el momento de que ella sepa por qué aceptaste casarte conmigo… y quién fue realmente la persona que exigió que Emma desapareciera de Harper & Cole.
Daniel abrió los ojos con incredulidad.
—Victoria, no lo hagas.
Ella lo miró con una serenidad que daba más miedo que cualquier grito.
—Ya es demasiado tarde.
Metió la mano en su bolso.
Sacó un sobre sellado.
Lo sostuvo frente a mí.
—Aquí está el contrato prenupcial que firmé ayer.
Y en la última cláusula…

Aparece el nombre de la única persona que convirtió este matrimonio en una condición obligatoria.
No fue Daniel.
Fue alguien mucho más cercano a él.