PARTE 2: EL NOMBRE.

La jueza Beckett observó a Nolan y Parker durante unos segundos antes de asentir lentamente.

—Está bien. Permanecerán sentados atrás con la trabajadora social. No participarán, pero podrán ver que este tribunal escucha la verdad.

Los gemelos caminaron en silencio.

Antes de sentarse, Nolan volvió la cabeza hacia su padre.

—Papá…

Gavin le sonrió con confianza.

—Todo estará bien, campeón.

Nolan no respondió.

Simplemente bajó la mirada.

La audiencia continuó.

Philip Dane volvió a levantarse.

—Su Señoría, mi cliente fundó Rourke Regional Mobility hace trece años. El acuerdo prenupcial establece claramente que cualquier crecimiento empresarial pertenece exclusivamente al señor Rourke. La señora Bellamy abandonó voluntariamente su carrera para dedicarse al hogar, por lo que no existe participación empresarial que reclamar.

El abogado colocó una carpeta gruesa sobre la mesa.

—También presentamos documentos financieros que demuestran que el señor Rourke es el único accionista fundador.

Gavin respiró tranquilo.

Aquello era exactamente lo que llevaba meses preparando.

La jueza abrió la carpeta.

Pasó varias páginas.

Luego levantó la vista.

—Señora Bellamy, ¿desea responder?

Me puse de pie.

—Sí, su señoría.

Saqué una pequeña llave plateada del bolso.

—Hace dos semanas el tribunal ordenó que el banco entregara una caja de seguridad registrada a nombre de ambos cónyuges. Esta mañana fue abierta en presencia de un notario.

Mi abogada colocó una caja de documentos sobre la mesa.

Dentro había carpetas amarillas, libros contables antiguos y varias escrituras originales.

Philip sonrió con desdén.

—Esos documentos ya fueron sustituidos por versiones actualizadas.

—Eso lo decidirá el tribunal —respondió la jueza.

Tomó el primer expediente.

Era el acta original de constitución de la empresa.

El silencio llenó la sala.

La jueza comenzó a leer lentamente.

—Rourke Regional Mobility Incorporated…

Pasó la primera hoja.

Luego la segunda.

Su dedo se detuvo sobre una línea.

Frunció ligeramente el ceño.

Volvió a leer.

Después levantó la vista hacia Gavin.

—Señor Rourke…

Él sonrió con tranquilidad.

—¿Sí, su señoría?

La jueza levantó el documento.

—Tengo una pregunta muy sencilla.

Toda la sala quedó inmóvil.

—Si usted afirma haber fundado esta empresa completamente solo…

Hizo una pausa.

—¿Por qué el nombre que aparece como fundador principal y propietario inicial del noventa por ciento de las acciones no es el suyo?

El color desapareció del rostro de Gavin.

Philip estiró el cuello.

—¿Cómo dice?

La jueza leyó en voz alta.

—”Fundadora: Cassandra Elaine Bellamy.”

Un murmullo recorrió la sala.

Sloane dejó caer su bolso al suelo.

Gavin abrió la boca.

No salió ninguna palabra.

La jueza continuó leyendo.

—”Capital inicial aportado por Cassandra Bellamy: cuatro millones doscientos mil dólares.”

Volvió otra página.

—”Director ejecutivo provisional: Gavin Rourke.”

La jueza levantó lentamente la mirada.

—Provisional.

Toda la sala explotó en murmullos.

Uno de los periodistas dejó caer el bolígrafo.

Philip arrebató el documento para revisarlo.

Sus manos comenzaron a temblar.

—Esto… esto debe ser un error…

Mi abogada sonrió por primera vez en toda la mañana.

—No lo es.

Sacó otra carpeta.

—Aquí están las transferencias bancarias originales, los contratos de inversión y las declaraciones fiscales de los tres primeros años de la compañía.

Luego colocó sobre la mesa un documento adicional.

—Y aquí está el acuerdo privado firmado por ambas partes cuando la empresa aún operaba desde un pequeño almacén.

La jueza abrió la última página.

Solo necesitó unos segundos.

Después miró directamente a Gavin.

—¿Reconoce esta firma?

Gavin tragó saliva.

Era la suya.

No podía negarlo.

Mi abogada dio un paso al frente.

—El señor Rourke aceptó por escrito administrar temporalmente la empresa mientras mi clienta se retiraba por recomendación médica durante su embarazo de alto riesgo. Nunca recibió autorización para apropiarse de la propiedad de la compañía ni para modificar los registros originales.

La sonrisa de Gavin había desaparecido.

También la de Sloane.

Entonces la jueza cerró lentamente el expediente.

Su voz sonó firme.

—Antes de continuar con la custodia de los menores…

Miró alternativamente a Gavin y a sus abogados.

—Creo que este tribunal necesita determinar primero quién es realmente el dueño de la empresa que el señor Rourke afirma haber construido.

Y, por primera vez desde que había entrado en aquella sala creyéndose el vencedor absoluto, Gavin comprendió que el juicio acababa de comenzar.

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