PARTE 2: EL NOMBRE QUE PRONUNCIÓ

Nathan permaneció frente a la puerta escuchando aquel pequeño corazón.

—Quince semanas —dijo la doctora.

Nathan cerró los ojos.

Las fechas encajaban.

El bebé era suyo.

Cuando salí, seguía esperándome.

—Emma, tenemos que hablar.

—No tenemos nada que hablar.

—¿Por qué no me lo dijiste?

Lo miré incrédula.

—Porque tú pediste el divorcio.

Nathan apretó la mandíbula.

—No porque dejara de quererte.

Solté una risa amarga.

—¿Entonces por qué?

Por primera vez, aquel hombre que siempre parecía tener una respuesta guardó silencio.

Entonces recordé la consulta donde lo había visto entrar.

—¿Claire?

Su rostro cambió.

—¿Qué pasa con ella?

—Estabas revisando su historial.

Nathan bajó la mirada.

—Claire está enferma.

Sentí aquel viejo dolor.

Claro.

Otra vez Claire.

La mujer cuyo nombre había pronunciado incluso cuando estaba conmigo.

—Entonces ve con ella.

Intenté marcharme.

Nathan me detuvo, esta vez sin tocarme.

—La noche en que pronuncié su nombre no estaba hablando de ella como tú crees.

Me quedé quieta.

—Claire es mi hermana.

Lo miré.

—¿Qué?

—Mi media hermana. Mi padre tuvo otra familia. Nadie debía saberlo porque habría destruido a mi madre.

Sentí que el suelo desaparecía.

—Entonces durante tres años…

—Te dejé creer algo horrible porque proteger aquel secreto me parecía más fácil que explicarlo.

—¿Y el divorcio?

Nathan tragó saliva.

—Claire necesitaba un tratamiento extremadamente caro. Había gente intentando utilizar mi matrimonio y los bienes de los Shaw para presionarme. Pensé que alejándote te protegería.

Negué lentamente.

—Otra vez decidiste por mí.

Nathan no respondió.

—Me hiciste creer que no me amabas. Me dejaste marcharme embarazada y sola porque tú decidiste qué verdad podía soportar.

Sus ojos se enrojecieron.

—Lo sé.

—No, Nathan. Lo estás entendiendo ahora.

Puse una mano sobre mi vientre.

Él bajó la mirada.

—¿Puedo… estar presente para el bebé?

Esta vez no exigió.

No dijo “mi hijo”.

Preguntó.

—Eso dependerá de lo que hagas a partir de ahora.

Nathan asintió.

—Entonces empezaré por decirte toda la verdad.

Caminé hacia el ascensor.

Antes de que las puertas se cerraran, añadió:

—Emma.

Lo miré.

—No quiero recuperar nuestro matrimonio usando al bebé.

Su voz se quebró.

—Quiero demostrarte que nunca debí perderte.

Las puertas se cerraron.

Y por primera vez desde el divorcio, Nathan entendió que descubrir que aquel hijo era suyo no significaba que yo también volviera a pertenecerle.

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