PARTE 2
Santiago volvió a leer el nombre.
Elena Salvatierra.
No le decía absolutamente nada.
Sin embargo, la reacción de su madre sí.
Leonor dio un paso rápido hacia la mesa.
—Devuélveme ese sobre.
Santiago levantó la hoja antes de que pudiera alcanzarla.
—¿Quién es Elena Salvatierra?
—No tiene importancia.
—Entonces explícame por qué escribiste su nombre junto al de mi esposa.
Leonor respiró despacio.
—Porque algunas historias es mejor dejarlas enterradas.
Santiago negó con la cabeza.
—Ya intentaste enterrar también a mi matrimonio.
No vuelvas a decirme qué debo olvidar.
Tomó toda la documentación y la guardó en la carpeta.
Leonor intentó detenerlo.
—Esos papeles son míos.
—No.
Son pruebas de que intentaste sacar de esta casa a mi esposa embarazada sin mi conocimiento.
Por primera vez en muchos años, su madre bajó la mirada.
No por arrepentimiento.
Por cálculo.
Sabía que estaba perdiendo el control de la conversación.
Santiago salió de la mansión decidido a encontrar a Mariana.
Llamó veinte veces.
No contestó.
Fue al departamento donde habían vivido recién casados.
Estaba vacío.
Después condujo hasta la pequeña cafetería donde ella acostumbraba refugiarse cuando necesitaba pensar.
La dueña lo reconoció de inmediato.
—Llegó hace una hora.
Pero ya se fue.
Le dejó esto.
Le entregó un sobre blanco.
Dentro había una sola hoja.
“No me busques para convencerme de regresar. Si de verdad quieres hacer algo por nosotros, primero descubre por qué tu madre me odia desde antes de conocerte.”
Abajo había una dirección escrita a mano.
Archivo General del Registro Civil.
Al día siguiente, Santiago pidió acceso a los registros antiguos.
No sabía exactamente qué buscaba.
Solo tenía un nombre.
Elena Salvatierra.
La encargada tardó casi una hora revisando libros digitalizados.
Finalmente levantó la vista.
—Encontré algo.
Giró la pantalla hacia él.
Era un acta de nacimiento de hacía treinta años.
El nombre de la madre aparecía claramente.
Elena Salvatierra.
Pero lo que hizo que Santiago dejara de respirar fue el nombre del padre.
Arturo Monteverde.
Su abuelo.
El fundador del imperio familiar.
Sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—¿Hay más documentos?
La funcionaria dudó unos segundos.
—Existe un expediente judicial relacionado.
Pero necesitaría autorización para consultarlo.
Santiago salió del edificio con la cabeza llena de preguntas.
Su abuelo.
Elena Salvatierra.
Mariana.
Nada encajaba.
Hasta que recordó el dije de plata con forma de colibrí que Mariana llevaba siempre al cuello.
Una vez le preguntó de dónde venía.
Ella respondió únicamente:
“Era de mi mamá.”
Esa misma tarde regresó a la mansión.
Encontró a Leonor en el despacho.
Colocó sobre el escritorio la copia del acta.
Su madre palideció.
—¿Dónde conseguiste eso?
—¿Quién era Elena Salvatierra?
Leonor permaneció en silencio.
—Respóndeme.
Ella cerró lentamente los ojos.
—Era la hija de la mujer que trabajaba para tu abuelo.
Santiago sintió que aquella respuesta estaba incompleta.
—¿Y?
—Nada más.
Él golpeó el escritorio.
—¡Basta!
¡Intentaste pagar cinco millones para que mi esposa desapareciera!
¡Quisiste decidir el futuro de mi hijo!
¡No vuelvas a decirme “nada más”!
Leonor levantó lentamente la mirada.
Por primera vez parecía cansada.
Muy cansada.
—Porque si Mariana descubre toda la verdad…
Su voz se quebró.
—Todo el apellido Monteverde dejará de significar lo que tú crees.
Santiago sintió un vacío en el estómago.
—¿Qué verdad?
Leonor abrió un viejo cajón del escritorio.
Sacó una fotografía amarillenta.
Se la entregó sin hablar.
En ella aparecía un hombre joven.
Era su abuelo Arturo.
A su lado sonreía una muchacha muy parecida a Mariana.
Llevaba el mismo colibrí de plata.
En la parte trasera de la fotografía había una dedicatoria escrita a mano.
“Para Elena, con la promesa de que algún día reconoceré a nuestra familia.”
Santiago levantó la vista lentamente.
—¿Nuestra familia?
Leonor dejó escapar una lágrima.
—Tu abuelo hizo una promesa que nunca cumplió.
Y ahora esa deuda… volvió a esta casa.
Antes de que Santiago pudiera hacer una sola pregunta más, sonó el teléfono fijo del despacho.
Leonor contestó.
Escuchó apenas unos segundos.
El color desapareció de su rostro.
Colgó despacio.
—¿Qué pasó?
Ella miró directamente a su hijo.

—Mariana ya no está sola.
Santiago frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Leonor respondió con una voz casi inaudible.
—Alguien encontró el expediente completo de Elena Salvatierra.
Y si ese expediente llega a un juez…
No solo perderemos la mansión.
También saldrá a la luz el secreto que la familia Monteverde ha escondido durante tres décadas.