Leí el mensaje tres veces.
Pensé que el cansancio me estaba jugando una mala pasada.
Llamé inmediatamente a Valeria.
—¿Qué significa que no existe?
—Significa exactamente eso.
Su voz sonaba más seria de lo habitual.
—El hombre con el que te casaste usa el nombre de Rodrigo Serrano desde hace doce años. Pero legalmente esa identidad pertenece a otra persona.
Sentí un escalofrío.
—¿Estás segura?
—Revisé el Registro Civil, el padrón electoral y los archivos notariales. También pedí una búsqueda en registros mercantiles.
Hizo una pausa.
—No encontré un solo documento anterior a hace doce años.
Miré hacia el pasillo.
Rodrigo seguía dormido.
Respiraba con absoluta tranquilidad.
Como si no acabara de destruir nuestro matrimonio unas horas antes.
—¿Quién es entonces?
—Eso todavía no lo sabemos.
Pero sí sabemos algo más.
Escuché cómo pasaba varias hojas.
—El CURP que utiliza fue emitido después de que el verdadero Rodrigo Serrano muriera en un accidente automovilístico.
Sentí que la sangre me abandonaba el rostro.
—¿Murió?
—Hace diecisiete años.
Colgué lentamente.
Por primera vez desde que desperté con la cabeza rapada…
Tuve miedo.
…
A las seis y media de la mañana sonó el despertador de Rodrigo.
Entró a la cocina bostezando.
Abrió el refrigerador.
Volvió a cerrarlo.
Después abrió la despensa.
—¿Dónde está el café?
No respondí.
—¿Y las cápsulas?
Seguí trabajando en la computadora.
—Daniela.
Giró finalmente hacia mí.
—La tarjeta fue rechazada cuando intenté pedir el desayuno.
—Lo sé.
—¿Qué hiciste?
Levanté la vista.
—Eliminé los usuarios adicionales de mis cuentas.
Rosaura apareció detrás de él.
—También rechazó mi farmacia.
Sonreí con calma.
—Correcto.
Ella dio un paso al frente.
—¿Cómo piensas que vamos a vivir?
—No lo sé.
Nunca me preocupó mientras pagaba todo.
Ahora tampoco es mi problema.
Rodrigo golpeó la mesa.
—¡Esa casa también es mía!
Saqué una carpeta.
La coloqué delante de él.
—No.
La escritura está únicamente a mi nombre.
Hipoteca liquidada exclusivamente con mis ingresos.
Él abrió los documentos.
Los leyó desesperadamente.
Cada página confirmaba lo mismo.
Nunca había sido propietario de nada.
Solo había vivido allí.
Rosaura comenzó a gritar.
—¡Después de todo lo que mi hijo hizo por ti!
La miré fijamente.
—¿Qué hizo exactamente?
Ninguno respondió.
…
En ese instante volvió a vibrar mi teléfono.
Era Valeria.
Esta vez envió varios archivos.
Fotografías.
Registros.
Una licencia de conducir.
Y un expediente policial antiguo.
Abrí el primero.
Sentí un nudo en el estómago.
El hombre de la fotografía era Rodrigo.
Mucho más joven.
Sin barba.
Con otro apellido.
Debajo aparecía una leyenda.
Nombre: Iván Morales Ruiz.
Año: doce años atrás.
Situación jurídica: investigado por fraude documental.
Levanté lentamente la vista.
Rodrigo seguía intentando leer las escrituras.
Todavía no sabía que yo acababa de descubrir su verdadero nombre.
Mi teléfono volvió a sonar.
Valeria habló sin rodeos.
—No regreses sola a esa casa esta noche.
—¿Por qué?
—Porque el expediente no termina ahí.
Respiré hondo.
—¿Qué más encontraste?
Escuché cómo cerraba otra carpeta.
—Hace doce años desapareció una mujer.
Era la prometida del verdadero Rodrigo Serrano.
Nunca encontraron su cuerpo.
Sentí un escalofrío recorrerme de pies a cabeza.
Valeria continuó.
—La última persona que fue vista con ella…
Era el hombre que hoy desayuna en tu cocina.
Miré lentamente hacia Rodrigo.
Él levantó la cabeza.
Sonrió con absoluta normalidad.
—¿Quién era?
Preguntó.
Guardé el teléfono.
Le devolví exactamente la misma sonrisa.
—Mi abogada.
Dice que hoy será un día muy interesante.

Rodrigo no podía imaginar que yo ya sabía que ni su nombre, ni su pasado, ni toda la vida que había construido conmigo eran reales.
Y mucho menos que, mientras él seguía creyendo que la discusión era por un corte de cabello…
Las autoridades ya estaban recibiendo un expediente que podía reabrir un caso de desaparición cerrado desde hacía más de una década.